La masa

Paula Ramos Mollá

La masa

Una idea, que algunas veces me obsesiona constantemente, es la de ‘la masa’, en término figurado. La masa, ese gran ente informe y abstracto que adquiere su significado y valor a expensas  de los medios de comunicación, sin los cuales carecería de sentido. El triunfo de un contenido “x” en cualquier ámbito comunicativo a través de cualquier tipo de transmisión, ya sea informativa o recreacional, se debe a la masa. Citando a un grande de España: el secreto está en la masa. La masa, definida en sí misma como la formación social ingente de hombres-robot sumidos en un contexto de industrialización y especialización total, cuyo comportamiento se rige por la norma de la estandarización, la copia y la mecanización; todos los hombres tienen un mismo patrón de reacción, todos siguen las mismas tendencias. Sin embargo, hay distintas formas de concebir y plantear las masas; al estilo de Ortega y Gasset, imaginando una masa rebelde, imposible de controlar, una masa insurrecta y desbocada; a través de un enfoque más político, como Michels, en donde la masa sustenta un sistema político corrupto que conduce inexorablemente a la oligarquización de los partidos políticos; mediante una concepción consumista de la industria cultural tipo Adorno y Horkheimer, en donde la masa es la base en la que se yergue el producto capitalista. Empero, sea el que sea el contexto de esta masa y el contenido o teoría que parezca legitimar, sus principios son los mismos: una cantidad desorbitada de personas descerebradas que mantienen un mismo comportamiento frente a algún tipo de impacto cultural, sea éste el consumo desorbitado de productos capitalistas propuesto por Adorno y Horkheimer, el control político ejercido a través de organizaciones políticas transformadas en oligarquías o el proceso de modernización económica vivido a finales del siglo XIX. Existe, por tanto, un acuerdo tácito desde principios del siglo XX en el que queda implícita la presencia de la masa en todo lo concerniente a la teoría de la comunicación y cualquier ámbito que desee teorizar y formular hipótesis sobre la sociedad. Con respecto a los medios de comunicación, además, es notable la aportación de Laswell y la teoría de la aguja hipodérmica, todavía muy presente en nuestros días y de la cual muchos siguen haciendo apología; en el 27, con Propaganda Techniques in the World War, Laswell formula un clásico de la teoría de la comunicación mediática: los medios transmiten un mensaje, mediante propaganda, que inyectan a los receptores, los cuales adaptan su pensamiento en función de lo que éstos dictan. Queda, por tanto, formulada la manipulación mediática de las masas, enajenadas y sin pensamiento crítico, que se dejan guiar mediante las palabras prometedoras de la propaganda política. Aunque este modelo unidireccional ha sido puesto en duda, y su legitimidad hoy en día es más que cuestionable – el mensaje mediático pasa por supuesto por una serie de filtros y tiende más a reforzar los pensamientos de los receptores que a modificar su comportamiento; la ideología de los sujetos no es tan fácil de trastocar y siempre se ha de tener en cuenta la posible disonancia cognitiva que éste puede generar -; normalmente, la propaganda es utilizada para ratificar y convencer a un sector prácticamente seguro a priori del mensaje trasmitido que para transformar por entero a un nuevo sector. Es decir, los mensajes no se inyectan; las masas no se adaptan de una manera tan sencilla como la pretendida por Laswell o incluso como la que se pretende hoy en día. El mensaje propagandístico no se encuentra dirigido a una totalidad informe como la masa, sino a un público objetivo que se ve identificado en el mismo; la individualidad persiste en la masa, los ideales y creencias de un sujeto permanecen y, a pesar de su fragilidad mayor o menor, con respecto a un mensaje propagandístico, éstos persisten de alguna manera.

 Además, la existencia de esta masa surgida en los años 20 de manera ya patente y modificada sobre todo a raíz de la aparición de los nuevos sistemas de comunicación ya posmodernos, requiere de muchas puntualizaciones. En primer lugar, aunque se pueda hacer una analogía, la masa concebida como tal en el siglo XX y hasta finales de los 70 (probablemente), no es la misma que la que nos encontramos actualmente; la comunicación se halla definida por la globalidad, el medio eléctrico y la información continua – ideas y “profetizaciones” que le debemos a McLuhan -. Internet y la velocidad de intercambio de la información así como el gran repertorio diversificado que éste ofrece y la facilidad con la que se puede acceder al mismo, cambian por completo la forma de concebir la información y de concebir, por tanto, a la masa. Esta masa ya no se encuentra sujeta, al menos no de manera obligatoria – aunque pueda hacerlo de manera voluntaria -, a un bombardeo de información preseleccionada por los medios y vomitada a través de un sistema unidireccional como los periódicos y la televisión. Por supuesto, la agenda-setting – preselección de contenidos sobre los que se centra la información, los medios no dictan “qué opinar” pero si “sobre qué opinar” – también tiene su lugar en internet, pero de una forma más dinámica, en la que los contenidos son basados en los gustos de los propios usuarios – sin embargo, no podemos desprestigiar la función aún muy presente de la selección de contenidos de los grandes medios de información tradicionales, sean éstos “independientes”, siempre sujetos a intereses de terceros, o representativos del Estado -. Ergo, existe un espacio de libre acceso que permite una comunicación inter pares, bidireccional, con muy pocas barreras de restricción, en la que el individuo recupera su esencia individual, valga la redundancia, y abandona el sometimiento informativo de los grandes medios que le convertían en masa. Este espacio recupera, por tanto, un quehacer cultural e informativo opuesto al de la industria cultural de Adorno y Horkheimer; el producto cultural no es masivo y consumido en grandes cantidades, se puede producir y dar vida a pequeños productos surgidos a raíz de proyectos independientes. Se recupera una manera producir cultura que puede y pretende ir dirigida hacia minorías que tengan acceso a ella; sin embargo, esta pretensión minoritaria puede desembocar, como parece haberse demostrado últimamente a través de distintos productos culturales, en una falsa sensación de pertenencia a un grupo limitado cuando en realidad sucede lo contrario. Observamos, por tanto, un fenómeno que puede parecer contradictorio pero que supone una realidad en sí misma: gracias a la aparición de otros medios de información, comunicación y distribución que permiten la incursión de productos culturales independientes y para minorías, éstos experimentan una gran aceptación social de manera que se convierten en productos masivos camuflados bajo un símbolo de pertenencia y una seña de identidad como es la minoría; es decir, la no-masa. Con todo ello quiero decir que, a pesar de la existencia de una información y productos de comunicación más reducidos, la masa sigue existiendo, entendiendo una definición de masa basada el consumo de productos culturales e información masiva; empero, se crea una falsa sensación de pertenencia a un grupo limitado: la esencia hipster es muestra de ello – y no voy a entrar en más definiciones de la misma porque no acabo -. Star Wars, Pokemon, Juego de Tronos, El Señor de los anillos; todos ellos productos masivos de consumo de una época posmoderna cuya pretensión es la no-masa, productos que hacen gala de una propaganda dirigida a minorías frikis cuya existencia es en realidad totalitaria. Lo mismo con Wes Anderson, George Orwell, Arctic Monkeys, las tiendas de segunda mano, el gintonic, The Velvet Undeground, Tarantino, la comida ecológica, las chapas del Che Guevara o Bukowski. Retomando una idea anterior, a la masa no se le inyectan mensajes en vena; la masa no es deformable en la medida en la que Laswell proponía – la modificación ideológica responde a un esquema más complicado que el de la teoría de la aguja hipodérmica -, aún así, permanece la masa como aquel estrato social que consume los mismos productos de manera desenfrenada a pesar de tener a su disposición otros a su alrededor; el porqué es más complicado y sin duda demasiado extenso como para concluir en esta ocasión.

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