La egolatría obstinada: de Napoleón a Schopenhauer

Paula Ramos Mollá

 

            La genialidad va siempre acompañada de una gran personalidad; unas veces más agraciada y otras más insoportable, unas veces más afable, pero la mayoría de ellas deleznable e insoportable. Porque el gran genio normalmente es obstinado, egocéntrico, burlón, demasiado consciente de sus virtudes y muy poco de sus debilidades, terco en cuanto a su “triunfo” en la vida, concienciado de la validez de sus ideas y seguro de genio, aunque no sea reconocido por la mediocridad de sus coetáneos. Cierto que a algunos grandes, la historia los legitima y les confiere el poder de justificar su engreída personalidad bajo el amparo de la razón; al fin y al cabo estaban en lo correcto, al menos en cuanto a la validez atemporal de sus obras aunque sean ratificadas como correctas o refundadas como inválidas. Por algo, en resumen, son considerados genios. Me viene a la cabeza Cloriano Teoricio Clapostol, pobre robot, anciano, oxidado y olvidado por sus contemporáneos, a pesar de ser “el más grande entre los pensadores” de su época y de todas las demás, en sus propias palabras. En este personaje, pone Stanislav Lem las palabras de todo ególatra olvidado: Cloriano, autor de mil teorías filosóficas de corte indemostrable y disparatado, entre otras cosas, postula la existencia de los efesedas, – aquella población más avanzada del cosmos, que ha alcanzado la llamada Fase Superior de Desarrollo -, mediante un argumento de lógica aplastante: si existen distintas civilizaciones y todas ellas poseen distintos grados de desarrollo, debe existir una en la que éste se encuentre en su máximo esplendor – lo que en realidad, tampoco difiere mucho de la vía de la perfección propuesta por Santo Tomás de Aquino -. Cloriano también nos presenta en el Diosotrón un argumento a favorde la creación de dioses a posteriori, puesto que el mundo es caótico y ningún caos tal puede haber sido creado por un ser superior, ergo los dioses son posteriores a la creación; asimismo nos narra una serie de hipótesis sobre el cosmos, que bien puede simplemente no existir, ser creado por error por un pseudodios de pacotilla llamado Creatórico, ser un simple pensamiento materializado, el error de un Supercerebro enloquecido o el pensamiento de la propia materia hecha realidad. Es en el contexto de la Ciberíada, donde encontramos pues a este autor vilipendiado por su tiempo y que no pretende olvidar el daño sufrido por el olvido de sus coetáneos, legando lo que él mismo llama Testamentum para la Posteridad, en donde seguro del triunfo de su filosofía una vez muerto, descarga su ira sobre las generaciones futuras que le redescubrirán: sus contemporáneos llevarán mucho tiempo muertos, mas alguien deberá pagar por el sufrimiento en vida al que le condujo el olvido de su gran obra. Cloriano es una de esas personalidades seguras de su triunfo, convencido de su filosofía, ególatra hasta la muerte y despreciativo con todo lo que no proviene de su propio ser y sobre todo con aquellos con los que comparte profesión; aquellos que le desprecian y no aceptan el valor de sus obras, tan verdaderas, son merecedores de ser odiados por ende, de manera consecuente con sus principios de autoalabanza: “La volví a leer entera hace un año y se me cayeron las lágrimas de admiración por su genialidad rayana en el absoluto […] ¡Cuando pienso en los montones de obras de los filosofantes que adquirí para ver de qué trataban! […] Mientras leía las obras de esta gente, me volvía loco de rabia, las rompía, las hacía trizas, incluso llegué a arrancar páginas a mordiscos…”, argumenta el pobre robot-filósofo primero con respecto a su obra, tan genial, y a continuación con respecto a la de sus pensadores coetáneos. Sin embargo, la imaginación de Lem, aunque ejemplar y tan fructífera, no parece haber inventado el personaje de Cloriano, que de ficticio parece tener muy poco; este protagonista de las fábulas robóticas del escritor polaco, se torna una representación arquetípica, una aproximación formal al genio desprovisto de su carcasa. Pero, por favor, revistámoslos de carcasa, que siempre es mucho más placentero hablar de entes concretos y no de aspectos formales, que eso de decir el pecado pero no el pecador ha quedado muy desfasado.

Napoleón cruzando los Alpes

Napoleón cruzando los Alpes, Paul Delaroche

            Napoleón, sin duda, es una de las grandes personalidades de la historia, y todavía más, uno de los grandes egos de la misma. Este pequeño personaje, de infancia no del todo agraciada, y de grandes aspiraciones, debido quizá a la pobreza sufrida en sus primeros años de vida, resulta atrayente por lo planificado de sus movimientos; no solo como militar sino como personaje público. Bonaparte se desenvuelve como una de esas personas que actúan siempre de manera premeditada, concienzuda, como si el ojo público estuviese puesto sobre ellos. Con su brazo derecho metido por dentro de sus ropajes, de modo que su mano toque con los dedos la última costilla de su lado izquierdo, así es como recordamos a Napoleón y así es como él quería que se le recordase: victorioso, al modo en el que lo retratase Jacques-Louis David, cruzando los Alpes en medio de un tormenta, “tranquilo, a lomos de un caballo fogoso”, como diría el propio cónsul; glorioso, sentado en el trono una vez coronado emperador como lo pintase Ingres y no al modo de Delaroche, cruzando los Alpes a lomos de una mula rancia y vieja, aplastado en su asiento a la espera de su abdicación en Fontainebleu: un Napoleón viejo, decaído, algo más gordo de lo normal y, todo sea dicho, decadente como su imperio en el momento retratado. Este hombre pequeño de ambiciones grandes, nutrido a base del ideario de la revolución francesa, con una juventud jacobina, que ha leído a Mably, Rousseau, Voltaire y demás, de un gran éxito militar, posee una mente clara y un objetivo definido: la inmortalidad. Napoleón actúa como Cloriano: desea y sabe que merece la inmortalidad, conoce que su gran triunfo llegará y actúa en todo momento en consonancia con ello, granjeándose un puesto entre las figuras célebres de Europa – a la cual él pretende instruir, unificar y dirigir, puesto que el régimen aunque debe ser liberal, se conducirá mucho mejor bajo su brazo: él confía en su capacidad de dirección frente a la de los demás -. Cuando se encuentrecon Goethe, acuña une petite phrase, una perla de la retórica para seducir al genio alemán: “¡He aquí un hombre!” – un gran hombre entiéndase -, frase reproducida con la mayor premeditación del mundo, como recuerdo creado de antemano para la consagración del encuento entre las artes y la política, en el que el Emperador intenta mostrarse en todo momento como superior, como es acorde en su carácter. A diferencia del personaje de Lem – al que desconocemos si generaciones posteriores finalmente redescubrieron – o Schopenhauer, otro de los grandes genios ególatras no descubiertos en vida tan seguros de su valía – del cual hablaré más tarde -, Napoleón llegó a experimentar el triunfo y el sabor de la victoria; sin embargo, los momentos que más interesantes nos resultan son los previos a alzarse con el título de emperador, sus momentos como general y cónsul. Los comentarios a El Príncipe de Maquiavelo, que realiza en distintas etapas de su carrera política resultan una maravilla, una perfecta descripción psicológica de este personaje y en ellos podemos observar la evolución de su genio a través de su ascenso desde general hasta emperador. Cuando Maquiavelo escribe que “…el imperio empezó a ser rechazado en Italia”, Napoleón anota, en este momento como General, que “lo restableceré”, seguro de sí mismo argumenta que “desaparecerá la división” entre los estados italianos – gracias a su acción, por supuesto – y cuando de nuevo éste anuncia que el príncipe podrá “adquirir fama de mezquino”, el ya emperador responde que “no tendré esa fama”, enarbolando un “¿quién ha hecho esto mejor que yo?” frente a la capacidad que debe tener el príncipe de no olvidar la liberalidad en su régimen. Entre constantes ensalzamientos a sus acciones ya realizadas, una vez emperador, y paroxismos de sus acciones por venir cuando general, Napoleón comenta El Príncipe comparándose sin pudor alguno con Ciro, César o Alejandro, magnánimos ejemplos políticos-militares.

La figura napoleónica es por tanto clara y esbelta, Napoleón Cuzando los Alpesmagnánima en cuanto a sus resoluciones, obstinada en sus triunfos por venir y en su propia genialidad, como Cloriano, y quizá como todos: la consecución de una carrera, de un objetivo en la vida, conlleva la creencia de su realización, la consideración de que somos buenos haciendo lo que hacemos, de que “vamos a llegar a algo”. La diferencia entre Napoleón y Cloriano estriba en que el primer ególatra es un triunfador mientras que el segundo no obtiene ninguna de las recompensas que esperaba. Cloriano recuerda en exceso a Schopenhauer, pobre obstinado en su filosofía, encerrado en la creencia de su genialidad;este, rechazado por la esfera academicista intelectual de su época, se refugia en la idea de que su filosofía resulta demasiado genial para aquellos que la rechazan, convencido de su triunfo en el futuro. “Han comprendido muy bien esos señores que el único remedio contra mis escritos era mantenerlos en secreto para el público…”, escribe en el prólogo de Sobre la voluntad en la naturaleza, dejando claro que la verdad de sus teorías resultan demasiado verdaderas e ilustrativas como para que los demás filósofos deseen que el público las conozca, ya que éstos les perjudicaría a ellos mismos, transmisores de la mentira y de la teología vacua. Independientemente de la verdad de estas palabras, el alemán se encuentra_obviamente resentido por el fracaso académico en su vida – “durante cerca de cuarenta años ni una mirada se han dignado a dirigirme…” -, que no corresponde a su filosofía “seria y noble”, como él mismo la categoriza en este mismo libro frente a la filosofía en “estado de salvajismo y rudeza” que triunfa en los círculos académicos. Schopenhauer posee esa confianza en su propia genialidad, esa creencia en que, como se suele decir, va a llegar a ser algo en la vida: “por fin he llegado yo”, dice, para filosofar de manera correcta – parece que al único que tiene en tanta estima como a sí mismo es a Kant y aun así su ego es mayor que su veneración al de Königsberg -. Para bien de su alma y descanso, parece que finalmente, el pesimista Arthur alcanzó el reconocimiento que él tanto conocía que merecía después de muerto – aunque quizá aquí debería agradecerle bastante a Nietzsche -; empero, su vida fue la de un fracasado, tal y como podríamos entenderlo hoy, mientras que Napoleón logró alcanzar aquello que tanto ansiaba en vida.

Observamos que la pesonalidad del genio va enraizada con la egolatría obstinada, sin embargo, esta no es solo característica del genio: se encuentra presente en todos y cada uno de nosotros en mayor medida; todos nos negamos rotundamente a creer que “no vamos a llegar a nada en la vida” y confiamos esperanzadoramente en ese gran destino que se encuentra frente a nosotros, en “que estamos destinados a hacer algo grande” y en la validez de nuestras acciones, de nuestro arte, de nuestra poesía, de aquello a lo que sea que nos dediquemos. Simplemente, no podemos resignarnos “a no ser nadie” de buenas a primeras, debemos sostener nuestra propia valía frente al menosprecio de los demás, si no, toda fuente de esperanza en la vida desaparecería totalmente para dejar paso a una desolación tremenda. Todos nos creemos diferentes, especiales y mejores. La única diferencia entre unos ególatras y otros es la que existe entre Napoleón y Schopenhauer – sin contar su redescubrimiento posterior, sino tan solo sus años de vida; una vez muerto de nada sirve el triunfo -: los primeros triunfan y los segundos fracasan, los primeros se legitiman en su egocentrismo y los segundos quedan como estúpidos.

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