Bienvenido, Mr. Ébola

Por Miriam Puelles

ebola

Nos hablan, nos llaman o nos comentan cualquier aspecto, cualquier elemento cotidiano de nuestra vida y, de repente, aparece el monotema que el conjunto de la población española ha adoptado como oficial. Desde que Teresa Romero se contagiase de ébola y la noticia se diese a conocer el pasado 6 de octubre, el país ha entrado en una espiral de miedo y omnipresencia hacia la enfermedad que ha derivado en actitudes surrealistas de diversa índole. No obstante, nosotros hemos pedido ébola para comer y, sin duda, es el plato del día.

En la retina de gran parte de la sociedad permanece el rostro de Ana Mato encuadrada en un plano corto, luciendo un vestido negro y haciendo presagiar el anuncio de algo importante. El ébola había llegado a España y una enfermera que atendió a los dos misioneros repatriados y finalmente fallecidos se había contagiado de forma misteriosa. Dentro de un aura de oscuridad y con cientos de preguntas sin resolver, los distintos medios de comunicación sacaron sus cámaras a la calle para ser los primeros en descubrir el quid de la cuestión, demostrando el instinto detectivesco propio e innato del periodista. Sin embargo, este afán por conocer la verdad, esta obsesión por la exclusiva, ha derivado en el caos más absoluto.

Los ciudadanos madrileños veían con preocupación cómo los telediarios dedicaban a la noticia gran parte (sino el conjunto) del mismo, cómo los enviados especiales hacían guardia 24h a las puertas del hospital, cómo las RR.SS. ardían con TT del tipo #vamosamorirtodos. Es normal, entonces, que en un clima de incertidumbre como el acontecido, la curiosidad por saber, por conocer de primera mano cuál era el futuro de nuestras vidas, de nuestra salud, incremente. Es por ello que los picos de audiencia se han ido sucediendo a medida que las informaciones iban conociéndose, dando más y más minutos a una enfermedad hasta ahora ajena a nuestra rutina. Al fin y al cabo, si no entra hasta la cocina no nos daremos nunca cuenta de que está en casa, o de que simplemente existe.Pablo-Iglesias y ebola

La televisión, como buena industria estratégica que es, sabe que éste es el momento para desarrollar una serie de programas especiales dedicados a la noticia de la semana, del mes, o incluso del año. El problema es que el aumento de estos espacios es directamente proporcional al miedo poblacional. Es decir, cuanta más importancia se le de (sin negar en ningún momento que la tiene), más temor habrá ante el ébola. Y aquí, justo aquí, es donde entra el papel de los medios de comunicación y la aprensión ciudadana.

Si bien el fin último del periodismo es informar, basándonos en esta como una noticia social dentro de la sección sanitaria, de salud, hemos de conocer las máximas a la hora de tratar la información. De nada sirve hacer conexiones en directo cada diez minutos alertando de un posible nuevo caso, más aún cuando son sólo hipótesis, porque sólo lograremos que el “ébola psicológico” vaya in crescendo. Mucho menos será útil organizar un ‘Gran Hermano’ sobre Excálibur y el entorno de Teresa, porque cada día serán más las personas afectadas por los bulos y el desconocimiento.

Es cierto que desde determinados medios se ha tratado de calmar la situación enfocándola correctamente, sin embargo, otros continúan espectacularizándo todo lo relacionado con el tema. Además, la repercusión y poder de Twitter ha sido determinante para que en las calles de Madrid podamos encontrarnos a gente con mascarillas o incluso guantes a 20ºC de temperatura; cosa cuanto menos surrealista a poca información que se tenga sobre la enfermedad.

Por todo ello tal vez debamos preguntarnos ¿hacia dónde nos está llevando nuestro subconsciente? ¿Debemos hacer caso a todo lo que oímos/vemos al respecto? ¿Está el ébola acechándonos a la vuelta de la esquina? ¿Cuál es la auténtica probabilidad de contraer la enfermedad? ¿No estamos exagerando y desvirtuando la realidad? Una vez más España ha quedado en evidencia en cuanto a la gestión y tratamiento de un problema que concierne a toda la sociedad, pero, ¿es necesario que la actitud de la población respalde el tópico nacional hacia el exterior? Salgamos pues a la calle a recibirlo como se merece, recordemos a Berlanga y gritemos al unísono, ahora sí, “¡Bienvenido, Mr. Ébola!”.

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