Fancisco Javier Irazoki: “Presentíamos que la risa era el escudo contra las verdades totalitarias” (Entrevista)

Por José Manuel Sánchez Moro

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra,  21 de octubre de 1954) amó, fue rechazado y desapareció. Es crítico de poesía y poeta de los de otra época. La Asociación de Escritores Extremeños y la Junta de Extremadura le editaron en 2010 y 2012 tres antologías-plaquettes. Incluido en antologías como 23, Ocho poetas navarros o Poesía vasca contemporánea, en la editorial Hiperión han aparecido títulos cruciales en nuestra literatura como “Los hombres intermitentes”, “La nota rota” o “Retrato de un hilo”. Desde 1993 vive en París, donde, además de cursar estudios de música (Historia de la música y Armonía y Composición) y colaborar con medios españoles como “El País y “El Cultural”, todas las mañanas, antes de comenzar sus trabajos del día, mira durante varios minutos las flores plantadas delante de su puerta. Tiene barba y de joven militó en el grupo de escritores surrealistas CLOC de Arte y Desarte con Fernando Aramburu.  

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Irazoki, 1992, en foto de Valentín Albuín

-Antes de nada, ¿toca algún instrumento, compone o es dado a hacer música?

-Maltraté el piano durante unos pocos años. También lo estudié en el conservatorio, pero siempre con el proyecto de escribir música. Me exigía una disciplina incompatible con otros proyectos. Recuerdo el placer de tocar, ya sin consultar la partitura, algunas breves composiciones de Béla Bartók, por ejemplo. Cuando acabé los estudios de Historia de la Música, semanalmente, durante un par de años, compuse pequeñas piezas clásicas. Eran trabajos escolares que presentaba en los cursos de Armonía. Aprendí las claves de la escritura musical y obtuve buenas calificaciones académicas, pero ¿dónde estaba lo que quería comunicar? Creo que llegué demasiado tarde al conocimiento técnico de la música. Sólo logré una belleza fría, mecánica, nacida de la imitación. Todo sonaba bien, pero sin mí. Prefiero mil veces el vozarrón lleno de vida doliente y la guitarra vieja del bluesman que ignora unos signos. Su verdad personal supera la cárcel de un papel pautado. Después transmití parte de lo aprendido. Durante diez años, todos los días di clases de solfeo a mis hijos y a algunos otros niños. Disfruté. Las muchas horas pasadas en el conservatorio, con excelentes profesores, me han enriquecido, y lo agradezco.

-¿Por qué eligió París?

-No lo elegí. Me enamoré de una chica parisina que viajó al País Vasco para escribir su tesis doctoral de Geopolítica. Me hizo dos o tres preguntas; yo respondí con cuatro o cinco frases sin sustancia. Cuando terminó la tesis, decidió regresar a su ciudad y la seguí como un perrito perplejo y feliz. Desde entonces han pasado veintidós paraísos.

-Tiene especial fijación con la figura de un joven poeta canario,  Félix Francisco Casanova, fallecido a los 19 años. Tanta que impulsó ediciones de su obra mucho tiempo después.

-Mi fijación se llama gratitud. Tuve la fortuna de leer sus poemas cuando Casanova vivía y enviaba versos o comentarios musicales a la revista Disco Express. Todo de gran talento y perspicacia. Él era un adolescente tocado por la gracia creadora. Comunicó misterio y profundidad en la exuberancia de imágenes; también en la depuración expresiva. Me limité a difundir sus páginas entre los amigos. Josefina Betancor, Fernando Aramburu, Jesús Munárriz, David Villanueva, Juan Cruz, Elsa López, Blanca Berasátegui, Elsa Fernández Santos o Antonio Jiménez Paz han hecho lo mismo. Me niego a atribuirme algún mérito.

 

-Sin embargo, no es el primero que se acerca a jóvenes talentos de muertes prematuras. Caso de Félix Romeo y sus esfuerzos por editar “Todo está tranquilo” del suicida Chusé Izuel. ¿Algún otro caso que recuerde del estilo?

-Como sabe, la figura del artista inspirado que murió joven no es original. Ahí están Lautréamont, John Keats, Mariano José de Larra, Jimi Hendrix, Silvia Plath, Franz Schubert, Emily Brontë, Miguel Hernández, Charlie Parker, Heinrich von Kleist, Mozart, etc. Chusé Izuel se suicidó a los 24 años y sólo pudo dejarnos el libro de relatos que usted menciona. En el caso de Félix Francisco Casanova, sorprende la abundancia de su obra. A pesar de vivir únicamente 19 años, escribió varios libros de poemas, un diario, una novela magnífica.

-Otro poeta muerto joven, Txabi Etxebarrieta, era tío de Nacho Etxebarrieta, vocalista de Cicatriz, legendario grupo de la contra-movida madrileña, la conocida como Rock Radical Vasco. Al también musicólogo Irazoki le cogería lleno de juventud aquel apogeo, ¿no? ¿Cómo recuerda aquellos años?

-Lo diré con respeto y claridad: no fui seguidor del Rock Radical Vasco. Ni literaria ni musicalmente me atrajo. Había dedicado mucho tiempo a intentar conocer las vanguardias inglesa y norteamericana, y aquella iniciativa local me pareció insuficiente. A mi juicio, se apoyaba en una intención ideológica igualmente pobre.

-Entrevistaba hace unos días para El Asombrario Javier Morales a Gonzalo Hidalgo Bayal, que dejó de titular aquello de que los personajes son sombras del que los crea. De los años de juventud de Irazoki, existe un genial documento (que según la Wikipedia fue el libro que lanzó al éxito a Fernando Aramburu) que es “Fuegos con limón”. Irazoki militó en el grupo CLOC de Arte y Desarte junto a su colega Aramburu. ¿Conoce “Fuegos con limón”?

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Irazoki, 1978, en foto de Ángel del Pozo

-Como Fernando Aramburu explica en su libro “Las letras entornadas”, ni él ni yo publicamos una sola línea sin el visto bueno del compañero. Mantenemos este diálogo desde hace mucho tiempo. El afecto nos obliga a juzgar con severidad los textos del amigo. Es nuestra forma de ser fieles; el elogio insincero significaría un alejamiento. Conocí paso a paso la escritura de “Fuegos con limón”, su primera novela. Los capítulos del libro nacieron de la capacidad imaginativa del autor, pero la atmósfera de rebeldía está inspirada en CLOC. Fueron días de fraternidad ruidosa. Aún inexpertos, al menos presentíamos que la risa era el escudo contra las verdades totalitarias. Aramburu acertó a reflejarlo con talento.

-Siguiendo con lo dicho por Hidalgo Bayal, ¿no se ve reflejado Irazoki en alguno de los miembros del grupo literario “La Placa”? Si es así, ¿en cuál?

-El personaje Cacharrito tiene muchos rasgos de mi carácter. Pero Aramburu es un artista. Es decir, juega, transforma, libera su imaginación, usa la libertad.

-El propio Aramburu, en el diario El Correo, a cuento de “Retrato de un hilo”, generaliza y se refiere a la escritura de Irazoki como “una escritura de ostensible relieve estético, que, pese a ello, se mantiene a cada instante en tonos sobrios y apacibles, sea cual sea el asunto abordado”. Y, en efecto, sorprende, por ejemplo, el trato ideal que le da a la Guardia Civil con el trasfondo de posguerra, “a los que gustaba imaginar ladrones de cerezas”.  

-No inventé una estampa idílica. Procuré expresar, sin maniqueísmos, cómo era la relación con la Guardia Civil en los medios rurales vascos hasta la mitad de la década de los setenta. El texto se titula “Hijos ahumados” y, como es lógico, contiene luces y sombras humanas. Lo sitúo en los años sesenta y setenta. Está compuesto de fotos verbales de mi infancia y adolescencia.   

-Este relieve estético al que nos referimos, y que Álvaro Valverde encuadra en el intimismo, en una literatura queda, susurrada, en voz baja, intimista y desnuda, es visible en hallazgos poéticos como “la patria de huecos” de su Lesaka original o en la pieza breve “Los hombres intermitentes” que da título al libro con esa persona que es “bloque de aire, cuyo pasado se evaporó en el recuerdo de sus familiares”. Pero, ¿no estaría, de igual manera, en la carga cultural que abunda en sus escritos (continuas referencias a héroes de las artes de otro tiempo)? No es cualquiera lector de Irazoki, pues no todos reconocen en su imaginario colectivo a Joplin, a T.S. Eliot, a Niño Ricardo, a Borges o a Leadbelly…

-De manera natural tiendo al eclecticismo. Me ocurre con el arte, la gastronomía, el idioma, la política. Nunca pensé que lo selecto estuviese concentrado en un país, en una época, en una corriente estética. La vanidad que pone vallados a otras culturas me desagrada profundamente. Aunque se cubra de heridas históricas, a todo nacionalismo se le transparentan su arrogancia y egoísmo. Usted me cita a literatos y músicos que recorrieron caminos muy diferentes. Eso lo identifico con una fiesta mental variada. Fíjese en Sabicas, que coge impulso en la penuria económica, salta por encima de las ortodoxias, frecuenta a jazzmen como Miles Davis, Thelonious Monk y Charles Mingus, y aterriza en las libertades de un disco, “Rock encounter”, con el guitarrista Joe Beck. O piense en la obra entera de Guillaume de Machaut en el siglo XIV.

-También sorprende la forma. Pequeños textos, caso de “Los hombres intermitentesoLa nota rota, entre la crítica cultural, la semblanza, la biografía o la prosa poética.

-“Los hombres intermitentes” es para mí un libro de poemas en prosa. Así concibo ahora mi poesía. Y tendrá su continuidad con “Orquesta de desaparecidos”, que va a ser publicado este año por Hiperión. Le seguirá una tercera obra de características similares. Me parece imposible encerrar lo poético sólo en los versos. “La nota rota” es quizá más difícil de clasificar en un género literario. 

-En un tiempo de prisas, tuits, microcosmos y digitalización, ¿estos textos breves pueden ser más llevaderos, atractivos y sugerentes para el lector?

-No me importan las extensiones de los textos y escribo sin calcular las prisas del lector. Mi compromiso consiste en poner palabras sinceras sobre una página blanca. Sí me molestan la verborrea, el párrafo innecesario, los tres folios y medio para decir que llueve.

 

-Después de publicar durante cuatro años su columna “Radio París” en El Cultural, actualmente Irazoki se dedica a la crítica de poesía en dicho suplemento. Con independencia de que el libro seleccionado sea escogido por la dirección del suplemento o el propio crítico, a la hora de tomarlo ¿se rigen o se rige uno por la casa editorial, la colección o el nombre del poeta?

-No. Blanca Berasátegui, la directora, transmite la independencia de criterio. Para evitar el amiguismo, los redactores El Cultural eligen los libros sin discriminar ni a los autores poco conocidos ni a los editores recién iniciados en la profesión. Después los críticos reciben un conjunto de poemarios y escogen los que consideran mejores. Esa es mi experiencia. Como publico mis obras en Hiperión, no puedo reseñar los libros de esa casa editora. Todo lo demás es fantasía y sospecha injusta.

-Es llamativo que en la lista de los mejores libros de poesía de 2014 para El Cultural, todos los elegidos –por consenso de un consejo en el que estaba Irazoki- hubiesen ganado el Premio Fundación Loewe.

-Pura coincidencia. Personalmente no reparé en el detalle. Equivocado o no, doy escasa importancia a los premios literarios. Para mí la poesía es lo opuesto a la competición atlética.  

-“Los hombres intermitentes”, “La nota rota” y “Retrato de un hilo” aparecieron en Hiperión. Vieja editorial con grandes esfuerzos en cuanto a poesía se refiere. Visto el estado actual de Calambur y la dificultad por sobrevivir de las editoriales independientes que publican poesía, ¿podría decirnos qué catálogos le entretienen últimamente?

-Hiperión, Visor, Pre-Textos y Renacimiento destacan por su larga trayectoria de calidad. La colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets es un lujo que muestro a los lectores parisinos. Reaccionan con asombro. Además de Calambur, que surgió a primeros de los años noventa, en las dos últimas décadas se han creado en España editoriales valiosas. Pienso en Vaso Roto, Demipage, Point de Lunettes, La Isla de Siltolá, Bartleby, Linteo, Valparaíso, Cálamo, El Gaviero, La Bella Varsovia, la colección Vandalia de la Fundación Lara…

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