Diego Vaya: “Me obsesiona separarme de un estilo concreto y definido” (Entrevista)

Por José Manuel Sánchez Moro

Diego Vaya es poeta, crítico, novelista y hasta editor. Nacido en 1980 es un poeta joven. Gran parte de su producción (Inma la estrecha no quiere mi amor –novela-; Circuito cerrado –poemario-) se halla en la editorial andaluza Ediciones la Isla de Siltolá, en cuyos actos de presentaciones se ve inmerso continuamente.  En su haber, premios literarios tan coquetos y tradicionales como un accésit en el Adonais. Charlamos con él sobre literatura y su último libro.

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Está Diego Vaya a menudo en las presentaciones de Siltolá, ya lo decía. Andrés Neuman tenía un encanto superlativo a la hora de vender el libro aun público, labia… Supongo, que Diego Vaya será algo parecido.

En absoluto. Lo que pasa es que cuando me proponen presentar un libro que yo haya leído y me haya resultado interesante, no sé decir que no. Y la editorial Isla de Siltolá en ese sentido está publicando poemarios de muy distintas tendencias y estéticas, pero que en la mayoría de las ocasiones, de una u otra forma, ponen su granito de arena a la poesía actual.

 

De igual manera, decíamos, que parte de su obra se ubica en Ediciones la Isla de Siltolá. Este verano, charlábamos aquí con su jefe, Javier, y este otoño con Álex Chico que nos decía que Siltolá había reemplazado las labores de la difunta DVD ediciones. ¿Qué opinión le merece esta editorial?

Isla de Siltolá tiene mucho que decir en el panorama poético en estos momentos. Antes hablaba de la pluralidad de las voces que está publicando, y este es quizás uno de sus características que uno no encuentra en todas las editoriales, especialmente en las de poesía, que por lo general (siempre hay excepciones) tienen unas líneas muy claras, demasiado marcadas. Una editorial que carezca de esa polifonía nunca será capaz de aportar con el tiempo una perspectiva de lo que fue la Literatura en una época.

 

Su nuevo poemario, Circuito Cerrado, forma parte de la colección Tierra. Hay una serie de libros en esta colección sin ninguna relación estilísitca y estética. ¿Está más Diego Vaya por la artesanía, como apuntó Martín-López Vega de Álex Chico o el desenfado socarrón de Víctor Peña Dacosta –con quien compartió recital el pasado sábado?

 Yo no estoy ni en una opción ni en otra. Circuito cerrado es un libro donde he intentado plasmar las nuevas sensaciones y pasiones del momento histórico en que vivimos, como la irrealidad, la falta de perspectiva vital, la ansiedad, el vacío o la mentira de ese vacío. De todas formas tampoco me siento capaz de hablar de mis propios poemas con convicción de ningún tipo, porque no tengo la distancia suficiente.

 

Lees poemas de Diego Vaya y los hay sin estar estructurados en versos, sino en párrafos. Dijo Juan Vico que la poesía es todo aquello que merece ser leído como poema. Siguiendo con la afirmación y lo primero, ¿cómo definiría la poesía Diego Vaya?

Quizás la definiría como una búsqueda continua de nuevas formas, como una exploración lingüística. Me obsesiona separarme de un estilo concreto y definido, del encasillamiento, de esas sensaciones de que todos los poemas son el mismo poema a lo largo del tiempo. Ninguno de mis libros se parece al anterior.

 

Diego Vaya participa hoy de una literatura de manual. Literatura que es capricho para filólogo o de devoción para otros mismos escritores (aquella manera en que se refería Dámaso Alonso a la poesía de Góngora; “poesía para poetas”). Desde tu experiencia como editor y tu relación con Javier Sánchez Menéndez, ¿cómo se sobrevive editando esta literatura de manual hoy?

Los libros de poesía, si es verdad ese rumor de que algunos ejemplares se venden, la compran los poetas, por amistad, por espionaje, por saqueo de la obra ajena o por fidelidad (las menos de las veces, estoy seguro), aunque en no pocas ocasiones el propio autor es su exclusivo público y su mayor nicho de mercado. La narrativa tiene un público más amplio. Que una editorial sobreviva o cierre depende de numerosos factores. Pero quizás tenga más posibilidades de seguir adelante la editorial que combine distintos géneros, novelas, ensayos, poesía, que la que se dedica solo a uno. La narrativa se venda más, claro, pero los libreros la devuelven más rápido que los ensayos, o eso al menos me dijeron cuando yo trabajaba como editor. La diversidad ensancha el número de posibles lectores.

 

Dijo Javier Sánchez Menéndez en su blog que el filólogo acaba por conseguir que se odie a literatura. Diego Vaya es filólogo… jajaja

 Puede que tenga razón, pero yo me considero un filólogo mutilado: me apasiona la Literatura, pero el estudio de la lengua siempre me pareció tan frío y tan árido… Y antes que filólogo me considero otras muchas cosas. Un título universitario no define ni una obra ni una vida.

 

Siguiendo con esto. A veces, se cuenta que los escritores inician sus labores diarias leyendo o releyendo a otros. Más, imagino, por aquello del ritmo, en la poesía. ¿Le ocurre a Diego Vaya? Si sí, ¿qué autores?

 Supongo que te refieres a ese tópico de leer para coger el tono… En mi caso escribo por impulsos, a rachas, casi como en periodos de descanso entre lecturas. Llevando esto al extremo, podría decir que un día puedo leer y no escribir ni una línea y viceversa.

Decíamos que Diego Vaya era filólogo. A la hora de establecer un listado de sus influencias: ¿le queda más de las lecturas obligadas de universidad o de su propia indagación, del autodidactismo?

 Las lecturas realizadas en la Universidad me ayudaron a formarme como lector, y sobre todo a armar una perspectiva general de la Literatura en español, cosa que por mí mismo, con mi evidente dispersión y desorden personal, nunca hubiese conseguido. Además, en la Universidad me enseñaron a ver las relaciones de la Literatura a través del tiempo, y a saber dónde tenía que buscar. Pero estoy convencido de que mis propias lecturas son las que más me han ayudado a escribir, porque siempre he leído aquello que más se acercaba a lo que yo pensaba o sentía en un determinado momento.

 

Y esas influencias son:

En poesía, Vallejo, Eliot, Pessoa, por no dar demasiados nombres. En narrativa, pienso que ha sido fundamental el encuentro con Dostoievski y con Virginia Woolf.

 

También, sin ser su género más celebrado, Diego Vaya ha incurrido con reconocimiento en la narrativa (Medea en los infiernos –Premio de Novela Universidad de Sevilla-) o Inma la estrecha no quiere mi amor. Antes de comenzar, me contaba que era una sátira política que en sus días no se entendió bien.

 Sí, Inma la estrecha no quiere mi amor es una novela sobre la desidia política, sobre la indiferenciación cada vez mayor de los partidos llamados de izquierda y de la derecha en este país. El protagonista no cree en los partidos políticos, y se deja arrastrar por todo lo que le sucede, incapaz de reaccionar. Hay en el libro, por así decirlo, una distancia insalvable entre las ideas políticas y los ciudadanos. Yo la empecé a escribir en 2005, y esas eran la sensación que tenía entonces.

 

¿Y ahora? Cuatro años después y la degradación imparable de la clase política…

Cuando la ciudadanía se agita, los políticos, sin importar sus siglas, se atrincheran juntos. Y lo hacen porque son exactamente lo mismo unos que otros. La política ya no es idea, sino economía. Y el enfrentamiento ya no es entre el bloque de la izquierda del Parlamento y el de la derecha, sino los ciudadanos desengañados y estafados contra los políticos.

 

¿Cómo le gustaría que le recordasen? Un profesor de universidad analizando, por el 2060, sus técnicas, por ejemplo.

 Como alguien que nunca se conformó con nada de lo que hacía y que buscó siempre, en estilos o en géneros distintos.

 

Podrías establecer diferencias entre un poemario y un libro de poemas. ¿Nos valdría el contraste entre Circuito cerrado y 33 Poemas – que aparece ahora en México y EEUU?

La diferencia está en la unidad de significado y de intención. 33 poemas, publicada por la Editorial Paroxismo, reúne poemas de mis tres primeros libros, donde se ven cambios en la forma y en el fondo: desde un lenguaje claro al misticismo o a la sublimación de las cosas más sencillas. Los poemas de Circuito cerrado coinciden en el tono de irrealidad y de desolación, y también en la intención.

 

Terminando. La gran mayoría de poetas, ya adultos, reniegan de sus primeras composiciones. Álvaro Valverde reconocía su mala relación con Territorios, pero Javier Sánchez Menéndez decía que no se arrpentía de un solo verso que él hubiese escrito.

 Yo no reniego de mis primeros versos publicados. Están ahí, reflejaron una época, un pensamiento y una serie de sensaciones. Creo que en mi primer libro, Las sombras del agua, hay poemas que no se salvan de la guillotina, por supuesto, pero gracias a ellos he escrito otros que considero mejores.

 

En pocas palabras:

Si oye José Luis Piquero:

Pienso en poemas que hablan de las pasiones humanas con sinceridad y con una voz natural: dos cosas para mí fundamentales en un poeta.

 

Dónde escribe Diego Vaya.

 Donde esté. Cientos, miles de anotaciones aquí y allá que luego coso y descoso con el tiempo.

A qué hora.

A cualquiera. Me gusta más la noche, sobre todo a partir de la una o las dos de la madrugada.

 

¿Y si un alumno en su clase le confunde con un tío suyo que haga ripios para bodas y bautizos?

 Yo no sería capaz de escribir un poema para un acto de ese tipo. Cada uno escribe lo que puede, y a ninguno de los dos nos recordarán por nuestros versos.

 

Y el peor vicio de Diego Vaya.

 Pluralicemos: son muchos y todos están a la misma altura. Me quedo con uno: el chocolate (¡cuántas páginas le debo!). Qué sería de mí sin mis vicios.

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