Lecturas para todo un año

José M. Sánchez Moro

 

Creo que empecé con “Los Gatos Pardos”. Me excita la casa editora Tusquets y su nómina. No lo acabé, pero escribí de él. Augusto Monterroso, al que leo en voz alta con regularidad –también habrá caído este año lo menos dos veces-, decía que al bien leído le bastaba una ojeada para saber de qué va Fulano y Mengano. Por obligaciones académicas, conocí a Aldecoa. Maestro de la pieza breve, que murió joven, me hace gracia decir esto, por guarro. Sí, es cierto, aunque luego se le aplique al suceso mortuorio un término medicinal rotundo de esos que ensombrecen el alma y espantan de horror a cualquiera, Ignacio Aldecoa murió por guarro. Se autodefinía como un escritor perezoso. Y entonces acudí a un escritor perezoso vivo que quería entrevistar para Rick´s. Javier Morales. “Lisboa”, un libro de relatos aparecido en la Editora Regional de Extremadura, me llevo a evocar una frase de no sé qué escritor (cualquier francés del siglo XIX), que decía algo así como que “el humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias”. No olvidaré el personaje de Faulkner falso con coleta. Una broma macabra de padre a hijo, que por la obsesión del primero con el Nobel norteamericano, le llevó a bautizarlo de tal manera. Luego quise leer a Juan Benet. Era un escritor para élites, un ingeniero con clase que, en el Café-Bar Gijón, acariciaba como nadie los hielos del Gin-Tonic. Me agencié de un ejemplar de “Volverás a Región”. No pasé de las primeras treinta páginas. Volveré a esos barrancos color elefante con los años. También, prologué un libro de Cortázar. Aunque no recuerdo si leí algo para el trabajo en cuestión o tiré más del imaginario colectivo que en la adolescencia solidifica este escritor. Leer poesía es algo más complicado.Cubiertas (1) Me gusta leerla rápido, en un ejercicio de concentración que es algo parecido a dejar la mente en blanco. Para finales de año topé con “Más allá, Tánger” de Álvaro Valverde. 50 textos pensados para un poema conjunto, separados por números, que dice Irazoki en “El Cultural”, están unidos por la memoria con “sencillez sabia”. Una poesía de formas deliberadamente narrativas, sin esfuerzos y tensiones estéticas, ni retorcimientos frívolos. Ágil de leer, del autor también dice Irazoki que “vive ajeno a la feria de las vanidades”. Para Rick´s Álvaro quiso ser entrevistado y quiso colaborar en un especial sobre la consulta catalana. No le falta razón. Socio de juventud de Álvaro Valverde fue Diego Doncel, del cual leí, allá por abril, ”El ángulo de los secretos femeninos”. Me inquieto lo onírico del relato y el registrar la existencia de personas bien asentadas en lo económico dadas a la bohemia y al sexo desde posturas desenfrenadas.  Por obligaciones académicas, nuevamente, hube de releer a Rubén Darío y descubrir al gaucho Martín Fierro y al Popol Vuh maya. Seguí tras la pista de literaturas hispanoamericanas cuando di con mi paisano Antonio María Flórez, al que ya conocía dicho sea de paso. Le entrevisté para esta casa y, al igual que Álvaro Valverde o Javier Morales, también firmaría y colaboraría en aquel especial sobre el catalanismo. Un buen día me sugirió la entrevista a Octavio Escobar, un colega suyo de Colombia, que acababa de ganar el Premio de Novela Ciudad de Barbastro que convocaba la editorial Pre-Textos. Es un escritor raro. Octavio Escobar puede tener cuentos que solo son diálogos o narraciones en segunda persona. Raro en lo temático, que en los contenidos es constante en una línea donde recurre como sujeción argumental a hitos de la cultura del pop, el cine o los ochenta futboleros. Por último, he de reivindicar la figura del librero-guía.kjell-askildsen A esta clase de libreros, se los toma en cariño cuando encierran en sus estantes joyas como las cuatros novelas de Félix Romeo en un solo volumen. De las cuatro leí, compulsivamente, “Amarillo”. Aquella que dedica a Chusé Izuel, un compañero de piso que hacía sus pinitos en la literatura colaborando en uno y otro periódico, y que se suicidó por desamor. No se le empinaba y la novia lo dejo. Una tal María de los Ángeles. Se tiró desde un séptimo tras comerse una tortilla francesa y, aunque no se sabe, Félix Romeo sugiere que quizá se fumará, pendiendo del balcón, un cigarrillo antes de matarse. Chusé Izuel fumaba mucho y leía a Carver. En este año yo di, también, con otro Carver: Kjell Askidlsen. Gracias a él (un antisocial, uraño y viejo ogro), supe que los adultos no están ya para escribir poesía, que es cosa solo para jóvenes.

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