Pero Hermoso. Un libro de Jazz

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Por: Diego Rodríguez Veiga

Escribir sobre música es como bailar arquitectura. Algo así dijo Frank Zappa, bien pues dancemos como una voluta en un capitel.

Duke Ellington

Duke Ellington

Como todo ser humano, tengo gustos estéticos. Si trasladamos esta afirmación a la música y a grupos de sobra conocidos por todos, puedo decir que Bob Dylan me gusta porque me identifico con la naturaleza que reflejan sus letras. De los Beatles puedo decir algo similar y complementarlo con que la innovación musical que supusieron aún sigue tocando alguna fibra que tengo dentro. En cambio, si hablo de los Rolling tengo que decir que no me gustan (créanme, aunque resulte extraño no soy el único), quizás me suenan poco originales porque he escuchado antes a los grupos que los copiaron y cuando los genuinos cayeron en mis oídos no produjeron sorpresa alguna.

Normalmente suelo encontrar un punto válido en el que soy capaz de explicarme a mí mismo porque esto o aquello me gusta o no. Pero en el caso del jazz siempre he tenido un problema para ello; nunca he sabido explicar las razones por las que una canción de éste género me parece bonita. Al principio pensaba que se trataba de una música cuasi-intelectual que no sería capaz de entender sin haber estudiado algunos años de composición musical, pero me he dado cuenta de que en realidad no es así. Sé de sobra que en cada nota hay un significado casi matemático detrás y que cada progresión tiene historia y tradición acumuladas, pero eso se lo dejaré a los músicos. Los demás, tenemos que quedarnos con la única explicación de que no existe explicación. “If you have to ask what jazz is, you’ll never know” dijo Louis Armstrong, y ahí es donde empieza y acaba todo acto de entendimiento del jazz.

En el libro Pero hermoso. Un libro de jazz escrito por el inglés Geoff Dyer se relatan las siete historias de Lester Young, Charles Mingus, Bud Powell, Chet Baker, Ben Webster, Art Pepper y Thelonious Monk en las que se mezclan la realidad y la ficción y cuyo hilo de unión es la octava historia de una road story de Duke Ellington. Así se plantea la obra con un toque onírico donde parece que Duke sueña las historias que nos cuenta. Incluso hasta podemos imaginar la historia como una gran canción de Ellington en la que van apareciendo los demás. Creo que In A Sentimental Mood con John Coltrane tendría el color apropiado que transmite el libro.

Parece que Pero hermoso no tiene otra finalidad que ser lo que es, sin segundas intenciones. Todo tendrá un significado claro para el autor, pero en el momento en el que las ideas parten de él y aterrizan en el lector, el que lo lea tiene derecho de apropiarse de ellas para la finalidad que sea. Exactamente igual que en una canción de jazz. A mí me sirvió para entender que lo importante en estas canciones son el color y las imágenes que te evoca a ti en calidad de espectador de todo cuanto acontece en el mundo. En cambio, a la gente que ya tiene esa lección aprendida de hace años el libro les sirve para recrearse imaginando historietas y anécdotas de algunos de sus artistas favoritos.

Charles Mingus

Charles Mingus

De todas formas, aunque el significado es personal al final todos los lectores leen el mismo libro por lo que debería haber algo en común. Y ese algo parece que se encuentra en la decadencia interna que sufren los músicos de jazz. Podemos encontrarnos a un Lester Young resignado a su propia influencia “Ahora, cuando tocaba, los enterados decían que se arrastraba detrás de sí mismo, que era una triste imitación de otros que tocaban como él”. También aparece la locura, por parte de Charles Mingus al que echaron del grupo de Duke Ellington por perseguir a Juan Tizol por el escenario con un hacha, la cárcel de Art Pepper y aparecen las drogas, muchas drogas por parte de unos cuantos. En definitiva, “Tipos que en cualquier otra vida no habrían triunfado como banqueros, ni siquiera como fontaneros, en el jazz podían ser genios, sin él no habrían sido nada” dice Dyer.

Así se justifica la cita del filósofo alemán Adorno con la que se inicia el libro: “Los productores de obras de arte significativas no son semidioses, sino seres humanos falibles, a menudo neuróticos y dañados” y ahí es cuando se entiende el título. El mundo del jazz es una serie de relatos de la noche donde las historias más esperpénticas pueden hacerse reales, pero aun así es increíblemente hermoso. Un ejemplo claro es la forma en la que se describe la forma de tocar de Chet Baker, donde todos podemos ver cómo su desencanto por la vida a causa de su drogadicción se cuela en las canciones pero siempre de una manera hermosa: “Cada vez que tocaba una nota se despedía de ella. Aquellas viejas canciones estaban acostumbradas a que la gente que las tocaba las amara y las quisiera; los músicos las abrazaban y las hacían sentirse nuevas, frescas. Chet dejaba la canción sintiéndose despojada. Cuando él la tocaba, la canción necesitaba consuelo: no era la interpretación la que estaba cargada de sentimiento, sino la propia canción dolida. Notabas que cada nota intentaba quedarse un poquito más con él, se lo suplicaba. La canción misma le gritaba a cualquiera que quisiera escucharla: por favor, por favor, por favor”

El libro se publicó en 1991 pero era inencontrable en España hasta que se tradujo al castellano en febrero del pasado 2014. Desde su publicación ha sido alabado y avalado por la crítica, tanto la literaria como la de los músicos que forman parte del jazz de hoy en día, herederos de los sonidos y los vicios de una época en blanco y negro que parece más bonita por el simple hecho de ser pasada. Así que por esta parte Geoff Dyer puede estar contento, aunque en realidad él es de los que piensan que el intérprete responde por su trabajo mucho más que el más escrupuloso de los críticos, al menos así es en el jazz y así esos semidioses se convierten en seres humanos falibles, neuróticos y dañados.

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