Björk “Vulnicura”

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Por Ártico

Puntuación 3,5/5

La primera vez que escuché “Vulnicura” me hizo rememorar los arreglos orquestales de “Homogenic” con la silábica entonación de “Biophilia”. Sentí cierta decepción debido a que nada me sonó nuevo. Si una cosa es cierta acerca de Björk, es que cada álbum aporta alguna novedad a su carrera y no me pareció el caso.

Teniendo en cuenta que es una de las artistas más prolíficas de la música, decidí darle otra oportunidad. Con más atención me percaté de la tristeza subyacente en casi todos los cortes del disco. Me parecieron temas que encajarían como banda sonora de una película como “Melancholia” de Lars Von Trier, por el tono más que por el significado.

Nunca había experimentado una Björk tan rota y desesperada. No sigo su vida privada, pero me enteré de que su relación con el padre de su hijo y artista Matthew Barney había terminado y comprendí el trasfondo conceptual de “Vulnicura”. En vez de experimentar musicalmente, que ya advierto que no lo ha hecho, Björk se ha centrado en expresar el dolor del abandono.

Todo empieza con la frustración de “Stonemilker”, primer sencillo del disco, que trata la asimetría comunicativa en una relación rota. La incapacidad para abordar la más profunda crisis sentimental es lo que cuenta “Lionsong”.

Quizás el momento más devastador sea “History of Touches”, que narra los últimos momentos de complicidad sexual y afectiva de una pareja. Desde luego, nunca antes Björk sonó tan frágil.

Siete de las nueve canciones de “Vulnicura” duran más de 6 minutos. Esto le proporciona a la artista el espacio suficiente para expresar sin prisas todas las complejas emociones que afloran durante y tras el trauma. La mejor prueba de ello es “Black Lake”, que con sus más de 10 minutos de puro dolor se rige como la columna vertebral del álbum y un favorito sin duda alguna. Los ritmos se intensifican a medida que avanza y que la letra se va haciendo más explícita y contundente. Todo un reproche en primera persona lleno de dardos envenenados.

Precisamente en esta misma línea pero tornándose violenta, “Family” explora el instinto animal de una madre ante el colapso del núcleo familiar. Es un tema más estático musicalmente, que destaca por el giro instrumental que experimenta tras varios minutos de escucha y por la interpretación vocal de la Guðmundsdóttir.

El álbum mantiene el tipo con la maravillosa “Notget” (“Sin amor siento el abismo / Entiendo tu miedo a la muerte”) hasta su séptimo corte: “Atom Dance”, ese baile de voces superpuestas y a veces distorsionadas entre Björk y Antony Hegarty, que los consolida como la extraña pareja de la música alternativa más universal, contando ya cuatro colaboraciones. ¿Para cuándo un disco juntos?

Lo que le quita encanto al desangre lírico y desgarro interpretativo de “Vulnicura” son la pesada “Mouth Mantra” y la inoportuna “Quicksand” que nada tiene que ver con el resto del álbum. Por lo demás se trata de un trabajo notable en una discografía de matrícula de honor. Indudablemente mejor que su precedente: “Biophilia”. Eso sí, depresivos, absténganse de escucharlo.

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