Miedo y literatura

Por Luciano Vázquez

A propósito de la novela “El País del miedo”, de Isaac Rosa

el_pas_del_miedo4Alguien se atrevió una vez a definir el miedo como aquel sentimiento o sensación que brota de la condición más humana, esto es, la fragilidad. Esa fragilidad que nos adorna nada más ver la luz es, sin ningún género de dudas, la inquietud de sí, la presencia constante de una amenaza que toma la forma de nuestro propio óbito.

Definir el miedo, tanto desde el punto de vista ontológico como psicológico o simplemente desde el punto de vista de la ciencia que más lo ha podido estudiar, la antropología, no es tarea fácil y por esa razón estas líneas no van a ir dedicadas a esa titánica tarea. La intención no es más que tomarlo como excusa para hablar de Literatura –la mayúscula es intencionada-, y de su presencia en ella.

 La modernidad literaria ha logrado encarnar la conquista de ese territorio equidistante entre la alteridad y la diferencia, entre el desorden y lo desconocido, entre  la belleza y la seguridad de lo reconocible. Fue Paul Ricoeur el que señaló que, justamente esa condición de fragilidad que presenta el ser humano, es la que otorga razón y visibilidad al mal en el mundo, la más certera expresión del estremecimiento que puede llegar a recorrer la vida, desde la más banal de las existencias a las más excitante de las aventuras vitales.

El miedo es denominador común, presencia agazapada, desorden, desamparo. Junto con la muerte, como acontecimiento ontológico equilibrador de todos los seres vivos, el miedo nos iguala. Es una constante que merece nuestra más especial atención, incluso antes de que se manifieste.

Hace unas semanas, y gracias a una novela extraordinaria, tuve la oportunidad de ver reflejadas algunas de estas teorías en un texto que alternaba el desarrollo propio de una novela con el ensayo, la equidistancia entre la realidad más improbable y la ficción más plausible. “El país del miedo”, que así es el título de la novela de Isaac Rosa, constituye una magnífica aproximación al terreno del miedo, de la angustia, de la más que probable y real presencia del miedo y sus consecuencias en nuestras vidas.

Una historia familiar, como otras tantas, plagada de normalidad, aferrada a la realidad más mundana. Un padre, una madre y un hijo. Un triángulo dedicado a dejarse vivir, plano, sencillo. Un centro escolar y  un barrio en el que la presencia del mal se encarna en un adolescente que sobrevive en la marginalidad y que ve en el hijo del protagonista una víctima propiciatoria para sus pequeños desmanes. El acoso, la agresión, la presión, el miedo, la ruptura de la normalidad. La contraposición entre una vida resuelta y otra que se niega a (re)conducirse por los cauces de lo establecido.

A lo largo y ancho de sus páginas, Isaac Rosa nos adentra de forma subyugante en los márgenes de un miedo adormecido, al que solo es necesario agregarle un pequeño cúmulo de casualidades para que tome protagonismo en el ordenado mantra de nuestras vidas.  Un orden que, como decía Heidegger, es “la casa del hombre, el que permite habitarla”. Y es justo ese orden vital el que hace posible establecer unos límites más allá de los cuales, inasibles ya a nuestra voluntad, se expanden aquellos territorios  de lo desconocido.

La fuerza callada que el miedo tiene en la novela de Rosa exprime todo su potencial justamente porque va dejando entrever los acontecimientos que se suceden página tras página, con la sensación de no poder o no saber hacer nada o, simplemente, buscar una solución racional.

De forma brillante trufa la historia de unos padres -angustiados por la violencia que ejerce sobre su hijo adolescente un muchacho de su edad en el instituto- con páginas que aclaran, argumentan y explican todo aquello que le va ocurriendo al personaje, con datos, con teorías, con realidades, con ejemplos.

 La obviedad de la historia está absolutamente alejada de lugares comunes. Es justo este detalle el que le imprime a la novela su mayor dosis de credibilidad. No hay nada más efectivo que hacer de la realidad una ficción asumible para cada uno de los lectores. Es un miedo  que se convierte, mediada la novela y  en el momento preciso en el que comienzan a desatarse todas las alarmas en un padre angustiado y sobreprotector, en un desamparo trascendental, en palabras de Lukács, en una variante de la angustia, en el signo más distintivo de nuestra modernidad desacralizada.

Pero donde quizá esté el fuerte de la novela de Rosa es en la capacidad de situarnos como espectadores de una especie de “muerte anunciada”. Para ello se vale de los antagonismos, de los contrarios, de las diferencias entre lo que ocurre en la novela y lo que el lector haría desde su perspectiva de padre, de madre, de hermano… Trata de poner frente a frente al individuo con o contra la colectividad; enfrentar la razón con la emoción, a los  instintos más crudos con la necesaria capacidad que nos otorga la civilización y sus reglas.

Isaac Rosa nos va minando la moral. Sí. Nos hace vulnerables, nos deja ver detrás de nuestro propio espejo, aquél que refleja la realidad de nuestros días pero que, en cualquier momento y ya fracturado por efecto del miedo, nos arroja una realidad poliédrica para que escojamos entre una infinitud de posibilidades, de realidades, cuál es la conducta a aplicar.

“El país del miedo” es una novela digna heredera de un registro literario de compleja factura como es aquel que trata de reflejar el miedo desde la sencillez y la economía de medios y en el que justo ese miedo neutro, posible, real, es el que da paso a lo irracional o lo incomprensible… el  que se puede llegar a desvanecer gracias a una oportuna explicación racional que nunca llega a tiempo.

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