Lo que el Smatrphone se llevó

Por Miriam Puelles

Fronteras. Hablamos de ellas como si de muros de hormigón se tratase: frías, indomables, férreas. Sin embargo, ¿acaso no estamos asistiendo a la metamorfosis del término, a su derivación hacia la abstracción más absoluta?

Atrás quedaron ejemplificaciones como el muro de Berlín o las murallas circundantes a ciudades medievales que trataban de salvaguardar el equilibrio interno. En la actualidad nada vale, nada es indivisible, indestructible, y las fronteras propiamente dichas se desvanecen.whastappear

La comunicación parece haber transformado su esencia en algo totalmente opuesto a lo que nos tenía acostumbrados. El diálogo, las conversaciones directas con sujetos activos se han convertido en tecnología binaria, en ceros y unos que tratan de asemejar e implantar su realidad sobre la nuestra. Ya no hablamos, sino whatsappeamos; ya no miramos a los ojos, sino al Smartphone; ya no enamoramos, sólo chateamos.

Imagínese por un momento el número de veces que durante los veintiocho años que el muro de Berlín dividió la ciudad, los habitantes de ambas partes desearon quebrantar el hormigón, tirarlo abajo, acabar con él de forma permanente. Cuántas historias alteradas, cuántas vidas separadas, cuántos amores caducados. Y ahora, de nuevo, regrese al presente, a la implantación de estas barreras transparentes que hemos colocado sobre nuestra vida de forma voluntaria. ¿Somos conscientes de lo que estamos permitiendo?

Ya son historia los cafés como excusa, las sobremesas extendidas hasta el atardecer, los “nos vemos mañana”. El valor de un emoticono se considera directamente proporcional al de una sonrisa, ¿y qué sentimiento puede trasladar al receptor? Trivialidad, costumbrismo, desinformación. Sí, desinformación. Los pequeños matices que podemos contemplar al observar a una persona cara a cara siempre quedarán desapercibidos a través de una pantalla donde sólo puedes leer. Interpretar cada gesto se predispone como una tarea que sólo unos pocos agraciados con este don disfrutarán. Y no es fácil de lograr.emoticono-pasota

La ciencia empírica que se está desarrollando al respecto no deja lugar a dudas: una cara aparentemente feliz enviada a través de Whatsapp puede ser un mero escaparate que poco tenga que ver con la realidad; incrementándose además cuando hay diversos tipos y cada persona le da un significado diferente. Es entonces cuando llega la confusión, el “¿qué estás queriendo decir?”, e incluso el enfado.

Cada vez es más habitual levantarnos por la mañana ante noticias relacionadas con divorcios o separaciones perpetradas a través del móvil. La necesidad de controlar la última hora de conexión, el número de tics, las palabras, e incluso las imágenes enviadas, se ha convertido en un muro obsesivo que sólo alienta el fin de las relaciones humanas. Más aún cuando estos finales también se comunican vía Whatsapp. Y es que sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para discernir a decenas de personas expectantes a que una luz intermitente les comunique una notificación pendiente, un nuevo mensaje.

Salir a la calle y ver cómo la sociedad camina encerrada entre auriculares con la música aleatoria de un reproductor es un hecho, un rasgo característico que la evolución tecnológica ha dejado sobre nosotros. Individualismo y alienación se suman así a esta larga lista de elementos corporativos de la vida contemporánea, a estas nuevas fronteras que impiden la oratoria.

¿Qué diría Cicerón al respecto? El arte de la palabra como tal, de la comunicación, e incluso de la persuasión, ha caído en el olvido. Ya no lo valoramos. Lo aprendimos, es cierto, pero el maltrato posterior que está sufriendo, ha generado su declive más absoluto; puesto que somos incapaces de explicarnos sin un apoyo gráfico o un corrector ortográfico.

Si bien es cierto que con el desarrollo de las comunicaciones las fronteras geográficas se han venido abajo, permitiendo la relación del global de la población mundial, eliminando de este modo los kilómetros y la distancia entre personas separadas en el espacio, otro tipo de barreras mucho menos evidentes están surgiendo a nuestro alrededor para alterar nuestra percepción de la realidad.

Levantar la cabeza del teléfono móvil o de cualquier pantalla alternativa parece en muchos casos una misión de difícil realización, no obstante, con ello no nos percatamos del mundo que nos estamos perdiendo ahí afuera; porque tras esa frontera electrónica existe vida. La realidad está ahí y nosotros deberíamos disfrutar de ella. Aparcar por un momento este muro que nos divide, que nos aleja de las personas que nos rodean, tal vez nos permitiese volver a disfrutar de pequeños detalles desapercibidos en nuestro día a día.

Quizás la arquitectura de la ciudad haya cambiado, o simplemente se ha pintado la fachada de aquella casa donde siempre deseó vivir; quizás el otoño ha cubierto de hojas caducas las calles de la ciudad y, quizás, sumado al clima invernal, éstas dejen una estampa con tintes poéticos que merece ser contemplada. Quizás su pareja no haya tenido un buen día y lo que realmente necesita es una sonrisa directa, sincera, como apoyo ante la adversidad. O quizás no y sea justo lo contrario. Quién sabe, usted no lo sabrá porque la alienación de la pantalla le impide ver más allá de esta frontera invisible que hemos creado alrededor de nuestra vida. Pero, ¿realmente merece la pena? Nunca un muro fue tan fácil de batir, de eliminar, de acabar con él. Sin embargo, parece que no queremos y que nos hemos acostumbrado a esta nueva realidad, colaborando incluso con la implantación de los cimientos de estas barreras individuales. Somos “mi Smartphone y yo”, nada más. Y el exterior, por desgracia, ya es historia.

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