De camellos y franceses

Por Marcos Velazco

Crossing by Shibuya 109

El otro día en tuiter llegaron a mis ojos algunas páginas del libro ‘La hora del decrecimiento’, de Serge Latouche y Didier Harpages, en el que se proponía una economía local –‘relocalizada’ era la palabra que se repetía una y otra vez, cumpliendo ese afán estético de enarbolar palabras fetiche- que, habiendo prescindido al fin del petróleo y, por tanto, de casi toda la capacidad de transportar alimentos o productos de una región medianamente alejada a otra, impondría un nuevo tejido económico/social en torno a suntuosos jardines donde el trabajo de todos devendría en una sólida autarquía y un estilo de vida más amable.

Lo interesante son las palabras con las que el propio Serge Latouche –ya en la Wikipedia- se refería a esta corriente de pensamiento: En todo rigor, convendría más hablar de “acrecimiento”, tal como hablamos de “ateísmo”. Más allá de lo acertado de la comparación (en ambos casos, como mínimo, se trata de discutir un dogma) no he podido evitar acordarme de ciertos reaccionarios entrañables y su crítica recurrente a la globalización que amenaza con difuminar su identidad. Siempre me ha llamado la atención esa fascinación con lo propio, porque no dejo de ver justamente ahí la el énfasis que tiende a reservarse para lo ajeno. Ya se sabe, no hay camellos en el Corán*.

Otra práctica común entre los reaccionarios consiste en hallar el espíritu únicamente en la tradición. Debo darles la razón porque el espíritu tal y como ellos lo conciben es un hecho sociológico. Ya Ghandi, pese a ser de los primeros, sonaba trillado cuando dijo que, de la mano del progreso, occidente se avocaba a la creación de necesidades ligadas al dinero e imposibles de satisfacer. Todos, reaccionarios y santos, coinciden en que el consumismo nos aleja de una vida espiritual más rica. Pero el consumismo se basa en un mecanismo mágico: la naturaleza del objeto no determina su valor. En ese sentido escapa a la lógica más básica del mercado. Nada, ni las condiciones de producción, ni la oferta y la demanda, ni su utilidad. No hay una coherencia mesurable: el objeto es sagrado.

No es paradójico que al segmento más maltratado de la población (de la población activa) se le depare la tarea de producir nuestros objetos sagrados, los malditos siempre han tenido a bien el cuidado de los símbolos. Decía Piglia en Crítica y Ficción que la cultura moderna ha terminado por imponer y legitimar a los transgresores y a los revolucionarios, más o menos a partir de Boudelaire, y que esto plantea un problema, ya que una sociedad no puede funcionar con valores antagonistas; exaltar su propia destrucción.

A lo mejor este juego de oposiciones (donde ya también, desde el principio, los reaccionarios pueden formar filas con los vanguardistas) se hace posible a través de un sistema aparentemente deshumanizado que, sin embargo, ejerce de sentido para nuestras revoluciones incendiarias, la cultura de la negación necesita secretamente decir sí. Así el consumismo vacío, que a veces no carece incluso de liturgia, se vuelve la auténtica liturgia. En ese sentido, el consumismo es nuestra última tradición. Sin el consumismo no podríamos sino desear el consumismo, y el esplendor ignominioso de una vida vacía, abocada a la insatisfacción de desear aquello que no necesitamos.

*Al parecer sí hay camellos en el Corán; 19 para ser exactos. Decídselo a Borges, quienes todavía lo frecuenten.

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