Fernando Aramburu: “Aramburu escribe siempre. Aramburu es una escritura”

José Manuel Sánchez Moro

Por 3015, en la más remota universidad del mundo, un profesor taciturno no descansará tras los pasos de un grupo de jóvenes que coacciona a un periodista para que ateste con el adjetivo craso cada una de sus crónicas futbolísticas. Tampoco lo hará un joven granoso, acusado de poco contemporáneo, que sueña con triunfar en la literatura e imita hasta en las vestimentas a su escritor preferido (un escritor que llegó a inventar palabras), del que solo guarda retratos donde se le ve con sombrero a lo Bogart, gabardina hasta la pantorrilla y gafas clásicas de óptica. Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) quiso llover, pero se convenció de que era imposible y se dedicó a hacer novelas. Todas ellas, sin caer en el bestsellerismo, adornadas por las cubiertas sobrias e imponentes de Tusquets Editores. Todas menos una. Un año hará que se llevó el Premio Biblioteca Breve Seix Barral con “Ávidas pretensiones”, la cual apareció con el diseño de la otra gran editorial española. Si ha de ser por premios este escritor (de los más versátiles y sorpresivos del panorama, tanto en temáticas, como en el estilo y el lenguaje) ha merecido, entre otros, el Premio de la Real Academia Española, el Tusquets de Novela en su séptima edición o el de los libreros de Madrid. Charlamos con él sobre literatura, su obra (desde “Fuegos con limón” –Tusquets, 1996- hasta “Las letras entornadas” –Tusquets, 2015) y algunos otros avatares de juventud.

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                                                                        (Fuente: ABC)

En una presentación de El balcón en invierno, Luis Landero (del que Aramburu ha dicho haberse leído todas sus novelas, a excepción de las que tenga perdidas por los rincones de su casa) aclaró que durante su adolescencia –inéditos- escribió muchos poemas. Hasta que un día se autoconvenció de “que los buenos poetas son los que son” y se adentró en la narrativa donde los había “buenos, regulares y malos”. A Aramburu, ¿qué le hizo decidirse por un género en vez de otro?

-Despacio, despacio. La pregunta presupone una decisión que nunca he tomado. ¿Por qué cuesta tanto entender que, en el terreno de la expresión estética, puede uno consagrarse a campos diversos? A mí no me resulta difícil imaginar que un cocinero hiciese, incluso en el mismo día, una estupenda tarta y un suculento bacalao. ¿Le preguntaríamos por qué ha cambiado la repostería por otra modalidad culinaria? Shakespeare y García Lorca escribieron poesía y teatro. A Quevedo, ser un magnífico poeta no le impidió escribir Los Sueños ni El Buscón. Y Goethe no digamos. Yo no me voy a poner a la altura de los grandes, pero me permito con toda humildad seguir su ejemplo. Y, desde luego, nada me impide profesar una idea orquestal de la literatura. Ya sé, ya sé, que a algunos los irrita que fulano no se conforme con tentar la suerte en un género, sino que se empeñe en ocupar posiciones también en otros. Allá ellos. Toda mi obra literaria se define con respecto a dos polos, uno poético, otro humorístico. Incluso dentro de un mismo libro puede que en un momento determinado me acerque al primero, más tarde al segundo, y así hasta el día en que me entierren.

-Si se atiende al autobiografismo patente en la gran mayoría de textos de Aramburu (en “Las letras entornadas” es ya explícito), tropezamos con un pasaje de “Fuegos con limón” en el que Josu Ruiz dice a las espaldas del chocolatemaníaco Genaro Zaldúa –más dado a la narrativa- algo así como que “la poesía era para él, lo que para un inválido el atletismo”. En “Viaje con Clara por Alemania”, Aramburu degustó una caja bombones para retratar el momento en el que el protagonista sentía, en un cementerio, las distintas texturas del chocolate. Siguiendo esto, ¿qué tienen que ver Genaro Zaldúa y Aramburu?; de otro lado, ¿y en esas diferenciaciones, imposibilidades e invalidaciones entre géneros extrapoladas a los dos líderes de La Placa, salvando el terreno personal?

-Genaro Zaldúa representa en su dedicación a la literatura y en su trato diario con las personas de su entorno una postura opuesta a la mía. Acaso mi ambición literaria no sea menor que la suya, pero a diferencia de él, que orienta su esfuerzo hacia el logro de objetivos ajenos al arte, la escritura es para mí un fin suficiente o en todo caso primordial. Yo escribo principalmente para conseguir la obra de calidad, con independencia de que luego fracase. Genaro Zaldúa, en Fuegos con limón, único lugar donde vive, supedita la escritura a su posible rédito material y a los halagos del ego. Su insensibilidad, la pequeñez de su corazón, su egoísmo insaciable, no los quiero para mí.

-¿Pudiera ser, si se mira a la última pieza de “El artista y su cadáver” (donde se dice: “me convertí en un náufrago de la rutina al cambiar mis harapos de estudiante por la indumentaria del maestroescuela” o “cansado de ser incomprendido me unté de prosa el cuerpo”) o, mismamente, en “Las letras entornadas” (“con veinticinco años miraba con ojos críticos mi dedicación reciente a la rebeldía”), que no fuera un paso de género a género, sino un cambio de vida, la maduración, una crisis de edad?

-Hasta la fecha mis crisis no han dejado mucho escombro biográfico. De hecho, mi evolución personal ha recorrido un largo camino que va de un niño inquieto, incluso travieso y bastante malo, a un señor que aspira a la serenidad. Este proceso de maduración quizá tenga algo que ver con la sabiduría. Y, si no, me da igual.

-Hasta dejó de fumar. ¿O eso vino después? 

-Abandoné el tabaco antes de cumplir los treinta años. No lo echo en falta. De mi adicción, que no era excesiva, me molestaba sobre todo que me impidiera ser el dueño único de mis actos.

-¿No ha vuelto a escribir Aramburu ni un solo verso?

-He escrito unos pocos. Al hacerlo me sentí como el adulto que se monta en el triciclo de su nieto.

-No obstante, Aramburu, que gusta de andar por lugares solitarios a la hora de leer, como reconocía el 19 de Diciembre en Babelia, es un buen lector de poesía. De Eloy Sánchez Rosillo, Álvaro Valverde y Antonio Lucas. ¿Sigue de cerca la escena poética española? ¿A dónde acude para ver novedades (qué blogs, suplementos o revistas, me refiero)?

-Últimamente leo más poesía que otra cosa. El primer sábado de cada mes publico en el suplemento Territorios, de El Correo, una reflexión escrita a partir de un poema valioso. También leo estudios sobre la materia y semblanzas y biografías de poetas. Ahora bien, no hago caso de generaciones, épocas y demás garambainas. Me he aficionado a leer a dos poetas al mismo tiempo. Por ejemplo, estos días, a Luis Cernuda y a Rafael Morales. Cinco poemas del uno, cinco del otro, antes de acostarme. No más. Con los años me he convertido en un hijo de Goethe: cato lo bueno con moderación para extraerle el mayor disfrute posible. En cuanto a las novedades en la poesía española actual, aprovecho los vastos conocimientos de Francisco Javier Irazoki, que es quien me pone al corriente, me hace recomendaciones y me da esporádicos toques de atención. Gracias a él conocí la poesía de Antonio Lucas.

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                                                                           (Fuente: Heraldo)

-En esto de las lecturas, en su blog, reconocía Aramburu que no son pocos los escritores que antes de iniciar su jornada creativa releen a otros para tomar pulso y ritmo. ¿Le pasa a Aramburu? ¿O, simplemente, relee clásicos sin ninguna otra ambición?

-Lo hago a propósito. Es como si eligiera, para la obra que me traiga entre manos, un libro-padrino con el que mantengo un diálogo, en el que busco estímulos diversos (rítmicos, léxicos, etc.), junto al cual o frente al cual doy forma a mi escritura. No se trata de imitar, sino de recorrer el infierno acompañado de Virgilio, o de Kafka, o de Arno Schmidt, o de…

-Igual son figuraciones de uno, pero es curiosa la relación, en cuanto a la estructura se refiere, de “Años lentos” (aquella que mereció el VII Premio Tusquets de Novela) y de “Las letras entornadas” con “El lazarillo de Tormes” o, incluso, “La familia de Pascual Duarte”. Ya desde el inicio “yo señor Aramburu…” en “Años lentos”, que recuerda al “yo señor no soy malo…”. ¿Es arbitrario?

-Es deliberado. Tampoco quiero llevar este asunto, apenas un rito personal, demasiado lejos. Ya he dicho que consiste en una manera de vincular la creación literaria a una especie de diálogo con este o el otro libro. Manías mías que, por supuesto, no hace falta que se noten en el resultado final.

-En “Las letras entornadas” unos niños están en clase cuando oyen un estallido de bomba y ulular de sirenas. Si hablamos de autobiografía a las claras en este libro y Aramburu se educó de niño en el tardofranquismo, ¿qué les diría a aquellos –y no son pocos- que ven justificada la violencia política de ETA bajo el régimen de Franco por aquello de al estado terrorista con terrorismo se le combate?

-Una persona que fomenta, justifica o practica la agresión contra sus semejantes para conseguir objetivos políticos o de cualquier otra índole no me parece a mí que sirva poco ni mucho de interlocutora. En tales casos es preferible ponerse a resguardo. Quien haya sufrido la violencia de cerca me entenderá; quizá no o no tanto quienes consideren que la violencia es tan sólo un concepto.

-Con ”Los peces de la amargura”, un conjunto de diez relatos centrado en las víctimas de ETA, Aramburu obtiene el Premio de la Real Academia Española. Galardón de escritor de –ismos y de esos que hacen la lengua. Aramburu es desde el lenguaje un provocador. En la Librería Alberti, en diciembre de 2012, reconocía que “Fuegos con limón” lo había escrito a mano y metiendo palabras rimbombantes e incluso inventadas…

-De joven, cuando participé en las acciones del Grupo CLOC, fui eso que se llama un provocador, esto es, uno que con escaso sentido del ridículo decía en voz alta lo que escandalizaba, irritaba o muchos no querían escuchar. En general, aquella actitud extravertida y bastante ruidosa generaba cómplices. Siempre hay alguien que lo utiliza a uno como bufón o para azuzarlo como perro furioso contra sus adversarios. Con el tiempo aprendí que la razón y el sosiego, en un país fundamentalmente temperamental, son mucho más provocadores. Y, por encima de todo ello, el ejercicio sereno de la libertad. Si, para colmo, yendo por esos caminos poco transitados uno logra porciones de fortuna, se arriesga a convertirse en blanco del aborrecimiento de algunos.

-Aunque su mejor invento es el chestoberol (palabra no reconocida por la RAE), que es una especie de bola de billar decorada al gusto del escritor que le cambia el destino a los personajes. ¿Cómo fue aquello que en un aeropuerto tuvo problemas dada su imposible traducción al alemán?

-Fui invitado a dar en España una serie de charlas sobre el chestoberol, un objeto decorativo inventado en mi literatura que luego yo trasladé a la realidad. Tengo tres. Como no me fío del trato que se depara a los equipajes durante el transporte aéreo y como necesitaba los chestoberoles para mis intervenciones públicas, decidí llevarlos convenientemente protegidos en una bolsa de mano. Hay que tener en cuenta que son metálicos, similares por su forma a las típicas bombas de los tebeos. Dicho esto, no es difícil imaginar la reacción del controlador al descubrir unas formas tan extrañas como sospechosas en la pantalla de su monitor. Alarma. Tuve que mostrar los chestoberoles. Esto en el aeropuerto de Hannóver. Y, claro, no bastó con sacarlos de la bolsa. El controlador me preguntó en su idioma, con evidente suspicacia, qué era aquello. Esto me creaba un problema, digamos, de comunicación. La palabra chestoberol, como el objeto asignado, también es invento mío. ¿Cómo la traduzco al alemán? Finalmente, sabiendo que cometía una ruin traición a mi literatura,opté por responder que se trataba de un objeto artístico. No deja de ser curioso que un pasajero transporte arte en su equipaje de mano. El tipo, que no era tonto, me preguntó enseguida por el valor de aquellos objetos. Porque, claro, uno no puede sacar arte de un país así como así. El caso es que tuve que dar una serie de explicaciones a cuál más humillante y puede que absurda a fin de hacerme entender por un hombre no muy puesto en la materia. Al final me dejó pasar, que era lo que a mí en verdad me interesaba.

-Ya terminando. En una ocasión, más concretamente en el aniversario de la muerte de Isabel la Católica, Aramburu, muy dado a las efemérides en esta red social, deja en twitter un tuit que decía algo así como “Tal día como hoy… muere (informal), fallece (respetuoso)… Isabel la Católica”. En “Ávidas pretensiones” Aramburu repite la fórmula (“instó/rogó”, “perdido/abandonado”). ¿Realmente Aramburu se castiga a estos puntos de medir cada palabra? ¿O lo hace para que el lector crea que se castiga?

-No. Lo que ocurre es que yo escribo con ambición lingüística y, por tanto, no me conformo con el mero uso del idioma que me enseñaron. De hecho, sigo indagando en diccionarios y gramáticas a la busca de nuevas notas, posibilidades, pequeñas gemas de la expresión. Y no tengo empacho ninguno en inventar palabras, probar nuevas combinaciones sintácticas, desmontar el idioma y recomponerlo como si se tratase de las piezas de un reloj. Una cosa es instar y otra, rogar. Tampoco es lo mismo instar y rogar simultáneamente. ¿Cómo expresar una acción que está entre la instancia y el ruego o que participa de ambos significados? Pues eso.

-Sabemos que Aramburu escribe de mañana y que sigue un ritual (manzana, café: hora a hora). ¿Nunca varía?

-Hace tiempo que escribo de mañana, de tarde y de noche, pero nunca compulsivamente. En realidad, escribo durante las veinticuatro horas del día, aunque no en todas ellas de una forma mecánica o muscular. Escribir es también buscar motivos, asuntos, estímulos para la escritura. Entonces leo, viajo, hablo a solas, siempre en función del provecho literario que se le pueda sacar a todo eso.

-¿Qué hace Aramburu cuando no escribe?

-Aramburu, como acabo de decir, escribe siempre. Aramburu es una escritura.

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                                                     (Fuente: El Txokito, Leemos?)

-Como futbolero que es: ¿sigue, por cualquier mecanismo, desde Alemania a la Real?

-Estoy al día, sí, internet mediante.

-Me dice Antonio María Flórez que le pregunte a usted por algo de un Kantil, viaje a Don Benito, con un trasfondo ochentero y vida de militante de CLOC.

-Kantil fue una revista de literatura que se editó en San Sebastián por los días de la Transición y yo, escritor incipiente y joven, tuve la suerte de ser admitido en sus reuniones. En la sección de poesía, promoví un número dedicado a poetas de Don Benito. Visité, haciendo autoestop, el pueblo. Y allí gasté mis últimas monedas. Entonces Antonio María Flórez me llevó por los bares de la localidad, donde él pedía dinero, nunca lo olvidaré, “para este amigo vasco”. Consiguió reunir lo suficiente para que yo costeara mi viaje hasta Vitoria y para mi alimento del día: un bollo de pan que compré en Madrid. En Vitoria no me apeé del tren. El revisor me expulsó en la estación siguiente, la de Alsasua, donde me pilló una tormenta de alivio, con gotas como cerezas y relámpagos. Hice de nuevo dedo. En un pueblo de Guipúzcoa, de atardecida, ocurrió el milagro. Me metí entre las casas y, en una calle céntrica, me topé con un antiguo vecino de mi barrio de San Sebastián, quien me proporcionó las 200 pesetas que me permitieron llegar a casa ya entrada la noche, empapado y feliz hasta los huesos. 

– ¿Cerveza de trigo de medio litro o chocolate?

-La cerveza.

-¿Visita mucho España o solo por algún premio o compromiso editorial?

-Voy de vez en cuando. Varias veces al año por lo general.

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