Álex Chico: “El riesgo formal en la literatura puede ser una trampa” (ENTREVISTA)

Por José Manuel Sánchez Moro

Álex Chico es licenciado en Filología Hispánica por la universidad donde Martín-Santos lo hizo en medicina y González Iglesias se dedica a la docencia in sermone latino. Nació en Plasencia, que es una ciudad del norte de Extremadura, en la provincia de Cáceres, con rica tradición escritora: José Antonio Gabriel y Galán o Álvaro Valverde. Ha publicado tres libros de poemas. Un lugar para nadie (De la luna libros, 2013, Mérida), Dimensión de la frontera (La Isla de Siltolá, 2011, Sevilla) y La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2008). En nada llegará el cuarto: Habitación en W (La isla del Siltolá, 2014, Sevilla). Actualmente reside en Barcelona, ciudad a la que partió siendo niño en los 80, cuando los restos del naufragio -Biedma, Barral, los hermanos Tusquets, Marsé, Terenci Moix…- del boom editorial de posguerra se erigían en leyendas.

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La primera imagen que tiene uno de Álex Chico es con un jersey existencialista de cuello largo y un cigarrillo en un especial de RTVE hablando de Gil de Biedma. De un poema de Jaime. En algún que otro poema de Álex Chico se hace referencia al catalán. ¿Influencia elemental?

Diría que sí. Al menos en un primer momento. Puedo decirte algo que, me parece, no salió en ese documental. Siempre he pensado que una parte de la promoción de los 50 (Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o Ángel González) me enseñó a leer, y otra parte de autores de esa misma generación me enseñó a escribir. Escritores quizás más desconocidos que los anteriores, con Gamoneda o Costafreda a la cabeza. El único que se mantuvo en uno y otro momento fue Gil de Biedma. Su poesía es, según creo, una de las que mejor han envejecido. A otros autores de esa generación ya no he vuelto tanto, la verdad.   

 

¿Escribe Álex Chico también contra sí mismo y tiene una reputación más oscura que un sótano?

Gil de Biedma tenía la habilidad de influirte en lo que hicieras, no sólo en tu forma de escribir, sino en tu manera de vivir. Es un autor que seduce, que conserva un magnetismo increíble. Era capaz de provocar contradicciones y que, además, presumieras de una reputación igual de oscura que un sótano. Algo de eso quedó en mí, sin duda. Quizás ya no como punto de llegada, sino como premisa. Escribir contra uno mismo es ajustar cuentas con lo que haces o hiciste. En el fondo, en eso consiste la escritura. Sin arrepentimientos, reprimendas ni moralidades, vaya por delante, porque cuando uno se enfrenta a sí mismo lo más habitual es que salga perdiendo. Somos demasiado severos a la hora de juzgarnos. Al menos en mi caso. No sé, supongo que tiene que ver con la insatisfacción. Ese tipo de insatisfacciones que a veces, y con suerte, te conducen a la literatura.     

 

Fue la de Gil de Biedma una poesía sencilla en las formas. Característica principal -es fácil tropezar con anáforas y otras estructuras que traen orden sintáctico- en la poesía de Álex Chico.

Claro. Creo que la literatura sólo consiste en esto: tener algo que decir y encontrar la mejor manera de decirlo. Ya está, no hay más. El problema surge cuando no tienes nada que decir, o peor aún: cuando no sabes cómo decirlo. Es ahí, en la forma, donde aparece el verdadero problema, el verdadero conflicto. Si hablas de la sencillez o de la claridad, es porque esa es la única vía que he encontrado para explicarme mejor. No hay una intencionalidad en ello, ni una vocación por empatizar con el lector. Si me explicara mejor con un lenguaje más barroco, más retorcido en sus formas, lo emplearía, por supuesto. Imagino que en esto han tenido que ver las lecturas que me han influido. Esa clase de lecturas aparentemente sencillas que guardan una terrible complejidad y hondura. Y te digo más: el riesgo formal en la literatura puede ser una trampa, un engaño. Quien sólo quiere que le valoren por el riesgo asumido depende igual del lector que otro que busca dejárselo todo muy claro, que quiere resultar accesible a toda costa. Ambos, me parece, caminan sobreseguro. Si lo pensamos bien, escribir ya supone un riesgo en sí mismo.   

 

La permanencia en estas formas deliberadamente narrativas sorprende, ya que nos encontramos con un poeta joven, en edades de barroquizar y buscar registros de lenguaje elevados.

Tal vez. En mi caso también, por cierto. Lo que pasa es nunca he publicado los primeros poemas que escribí, durante buena parte de mi adolescencia. Antes del primer libro, había escrito bastantes textos en esa línea. Barrocos, confusos, surrealistas. Incomprensibles, la mayoría. No conservo ninguno, y es una lástima, porque si no los hubiera escrito seguramente no escribiría ahora de otra manera. Lo que sí conservo todavía es mi primera reseña. Gonzalo Hidalgo Bayal acababa de publicar su novela Campo de amapolas blancas y a mí me pidieron que dijera algo sobre ella en el periódico del instituto. Es imposible ser más retorcido en tan pocas líneas. No se entendía nada. Qué desastre. De hecho, la única frase que merecía la pena de aquel artículo es una que aparecía al final, y que, encima, no era mía, sino de mi madre. Tuve suerte al encontrarme tan pronto con esa experiencia, porque comencé a darme cuenta de que para escribir no es obligatorio dar la impresión de que sabes mucho. Alguna vez he hecho mías unas palabras que le escuché a Fernando Clemot, en la presentación de una de sus novelas. No sé si es un gran libro, nos decía, lo que sí sé es que es el mejor libro que podía escribir en este momento. Ahí estoy yo también.

 

Al hilo de esto, me contaron que el poeta cuanto más joven mejor poeta, al revés que el novelista. Aunque también oí que, en el caso del poeta, es habitual renegar del primer libro. El propio Álvaro Valverde hablaba en Rick´s Magazine de su mala relación con Territorios, la que fuera su primera obra. ¿Lo primero o lo segundo?

Creo que aquella edición de Territorios, con el color de su portada y demás, tampoco ayudó demasiado. Yo, por el contrario, me considero afortunado, porque la Editora Regional de Extremadura, en la que publiqué mi primer libro, hacía unas ediciones espléndidas. Tal vez por eso, y no lo digo en broma, aún tengo un buen concepto de aquel libro. Lo cierto es que me sigo sintiendo cercano a muchos de los poemas que allí aparecían. Naturalmente, la forma de decir cambia, igual que la manera que tienes de abordar los mismos temas. Lo que sí tengo claro es que, en mi caso, no existiría ningún libro si no hubiera publicado La tristeza del eco. Puede parecer una perogrullada, pero así lo veo. Me refiero a que si no me hubiera lanzado a explorar ciertas obsesiones, a darles una forma literaria, no habría sido capaz de escribir ninguno de los poemarios que han venido luego. Si hacemos caso a Albert Camus, uno a los veinte años no sabe escribir. Sin embargo, añade, nunca se vuelve a escribir con tanto entusiasmo, con tantas ganas. El primer libro de un autor tiene una importancia capital, porque en él afrontamos por primera vez temas que nos acompañarán siempre. De hecho, a veces, si leo la obra de un autor o vuelvo a poemas escritos por mí, me doy cuenta de que lo que hacemos en cada nuevo libro es prolongar unas obsesiones primeras, que ya estaban trazadas, aunque sea torpemente, en los primeros textos. El caso de Álvaro es un buen ejemplo. Su escritura ha variado, se ha ensanchado, y sin embargo podría resumirse, como él mismo ha admitido, en uno de los versos de su primer libro: «Hagamos de este lugar un territorio». Acabo de leer la antología de poemas de Eduardo Moga y podría decir exactamente lo mismo. En mi caso, todo lo que he escrito no es más que el desarrollo de los dos versos que abrían mi primer libro: «Lo más extraño del viaje/ es no saber hacia dónde se regresa».

 

En lo tocante al contenido hay una línea insistente en recuperar citas y hacer referencias a otros artistas. El caso ya aludido de Biedma o de Pascal, por ejemplo. O, tal vez, sus concepciones de cine y literatura, como caminos que se encuentran.

Es curioso. Puedo olvidarme de caras, de nombres o de apellidos, pero no sé por qué motivo tengo una cierta habilidad para retener citas. Las empleo mucho, tal vez demasiado. En los libros esas palabras prestadas también aparecen con frecuencia. Desde el comienzo. La primera versión de La tristeza del eco tenía el doble de citas. Tuve que recortar unas cuantas. No recuerdo el número, pero bastantes en todo caso. Eso es algo que he ido limando con el tiempo. Con todo, me gusta acudir a pensamientos que no son míos, porque a veces me dan la clave de algo o me sirven de punto de partida para escribir tal o cual verso o para explicar cosas que de otra manera me sería muy difícil. Contrariamente a lo que pueda pensarse, para mí ese empleo de citas puede convertirse en algo original, novedoso. Me refiero al momento en el que decidimos aplicarlas, traerlas de vuelta. A veces pienso que la habilidad de un escritor consiste en hacer pasar como propias palabras ajenas.   

 

Desde el punto de vista temático y vital, Álex Chico le contaba, en otra entrevista, a Chema Cumbreño que un suceso marcó su vida y su producción poética. Esa condición de emigrante extremeño a Catalunya…

Yo creo que sí, que ese hecho, el de la emigración, marcó mi vida. La historia es sencilla: nací en Plasencia, en agosto de 1980, y unos días más tarde vivía en Barcelona. Hasta el 89, cuando regresé a Extremadura. Con apenas nueve años no sólo cambiaba de casa o de ciudad. Cambiaba de costumbres, de lenguaje, de amigos. Mi manera de relacionarme con los demás era también distinta, porque la vida en Barcelona era muy diferente a la que comenzaba a tener en Plasencia. No puedo decir que fuera un cambio drástico, traumático. Un niño se amolda mejor a su entorno que un adulto. Lo que sí recuerdo son minucias. Por ejemplo, palabras que yo empleaba en Plasencia y que nadie entendía al principio: rachola, maquineta, vaga, paleta, contáiner… Y algunas más. Ese hecho me hacía sentir que no pertenecía exclusivamente a un lugar, ni siquiera al lugar en el que había nacido. Que no podía adscribirme a un territorio concreto. En Barcelona me pasaba algo parecido. Vivía en un barrio de las afueras, pero iba a un colegio del centro. Todo eso permeaba en mí. Puede que lo que haya escrito después no sea más que un intento por reubicarme.    

 

Allí Álex Chico hizo vida. Se dedica a la enseñanza y con otros locos bajitos, como Juan Vico – que también engorda el catálogo de Siltolá-, pertenece al equipo de Revista Quimera. ¿Qué contraste ve entre la quieta Extremadura y los movimientos culturales de Catalunya?

Curiosamente, yo tengo otra visión. Quizás porque vivo fuera de Extremadura. A lo mejor la cosa ha decaído con los años, pero no percibo quietud, al menos a nivel cultural, en Extremadura. Todo lo contrario. Te diría que a veces intuyo más movimiento que en Catalunya. Si ahora escribo, no depende del hecho de haber nacido y haber vivido allí. Ahora bien, sé que mi vida como escritor sería muy distinta si no hubiera ido a las aulas de literatura que se hacían en Plasencia, por ejemplo. O si no hubiera conocido a los escritores extremeños que conozco y leo. O si no hubiera existido una editorial como la Editora Regional de Extremadura o las ayudas a la creación de la Junta. O, en fin, si no me hubiera acercado cada jueves a Santa Ana a ver películas. Gratis, por cierto. Parte de todo eso continúa en la actualidad. Mejor, incluso, porque desde hace un tiempo existe en Plasencia un lugar que ya me hubiera gustado tener cerca mientras vivía allí. Hablo de La Puerta de Tannhäuser y de la pasión de sus propietarios, Álvaro y Cristina. Por otro lado, internet mediante, las regiones se han acercado. Ya no hay centros de poder tan claros como antes. No hace falta ir a Madrid y pisar el Café Gijón para que te tomen en serio. Te diría más: ser un poeta que vive en Catalunya y escribe en castellano te condena a una doble periferia. No hablo de los novelistas, sino del mundo poético. Tal vez esto no se perciba fuera. En Barcelona sí.    

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¿Visita mucho Extremadura?

Diré un tópico: menos de lo que me gustaría. Es así. Dos o tres veces al año, como mucho. Pesa estar tan lejos y que las comunicaciones sean tan espantosas y tan caras. Mis padres y buena parte de mi familia viven allí. Me encantaría poder acercarme una vez al mes, un fin de semana cualquiera, así, de improviso, sin planearlo apenas. Detesto las nacionalidades, las banderas y los patrioterismos, pero eso no quita que yo me siga sintiendo cercano a muchos lugares. Y Extremadura es fundamental para mí. El norte, al menos. ¿Por qué? No tanto por haber nacido en Plasencia, sino porque allí pasé toda mi adolescencia. Alguien, no recuerdo quién, dijo que uno es del lugar en el que vive su adolescencia. Más allá de eso, Extremadura es un lugar que he interiorizado de manera muy peculiar, a medio camino entre la realidad y la ficción, entre los recuerdos propios y los ajenos, entre las vivencias personales y las experiencias prestadas. Un lugar vivido y leído a partes iguales.

 

Dos libros de los cuatro (en breve saldrá “Habitación en W”) de su producción se editan en la Editora Regional de Extremadura y en De la luna libros –componiendo la colección de 27 escritores extremeños, tantos como letras el abecedario tiene-, ¿cómo ve la edición de libros en Extremadura?

Puede que esta sea una asignatura pendiente. Existen editoriales, pero la cobertura mediática no es la que debería esperarse. De la luna libros es uno de esos casos. Editan cosas muy interesantes, aunque la proyección de esas obras es menor en comparación a la de otras que sí cuentan con más apoyo mediático. Hay otro caso igual de flagrante: Ediciones Liliputienes, la editorial que dirige Chema Cumbreño. Ha publicado obras tan magníficas como la poesía de Mario Montalbeti, por citar un ejemplo. O ha reeditado el libro de Víctor Martín, un poeta placentino. Y la cosa sigue, con el nuevo poemario de Silvia Terrón, entre muchos otros. Ahora bien, la continuidad de una editorial no sólo depende de la buena voluntad de su editor. Si se organizan actos y falta público o si se editan libros y nadie los compra, poco margen queda.   

 

Álvaro Valverde tenía palabras muy duras en su blog contra la situación de la Editora. El XI Congreso de Escritores extremeños no tuvo ninguna cobertura mediática de los dos grandes periódicos de la región. De los libros de “De la luna libros” no se habla en estos diarios. Hasta el punto de presentir un veto…

¿Cómo no voy a entender y a compartir la visión de Álvaro? Es que es un caso que nos toca a casi todos los autores extremeños, porque la mayoría hemos comenzado publicando allí. Es una cuestión personal, te diría. No sabes la cantidad de gente que conocía la Editora fuera de Extremadura. La opinión tan favorable que tenían de ella. He escuchado a poetas de Barcelona decir que la Editora era la mejor editorial pública que existía en España, por su forma de editar, por su catálogo, por sus ediciones tan cuidadas… Fallaba la distribución, quizás, pero la materia prima era, o eso me parece, estupenda. Es una lástima, de verdad. Lo de los diarios… ¿a alguien de La Vanguardia o de El Periódico de Catalunya se le ocurriría no reseñar un libro de Tusquets, Anagrama o Seix Barral por tratarse de editoriales catalanas? En su sano juicio, digo. 

 

Por último, háblenos de “Habitación en W”.

Quizás sea demasiado pronto para encontrarle un significado. Tal vez tengan que pasar unos cuantos meses para que pueda hacerme una idea de lo que significa. Lo que sí tengo claro son los motivos que me impulsaron a su escritura, así como los lugares por los que trascurre. No suelo escribir cargándome de aprioris, porque correría el riesgo de no aprovechar lo que tiene de azaroso toda creación artística. Imagino, y esto es sólo una suposición, que nació con una idea: la de mostrar una identidad sujeta a la lectura y a la escritura. Y algo más: la de abordar espacios que permanecen entre la realidad y la ficción. Esa clase de lugares o sucesos que no sabemos si realmente existieron, pero que, en todo caso,  nos ayudan a entender mejor lo que somos, a explicar de manera más cabal nuestro presente. Aunque no formen parte de la realidad, reitero. El lugar, por otra parte, tiene una importancia capital en lo que he escrito y sigo escribiendo. En este libro doy un paso más: aunque se citen muchos lugares, reconocibles o no (Berlín, Varsovia, Barcelona o Plasencia), todo se resume en un espacio mucho más pequeño, el de la habitación, un universo minúsculo que está ahí para generar otros universos, reales o inventados. Lo que digo en el fondo es que mi identidad depende de esa habitación con varias puertas, y en la forma en la que intento abrirme al resto de habitaciones que existen en el mundo.     

 

Se edita en Siltolá. Una editorial con un recorrido, en términos de poesía, bastante glamuroso. 

Me alegra que tengas esa opinión de una editorial como Siltolá. Ya lo he dicho en alguna ocasión: si comencé a escribir no fue gracias a que existieran editoriales o editores, pero sí el que continúe escribiendo. Al menos en una parte muy importante. Y Javier Sánchez Menéndez, el director de Siltolá, me ha dado la confianza que necesitaba para seguir publicando mis libros. Como en todo catálogo, habrá cosas que interesen más y otras que interesen menos. En todo caso, se trata de un catálogo lo suficientemente heterogéneo como para tener dónde elegir. Pocas editoriales españolas se preocupan tanto por su propia literatura. Antes estaba DVD Ediciones, que era una editorial estupenda. Desde que Sergio Gaspar decidió echarle el cierre, hay un hueco que está por cubrir. Y me parece que Siltolá lo va cubriendo, poco a poco.   

 

¿Qué significará W para el lector? ¿Y para Álex Chico?

W es el lugar de la escritura. Una grafía simbólica que resume todos los territorios que provocan o dan pie a la escritura. Surgió de otras lecturas, de W.G.Sebald, de Perec, de Modiano… Era algo que ya nombraba en mi libro anterior, en la última parte de Un lugar para nadie.  Además, hay una cuestión real en todo esto, tal vez un poco enrevesada. La habitación en la que escribo está en medio de otras dos habitaciones. Si observo de frente el escritorio, encajonado entre estanterías y puertas, descubro que su forma se parece a una W. A veces nos asaltan este tipo de relaciones caprichosas, un poco delirantes, pero que funcionan y encajan, vete a saber con qué motivo, en nuestro interior.   

 

En su producción poética, ¿qué papel tendrá “Habitación en W”?

Supongo que el hecho de ser el último me hace sentirlo más próximo a mí, más cercano que otros. No mucho más, porque, como te dije, hay textos de poemarios anteriores que sigo sintiendo relativamente cerca. En mi trayectoria literaria, si es que puedo hablar en esos términos, hay un libro que marcó lo que he escrito después. Un lugar para nadie me abría terrenos o formas que hasta entonces no había previsto. Tiene que ver con algo muy concreto: con la pérdida de pudor, que es, quizás, uno de los grandes males que aquejan la literatura. Habitación en W es el mejor libro que podía escribir en un momento como este. Que el resultado podría haber sido aún mejor es ya otro tema. Y otro incentivo para que la rueda no se detenga. Lo que sí tengo claro es que buena parte de este libro y de muchas de las cosas que escribo ahora tienen que ver con algo que me ronda desde hace tiempo: la idea de que la poesía es una ficción que trata de explicar una verdad.

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La cura

 

A veces todo lo importante

sucede en una minúscula fracción de tiempo:

el dibujo que alguien traza mientras cae,

la línea trasparente del curso del agua.

Ambos vuelven de lejos

y se reúnen con otra corriente más lejana.

La grieta se abre y nos descubre,

en su profundidad, una razón oculta.

(La alegría que supone vivir a solas

cuando te protegen ciertos seres,

igualmente invisibles.

La forma de estar en otros.

Los aplausos de un auditorio en ruinas.

La piel al descamarse lentamente por el frío).

 

Basta sólo un minuto

para conocer las leyes del mundo.

Un fragmento.

Una pieza, mínima e insignificante,

capaz de enseñarnos lo fácil

que resulta todo en ocasiones.

También vivir.

(Álex Chico, “Habitación en W”)

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