El verso en la palabra

capilla-sixtina-500x333-2

Por: Luciano Vázquez

La incomprensión que en ocasiones genera el arte, sus claves, los conceptos, la intención última del artista, supone un freno para el entendimiento y para los sentidos -para todos los sentidos- y nos inunda, por otras vertientes, de noticias repetidas y repetitivas, de problemas, de inconsistencias sin las que podríamos vivir tranquilamente.

La cultura, esa especie de refugio cavernario para algunos y el manso alivio para otros -para muchos otros- encuentra caminos que, para el resto y aparentemente, solo sirven para colocar un pie detrás de otros. Metáforas aparte, la noticia, la gran noticia hoy día son unos versos, pequeños retazos de poesía que anidan en algo tan pedestre como un retazo de asfalto. Madrid -¿qué tiene Madrid que todo lo tiene, todo lo impulsa y todo lo ensalza?- se desayuna estos días, entre apreturas y carreras, con extraordinarias píldoras de poesía escritas en las calles por el colectivo “Boamistura”, en esos intersticios por los que el “parque humano” -en palabras del filósofo Sloterdijk- transita.

La extraordinaria necesidad de la cultura, de la palabra, del verso, del texto, en una época dominada por la zafiedad, la brevedad, la extrema concisión sin objetivo alguno, tiene como resultado este tipo de acciones artísticas que nos recuerdan que nada somos sin lenguaje. Si los límites de este lenguaje -de ese sublimado de palabras que iluminan los pasos de peatones, como es el caso- son los límites de nuestro mundo, yo quiero formar parte de él.

La humanización de las ciudades es un concepto relativamente reciente y que se asienta sobre bases muy solidas y alejadas de lo que algunos podrían considerar como simples boutades o chiquillerías de artistas urbanos aburridos de vivir en espacios grises y sin vida. Ya en su momento Ortega, nada sospechoso de ser un rebelde con o sin causa, trata de explicar todo este tema con un ejemplo, una alegoría… la de la ventana. El diseño finisecular del arte lo ha mostrado siempre como una ventana, como aquel pequeño agujero horadado en una puerta y a través del cual algunos se deleitaban viendo lo que se presentaba al otro lado. El espectador, las personas, veíamos al otro lado, sin reparar en que era gracias al agujero que podíamos acceder a lo antes inaccesible y que era la puerta quien daba soporte al agujero. Y ninguno reparábamos en la puerta, en su importancia y en su obstáculo militante.

No quisiera convertir este texto en una especie de matriuska argumental. Tan solo exponer una evidencia o una necesidad, según se mire: la poesía no solo ESTÁ en el mundo -me niego a decir que la poesía sirve para algo- para expresar sentimientos, ideas, está para experimentar, para llenar espacios y completar vacíos, para proyectar imágenes más o menos líricas, para compartir metáforas, para despertar conciencias o para adormecer vanidades, para lo uno y para lo otro, para todo y para nada. En el fondo, la vida se reduce a pequeños y contados momentos de felicidad. Y en esto la poesía sabe mucho. El concentrado máximo de un pensamiento tiene su hábitat natural en el verso, en la palabra. De esto saben mucho, y bien, los artistas urbanos que dominan el espacio escénico de la ciudad de Madrid durante estos días, para poner blanco sobre negro la importancia de no dejar de tener presente la cultura, cualquiera que sea su expresión y formato.

Anuncios