Del desfile interminable de los desleales

Por Javier Pachón Bocanegra

Como la delicadeza con la que el goteo de la lluvia sustituye a la alarma del despertador al romper contra las tejas. Como los rayos de sol que se adivinan tras las transparencias del visillo mientras besan tus párpados para que la curiosidad de las pupilas decida emprender un nuevo día. Como las caricias en tu cuello de ese cálido susurro que esboza al oído un leve “buenos días”. Como el suave aroma a café recién hecho que mezcla su perfume con el de las tostadas cubiertas de mantequilla y mermelada. Ese placer y complacencia debe sentir Pablo Iglesias cada mañana -cualquier día de la semana y cualquier semana del año- cuando con un golpe seco de muñecas extiende el periódico para comenzar a leer.

Ls mandiles

Los mandiles de Rivoli, de Robert Doisneau

 

El líder del -según dicen algunos- ente ‘canalizador de la ira ciudadana’ debe frotarse las manos con un regusto similar al que siente el Señor Burns cuando hace lo mismo en el sillón de su despacho, en este caso cambiando Springfield por Vallecas. Debía exclamar también ese “¡excelente!” cada domingo que Pedro J. recordaba en su carta de arponero los mensajes de apoyo de Rajoy a Bárcenas habiéndose conocido ya el delito: “Luis, sé fuerte”. Quizá lo haga también cuando lea en los titulares del día que Susana Díaz se reafirma en su confianza en la “honestidad y honradez” de sus predecesores en la presidencia del todopoderoso régimen socialista andaluz, Chaves y Griñán, tras abrirse causa contra ellos. Puede que se incline por disfrutar expectante ante los plenos de Sonia Castedo como alcaldesa popular en Alicante esperando a que se repita ese “la muerta viviente huele mejor que usted”, como respuesta a un edil de IU que la tachaba de “alcaldesa zombie”. Es posible que prefiera calcular los potenciales votantes de Podemos que provocan las palabras de apoyo ilimitado a Camps que en su día planteaba el presidente del Gobierno: “Tienes mi amistad sincera, mi apoyo, el de tu partido y el de los valencianos”. Probablemente se perfile una sonrisa bajo la imponente coleta al ojear en las portadas que salían a la luz los legales pero inmorales viajes de Monago a las Islas Canarias en busca del mojo picón perdido. Acaso no llamará excitado a Monedero destornillándose por la inmovilidad del Gobierno ante la autoproclamación del desobediente Mas como mesías de los independentistas. Tal vez complete esa lista de desayunos envidiables la pérdida de liderazgo de Cayo Lara en una Izquierda Unida que deja de serlo con su fraccionamiento por el tema Caja Madrid.

 

“¡Oh yo, vida! Todas estas cuestiones me asaltan,

del desfile interminable de los desleales,

de ciudades llenas de necios (…)” – Walt Whitman.

 

No hay despertares fríos ni lunes odiados para Iglesias, que solo tiene que esperar a tomar su taza de café para ver de qué forma ganará votos ese día a causa del desfallecimiento del resto de fuerzas, que desfilan como niños cogidos del mandil del otro hacia un simulacro de abismo irremediable.

 

 

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