El cine a juicio

Por José A. Valverde

 

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Esta vez hay que venir ataviado con toga y birrete para entrar en el Rick’s Café Américain. El tema de hoy es considerado en general, como un subgénero pero ha tenido épocas de gran repercusión: el cine de juicios. Uno de esos periodos brillantes coincidió con el inicio de la competencia seria entre el nuevo invento de la televisión con su llegada masiva a los hogares americanos y el cine tradicional de grandes salas. Los productores vieron que era un tema que funcionaba muy bien e interesaba consiguiendo grandes audiencias y lo trasplantaron a la gran pantalla. En principio, el formato parecía más televisivo ya que no requería de grandes escenarios y muchas localizaciones. El cine le dotó de mayor contenido añadiendo a la acción en sí, segundas tramas, flashbacks y otros efectos. Para esa reconversión del género y para que no perdiera la frescura televisiva, se contó con directores noveles en Hollywood pero bregados en televisión. De hecho se les llamó “la generación de la televisión”. Entre otros destacan los que aquí comentaremos: Robert Mulligan y Sidney Lumet.

Por supuesto los clásicos no se quedaron atrás e hicieron sus correspondientes películas, para mi mejores, aunque es dificil desempatar entre las  cuatro que propongo. Todas ellas son obras maestras aunque no me guste utilizar el término. En fin,  vosotros daréis el veredicto tras la lectura.

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Gregory Peck como Atticus Finch

Aviso de antemano que “Testigo de cargo” aparece sólo como la cuarta “en la sombra” pero no comentada. Tuvo su turno en el post “Wilder, ¿director de comedias?”
Vamos pues con las tres que quedan. Por orden cronológico, es difícil establecer otro. Son “Doce hombres sin piedad”, “Anatomía de un asesinato” y “Matar a un ruiseñor”. Palabras mayores. Las tres tienen en común la puesta en cuestión del sistema legal americano, cada una desde un punto de vista. La institución del jurado, la lucha de egos entre los abogados, fiscales y jueces o la presión social y los prejuicios antes de la sentencia son algunos.

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La sala de deliberaciones de “Doce hombres sin piedad”

Sidney Lumet abre el antológico catálogo que traigo hoy. En 1957 llevó a la pantalla “Doce hombres sin piedad” una historia de Reginald Rose que produjo él mismo junto a Henry Fonda que vio rápidamente un vehículo ideal para su lucimiento. Lo cierto es que lo consiguió a nivel interpretativo pero no  tanto a nivel económico. La película no llegó a gustar mucho en su momento, tal vez debido a que ponía muy claramente en evidencia las debilidades humanas. Desde su frase promocional: “La vida está en sus manos, ¡la muerte en sus mentes!” nos indica que los prejuicios de cada uno van a tener mucho que ver con el desenlace. El  argumento es simple y eficaz. Los doce  miembros del jurado deben decidir sobre la culpabilidad o inocencia del reo juzgado. Parece una decisión fácil ya que se nos muestra que casi todos la llevaban tomada. Incluso antes del juicio. Una invitada sorpresa aparece en la deliberación: la duda. El personaje central, Henry Fonda, se permite dudar o, al menos, aconsejar mirar el caso desde otra perspectiva. Como suelo hacer, no os contaré  la  película. Toda la acción transcurre en esa habitación entre debates, discusiones, primeros planos reveladores del carácter de cada cual y una habilidad tremenda de Lumet  para que la tensión vaya in crescendo sin el uso de artificios. Un auténtico ejercicio de técnica  y unos diálogos trenzados con ritmo y eficiencia.
Paradójicamente la película sí tuvo gran éxito en España, fundamentalmente por la atracción que suponía que un jurado popular tomara ese tipo de decisiones sin que nadie se las impusiera. Evidentemente un escenario jurídico en las antípodas de  la España de los ’50. Posteriormente se haría una mítica versión televisiva en Estudio 1 con actores de la talla de José Bódalo que mantuvieron en la memoria de los espectadores esta gran película.

Dos años más tarde, 1959, Otto Preminger, uno de los mayores talentos como director de la historia del cine, dio un paso arriesgado apretando aún más las clavijas del género y consiguiendo el drama judicial que en muchos lugares encontraréis referenciado como el mejor de siempre: “Anatomía de un asesinato”. Digo lo del riesgo porque Preminger, con un sólido prestigio, se atrevió a innovar totalmente. Desde los títulos de crédito a cargo del soberbio Saul Bass, que marcarían tendencia durante décadas, a la banda sonora, compuesta e interpretada por Duke Ellington introduciendo el jazz en el cine comercial. La excusa, si era necesaria,  fue que el curioso protagonista, el abogado defensor, tenía entre sus excéntricas aficiones tocar el piano. Aquí llegamos a otro punto fundamental. Ese abogado, Paul Biegler, no era otro que James Stewart. De repente el hombre modelo del americano decente, apaecía envuelto en un “sucio” caso de violencia de género, violación y asesinato. Lo último no preocupaba mucho al espectador medio pero lo del sexo y hablar durante el juicio explícitamente de temas escabrosos con todo lujo de detalles, escandalizó muchísimo a sus seguidores. Stewart debió  tener claro desde el principio que ése era un papel para la posteridad. Lo fue y, pasado el sofoco de la moral de la época, se considera justamente una de sus mejores interpretaciones. Para los que creéis en los premios de la Academia, un detalle: el Oscar ¡lo ganó Charlton Heston! Claro que fue el año del Ben-Hur de Wyler que arrasó con todo, no sólo con Roma y Judea…

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James Stewart y Duke Ellington

 

 

Volviendo a lo que nos ocupa, el problema de la película por su contenido fue también un acicate para despertar el interés e incitar al espectador a someterse a una larga película de diálogos torrenciales. Las dificultades fueron diversas. En Gran Bretaña los críticos la aclamaron pero, cuando la vieron en el cine, tuvieron que alzar su voz para no quedar en ridículo. Lo que llegó a las salas era una versión mutilada en 20 minutos, quitando todo lo referente a pantis, pruebas con el semen del acusado,etc. y el resultado era una trama incomprensible. En Sudáfrica aún fue más lamentable. La película se prohibió por que en una escena Stewart compartía piano en un club tocando con Duke Ellington… 

Cine a Juicio 5Dejando a parte todas estas anécdotas y yendo a lo esencial, el argumennto nos presenta un crimen pasional en el que un oficial del ejercito, Ben Gazzara, presuntamente asesina a un propietario de un bar por acosar a su casquivana esposa, una resplandeciente Lee Remick. Sin entrar en detalles, es obligatorio ver esta película. El duelo y las constantes trampas entre acusación y defensa son implacables y aumentan la tensión prueba a prueba. Contribuye en gran medida que el fiscal sea un joven y retador George C. Scott que está tremendo y cuya mirada en los interrogatorios angustia hasta al especatador. Para dar más credibilidad al entorno, Otto Preminger, que también producía y sólo tenía dos meses para rodar, escogió al jurado entre gente corriente de la zona de Michigan donde se desarrolla la acción. También el juez era muy creíble ya que no sólo había sido juez hasta su reciente jubilación si no que había escrito la novela.

El resultado es brillante. Una película que no se olvida y cuyas revisiones siempre nos aportan algo nuevo que tal vez se nos escapó en su momento. 

Colofón al comentario, foto de Lee Remick en su papel de esposa poco de fiar según la acusación. En un principio el papel era para Lana Turner pero no se puso de acuerdo con el director y productor, Preminger, por no dejarle ser vestida por su modisto de confianza. Parece que Otto no falló:

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Lee Remick en “Anatomía de un asesinato”

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Gregory Peck con Harper Lee

Llegamos  a 1962 y a la adaptación cinematográfica de la novela de Harper Lee, de enorme éxito, que había sido publicada dos años antes. Si “Anatomía de un asesinato” es la película de juicios por excelencia, en “Matar a un ruiseñor”  aparece el más respetado, admirado y valorado abogado de la gran pantalla: Atticus Finch. Gregory Peck bordó el papel de hombre íntegro, firme y capaz de resistir la presión de toda una comunidad. El tema central es una agresión sexual que se le imputa a un ciudadano de color y que, dadas las circunstancias y la segregación racial  aún existente, le convertía en el culpable perfecto. Finch no sólo no rehuye defender al reo si no que intenta inculcar a sus hijos la importancia de la verdadera justicia y de no tener prejuicios sea cual sea la condición del acusado hasta que las pruebas demuestren su culpabilidad o inocencia. La lucha del personaje contra el propio mecanismo de la  justicia y contra la presión que sobre él ejerce todo el pueblo marca el ritmo y la intensidad de la cinta. Es impresionante, sobre todo si se tiene ocasión de verlo en cine y en versión original, la interpretación de Peck. Su voz, tono, dicción, comportamiento gestual y todo lo que queráis añadir, está muy por encima de su ya de por sí buen nivel habitual.
En el momento del estreno de la película, la cuestión racial era un problema central en la política interna estadounidense. Tal vez por ello, la acción se sitúa en el mismo sitio, el profundo  sur donde la comunidad afroaméricana sufría en mayor grado los prejuicios, pero en los años ’30.
Las ds horas de película son un regalo. Hay más exteriores que en las dos anteriores pero el ambiente se vuelve asfixiante para Finch y para nosotros que, como es lógico, nos ponemos de su lado. ¿Quién no querría que Atticus le defendiera? Sólo algún cliente de Perry Mason que no se levantara del sofá y no fuera al cine.
Aquí quedan tres películas de culto que elevaron la relación del cine y la justicia a un punto de encuentro difícilmente reproducible. No olvidéis “Testigo de cargo” dirigida por Wilder en la que no he querido insistir pero que, obviamente, tiene el mismo nivel.
Vosotros tenéis una vez más la oportunidad de dictar sentencia. ¡Vedlas!

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