Autores y librerías

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Por: José A. Valverde

La figura del librero es percibida, en general, demasiado próxima a la del bibliotecario. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, una librería es un negocio, cultural si queréis pero negocio. Como cualquier establecimiento debe ser rentable y, en estos tiempos, la cosa es complicada. Tras la caída enorme, cercana al 40% de las ventas de la industria editorial en los últimos años, hay muchas reestructuraciones internas que el público no ve o no debería ver y eso hace que un librero tenga muchísimas más tareas de las que a priori se le suponen: ordenar, reponer y atender a los clientes.

No es este un espacio que quiera aprovechar para lamentarme pero sí pueden resultaros curiosas algunas de las vicisitudes a enfrentar. La atención al cliente es siempre un arte complicado, como clientes solemos estar insatisfechos y como vendedores pensamos que lo hacemos correctamente. Si se añade el factor recomendación, la cosa se complica y, si encima la recomendación es sobre gustos que, a simple vista el comprador no puede contrastar, aún más. El equivalente al probador de una tienda de ropa debería ser la contraportada y la solapa pero, resabiados con razón, muchos clientes quieren saber más detalles. No de la historia o el género sino incluso del estilo. Lo ideal es que un librero sea buen lector, y suele ser así, pero es imposible absorber la cantidad de novedades que a pesar de la mala coyuntura, se siguen editando al año. A largo plazo es muy reconfortante comprobar como muchos clientes fijos eligen su librero, su recomendador de cabecera, por así decir. Aunque no lo creáis, se acaban haciendo verdaderas amistades o al menos, complicidades que llegan al punto máximo de esplendor cuando el cliente aconseja al experto. 

Los clientes en un establecimiento son soberanos pero en este campo tenemos otros actores que intervienen y que no tiene símil en otros sectores. No creo que un diseñador de zapatos haga rondas de zapaterías para ver cómo y dónde está expuesto su modelo. En los libros sí ocurre. Hay de todo, como ahora comentaré, pero hay casos verdaderamente chocantes. Al contrario de lo que pudiera parecer, hay autores más puntillosos en el tema puramente comercial de “su” libro que los editores de “su” catálogo. En el campo de los editores hay verdaderos ejemplos de caballerosidad y discreción. Saben bien que una buena charla o una apreciación sutil son mucho más eficaces que una queja y mucho peor si se hace de forma airada. En este último caso suele ser contraproducente. Todos tenemos nuestro corazoncito y no nos gusta que nos recriminen decisiones que nos corresponden y que a veces ni siquiera son nuestras si no que obedecen a más altos criterios.

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Volviendo a los editores, algunos de los exitosos “independientes” como Enrique Redel de Impedimenta o Diego Moreno de Nórdica, se han ganado a pulso el prestigio por su bonhomía, saber estar y entender de lo que hablan. Podría seguir citando a Capitán Swing, Fórcola, Asteroide, Errata Naturae, etc. Pasión por los libros y no por el negocio, sin perderlo de vista, es lo que les hace crecer y aunar el cariño de libreros y lectores. No por ser grande uno es peor. Ocurre que en las grandes editoriales hay una tropa de comerciales, mermada por la crisis, que se encarga de los informes y por tanto cuando aparece Jorge Herralde, un suponer, hace como que ni mira los libros. Generalmente suelen venir muy acompañados de autores, personal de la editorial, prensa y otros añadidos que tampoco se lo permiten demasiado.

Hecho este inciso que pretendía ser breve, entro con los autores. Por norma general, cuanto mejor autor, mejor relación… y viceversa. Los hay que acuden como simples clientes, no se han quedado encallados en su obra y son voraces lectores. Dan su punto de vista, piden referencias y se comportan con la normalidad y caballerosidad que uno espera de ellos. Ejemplos, para no esconderme, son Rafael Chirbes, Ferran Torrent, Manuel Vicent, Toni Soler y otros del  terreno que no por no nombrar dejan de pertenecer a  esta nómina.

Librer+¡aCaso distinto es cuando los autores, en plena gira promocional, pasan por las principales librerías de la ciudad que visitan y, entre emisora y emisora,  acompañados por fotógrafos y cámaras de TV, irrumpen en la librería buscando el libro. También aquí hay comportamientos dispares pero como he avanzado, cuanto peor, peor. Los casos de autores en la cresta de la ola por un éxito masivo pero puntual y sin trayectoria previa son los peores. Esperan que toooooda la librería esté hasta arriba de ejemplares de su libro y se sorprenden y quejan de estar al lado de otros a los que consideran competencia. Si yo fuera Juan Gris, me gustaría estar en un museo colgado junto a Picasso pero no todos lo entienden así. Podría contaros muchos y bochornosos casos pero no tengo el más mínimo afán de menospreciar a nadie. No obstante, lo ilustraré con una anécdota. Con la parafernalia antes descrita, apareció una autora. Sus libros estaban perfectamente posicionados pero oh! compartían zona con otros títulos de público objetivo similar. Ni corta ni perezosa, hizo seña de que no se grabara ni fotografiara hasta que ella  lo dijera y dado que se puso manos a la obra y para no ser desagradable, me tocó ayudarle a colocar un ejemplar de su libro encima de cada uno de los que no eran el suyo en esa zona. Acabada la maniobra, retomó las fotos y la entrevista y se puso a firmar unos cuantos ejemplares con su mejor sonrisa dirigida a la cámara, como entregada a sus fans. No se le acercó nadie, todo hay que decirlo, y en cuanto tuvo el plano que buscaba, se marchó sin firmar ni recolocar ni mucho menos despedirse.

Ya sabemos que extremos hay en todas partes pero en otra modalidad ya en desuso casi pero en su tiempo muy socorrida que era la comida del autor de turno con libreros, he encontrado gente sencilla y buena conversadora, que escucha a los libreros y apenas habla de su obra. Ejemplos son Luis Landero, Javier Cercas, Almudena Grandes, Lorenzo Silva y otros muchos, por lo general avalados por su obra y su éxito sostenido. Los ejemplos negativos me los guardo pero el perfil suele ser el de persona conocida por otros campos ajenos a la narrativa pero que, de paso,  escribe o firma novelas y están encantados consigo mismos. No suelen interesarse por la realidad del sector, por los problemas de los profesionales del libro, por los gustos del público. Nada, se preocupan sólo de quererse y de adoctrinar desde su púlpito sobre cualquier cosa. No hay nada peor que saber de todo y no querer aprender de nadie, ya se sabe.

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Sólo toco dos cosas más, si no  haré este post eterno, perdonadme. Los deportistas y las ferias. El tema de los famosos del balón u otras disciplinas es curioso. Algunos se sienten desubicados, los menos, pero otros, al ser muy consumidores de libros y cultura en general, se encuentran a gusto en el ambiente generalmente tranquilo de una librería si no es temporada alta, claro. Se diría que dejan la fama en la puerta y no creen que vayan a ser reconocidos ni mucho menos abordados. Para Zubizarreta por ejemplo era difícil pero aun así no se le incordiaba y compraba a gusto, o eso ceo yo y, pocos tipos con más estilo y conocimiento he visto en una librería que a Manuel Pelegrini. Un dandi y un señor muy culto y educado.

Las ferias son tema aparte. En ellas se propicia el encuentro entre autores y lectores y, se logra. Algunos se quejan de firmar y saludar mucho, otros de que nadie se lo pida. Oferta y demanda, aquí también rige este principio. Lo adorno con dos ejemplos. Paco Roca, tras el éxito de “Arrugas” vino a firmar, cada día en una caseta prácticamente. Las colas eran notables pero no se ponía nervioso, al contrario, en lugar de firmar y poner una frase estándar, hacía un dibujo personalizado para cada uno de los que lograban llegar. En otra edición, se le tributó un homenaje a Ana María Matute. Llegó a la caseta donde yo estaba y paró amablemente a saludar. Bueno, la pararon porque ya iba en una silla de ruedas. No sé qué me pasó que a mí me vino a la cabeza Carmen Martín Gaite y me tire los diez minutos de charla diciéndole Doña  Carmen esto, Doña Carmen lo otro… No se inmutó y cuando  me preguntó el nombre para dedicarme el libro le dije José  Antonio a lo que ella simplemente añadió con una sonrisa: “como mi hermano, pero no es culpa vuestra”.

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