El gordo del esperpento

 

Javier Pachón Bocanegra (@pachonboc)

 

Los copos caen deslizándose sobre una suave brisa de espíritu navideño. Se oyen las voces de los premiados y el sonido burbujeante del champán descorchado. Tras atravesar la calle sorteando las frías corrientes del gélido invierno, abre la puerta del bar. Frente a él, la muchedumbre baña el salón con su éxtasis colectivo. Consigue alcanzar la barra para pedir un amargo café que contrarreste el clima azucarado. El ambiente empalagoso llega a tan elevadas cotas que se decide a abandonar el local. Pide la cuenta y estalla la emoción: “¡Antonio!”.

Este año expira. Se despide como un curso denso e intenso a nivel de premios. “Nos ha tocado El Gordo”, gritaban los transeúntes al conocerse las detenciones de la Púnica. Llegó a Caja Madrid la felicidad, todos posando con sus tarjetas poco transparentes. Cayeron lágrimas de alegría en la Junta de Andalucía con sus 3.000 millones de fraude por la formación de parados -un primer premio en toda regla-. Celebró Bárcenas desde prisión el engaño de su partido -y a su partido- mientras éste amordazaba a la ciudadanía para que no dé más problemas de lo que conviene. Los brazos de la Gürtel festejaron y abrazaron al PP cuando inventaba el fin de una crisis que “ya es historia”. La Fórmula 1 había tomado Valencia para convertirse en el gran décimo de lotería premiado para los dirigentes de la Generalitat en una muestra más del esperpento español. La honorabilitat se había premiado también con medallas cuantiosas al 3% en el noreste -“un país llamado Catalunya”, que diría Guardiola-. La Guardia Civil acudió a recoger a los ganadores de la ‘Operación Madeja’ para que contasen su experiencia ante Alaya -quizá protagonicen futuros anuncios del sorteo de Navidad-. La ministra emérita de Sanidad consagró con la renuncia a su cartera la confirmación de que se había beneficiado del tercer premio obtenido por su exmarido como alcalde de Pozuelo de Alarcón, más de 700.000 euros en mordidas. Entre gordo y gordo, Rajoy -retirando la espuma del cava- se negaba a reconocer que se trate de un sistema corrupto, sino que más bien nos encontramos ante casos excepcionales y concretos.

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En la calle, llueven tarjetas oscuras -liquidadas- que nublan el cielo sobre una pesada bruma de desencanto y resignación. Se advierten los acordes del “Sí se puede” mezclados con la orquesta del “Luis, sé fuerte”. Después de atravesar la gruesa cola del INEM, tira del portón de la taberna. Delante tiene a los que frecuentan el bar en horario laboral por no tener labor que realizar. Logra llegar a la barra eludiendo las portadas de periódico, que titulan “nuevo escándalo de corrupción”. Toma un café con tres cucharadas de azúcar para equilibrar la amargura de la realidad. Cansado y con las mesas vacías, reclama la cuenta. Estalla la conmoción: “Vamos a cerrar”, esboza Antonio.  

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