Harold Bloom y la radicalidad de lo nuevo

Por  Luciano Vázquez

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Harold Bloom. 85 años. Eterno profesor en la Universidad de Yale. Polémico, culto, provocador, severo, sabio. El máximo representante de la crítica literaria  y creador de uno de los más “sagrados cánones” de la creación escrita, continúa pensando que de Shakespeare en adelante nadie ha vuelto a descubrir o reutilizar la pólvora de la originalidad. En una reciente entrevista para la sección de Cultura del diario El País (9 de diciembre de 2014) aseguraba que hoy día nadie hace nada “radicalmente nuevo”. Si esta aseveración no sirve para revolverse en el sillón y ponerse en pie de guerra, nada lo va a conseguir. Mi más sincera admiración por el viejo profesor. Lo cortés no quita lo valiente. Pero yo quiero ser valiente desde estas líneas sin necesidad de ampararme en complejos argumentos y desde una perspectiva práctica. Y siempre siendo consciente de que en nuestra época la crítica literaria está, en más de un caso, contaminada por la ideología, la mercadotecnia o un pretendido e impostado progresismo en la formas y en el fondo, en la manera de presentar la narrativa o la novela, la poesía y el ensayo. En contra de todo ello, aún a mi pesar, Bloom sigue siendo una referencia fundamental. Pero con ciertas limitaciones. Asegurar, como lo hace Bloom, que hoy nadie innova de forma radical hace imprescindible salir al paso para reafirmar que estamos inmersos en la vorágine de la postmodernidad, la corriente que, mansamente en unos casos, y de forma torrencial en otros, ha conseguido arrastrarnos hasta el punto en el que, narrativamente, nos encontramos en la actualidad. Bien es cierto que la radicalidad no tiene por qué ser el leit motiv que dirija la creación. Es imprescindible, eso sí, hablar de literatura, de buen literatura y alejarse de maniqueísmos torticeros que lo único que pueden hacer es confundir y reconducir al lector a unos terrenos que parecen solo abonados y cosechados por la crítica -tan necesaria, sin duda- y que no pulsan la verdadera intencionalidad de quienes se enfrentan al folio escrito desde la perspectiva de creador o de lector. Por seguir con el argumento de hacer visible lo práctico y lo tangible –para rebatir lo manifestado por Bloom-, quiero aportar un pequeño grano de arena junto al de quienes piensan que estamos rodeados de buena literatura, de buenos libros, de Cultura que aporta, que suma, que está alejada de revanchismos, de élites o de discusiones que nada aportan al generoso acto de la lectura. Comencemos. Proust, autor al que venera largamente Bloom, concibió una obra inmensa. Un largo pasaje de nuestra literatura de la que pocos hemos podido escapar “indemnes”. Sobre todo los que han convertido a “À la recherche du temps perdu” en una forma arriesgada y diferente de abordar la lectura. La forma -una enorme obra que abarca desde 1908 hasta 1922, exquisita en su lenguaje, en su poder evocador- y el fondo -un homenaje a la memoria, al recuerdo,  a la capacidad de un autor para transponer literariamente la verdad de la vida de los personajes de reales a ficticios- conforman una unidad insuperable… para todas las épocas. Pero es justo ese poso de epopeya cíclica el que es capaz de germinar en algunos autores contemporáneos. La inmersión en una obra que convierte a la vida en un conjunto de episodios que responden a la valentía de enfrentarse a la realidad, de forma descarnada y personalista. Es el caso de “Mi lucha” -título que evoca infaustos recuerdos pero que dice mucho de la intención del autor, Karl Ove Knausgard, por romper con estereotipos y facilitar una vía alternativa al lector ya desde su propio rubro-  un claro ejemplo de lo dicho. “Mi lucha” es una obra monumental, formada por 6 tomos, que trata de poner en pie la vida de un novelista, de un narrador, de alguien que quiere hacer algo “radicalmente nuevo” y que puede ser leída de forma independiente.

 Con “La muerte del padre” el autor noruego inaugura esta serie que pone en jaque la perspectiva de la autobiografía que cualquier lector puede tener. ¿Romper estereotipos literarios está en las fronteras de hacer algo “radicalmente nuevo” o se sitúa más allá de ellas? A todos los efectos y desde cualquier perspectiva, sí. Incluso aunque uno se apellide Bloom, vista camisas de franela a cuadros y se agarre aún a una cátedra en el Olimpo de Yale.

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Lo difícil en la obra de Knausgard es distanciarse de comparaciones con Proust. No es una novela sobre una época determinada de su vida. Es su vida incrustada de forma cruel, tanto para él como para los que le rodean por momentos, a lo largo de las páginas que va creando. Es la exactitud de su prosa, el cincelado preciso de su lenguaje, las descripciones, la capacidad para extraer de los detalles vitales más pedestres elementos que pueden llegar a formar parte de una obra literaria consolidada. Es fácil pensar que el género autobiográfico -del que no estoy seguro que “La muerte del padre” sea un puro representante- consiste en recrear, recordar y plasmar negro sobre blanco los acontecimientos que se arraciman en la vida. Sin embargo esta primera novela, de las 6 que forman parte de “Mi lucha”, aporta un valor añadido: la capacidad exploratoria del autor para dar respuesta a su devenir vital, para construir a partir de ruinas, para reconstruir sobre los escombros de lo que para cualquier persona sería, para siempre, un solar yermo y sin vida.

A menudo saltan a la memoria otras obras semejantes -si bien no en el fondo aunque sí en la forma, en el atrevimiento, en el acercamiento entre vida y literatura-. A nadie le es ajeno que George Perec construyó su originalísima e inimitable “La vida instrucciones de uso” sobre la base de una amalgama de vidas individuales e inconexas que habitan en el 11 de la calle Simon-Crubellier, en París. Si escribir, describir y recrear más de 179 historias que se entrecruzan no es afrontar la creación de forma “radicalmente nueva” estamos inmersos en un grave problema. En igual medida, y dando un salto en la contemporaneidad creativa, el no siempre comprendido pero inmensamente original y brillante Enrique Vila-Matas, tiene mucho que rebatir al viejo profesor Bloom. Y no es casualidad que mencione a estos dos grandes novelistas (Perec y Vila-Matas) toda vez que el autor barcelonés ha reconocido de forma reiterada que Perec es uno de sus autores fetiche y del que más directa inspiración ha recibido. Vila-Matas, con el que se me acumulan los ejemplos para situarse en el lado más original de la creación, ha sido capaz de crear una voz propia -como gustan ahora de llamar a los escritores que ponen una pica en el territorio de la ruptura, de la originalidad, de la capacidad de entretener y disfrutar, que son dos verbos consustanciales al acto de la lectura- y sacar a la luz textos como “Kassel no invita a la lógica” en el que pone entre el lector y la obra escrita su propia vida y experiencia, tamizada por su presencia en una prestigiosa muestra de arte contemporáneo. Estos ejemplos entiendo que son válidos y con la capacidad suficiente para sumarse a la obra de Knausgard, como muchos otros, hasta el punto de que se me puede quedar corto el espacio del que dispongo.

Así pues, ¿qué pensaría Bloom de esta primera novela -de una serie de 6- de un noruego que talla una obra literaria a partir de los retazos, completos unas veces o incompletos la mayoría de ellas, de su vida y de los que le rodean? A buen seguro, para bien o para mal, que Proust saldría a colación. Y si el maestro francés sale al paso…algo bueno se está cociendo…aunque uno se apellide Bloom y  vista camisas de franela a cuadros y se agarre aún a una cátedra en el Olimpo de Yale.

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