Tú sobre lengua, yo sobre cultura

Por Paula Ramos Mollá

Hace poco, mantenía una conversación con una persona anónima, conozcámosla por el sobrenombre de Mandarine, que desconocía por completo la palabra “mezquita”. Aparte de la sorpresa inicial por lo que me parece un gran vacío cultural para aquella persona que ha cursado unos estudios obligatorios y que encima, reside en ex-Al-Andalus, comencé a plantearme otra cuestión: ¿realmente sabía este chico lo que era un musulmán si no conocía lo que era una mezquita? Claro, que él afirmaba que lo sabía y hablaba como si lo supiera; claro, que podía imaginar – digo yo, por semejanza al cristianismo – que estos islámicos tendrían un lugar como una mezquita, pero realmente no podía saber todo esto y lo que es más importante: su conocimiento no era tangible, verdadero, sino una mera suposición. Entonces, claramente afloró una pregunta: ¿es la cultura de una persona dependiente del lenguaje que emplea? ¿Qué relación existe realmente entre cultura y lengua? Entre ambas, se establece una verdadera relación biunívoca; la lengua es cultura, sin duda, creada por el hombre con la pretensión de comprender y materializar la realidad y, en gran parte, responsable de aprehender la cultura forjada por el mismo hombre. Por ello, determinamos que la cultura se convierte en lenguaje – porque sino ésta sería incomprensible, intransmisible – y el lenguaje en cultura – debido a su condición de invento humano y al hecho de que como conocimiento, permite al hombre desarrollar su intelecto y juicio -, así, un concepto sin el otro parecen incomprensibles. Sin embargo, el punto en el que la cultura se desliga del lenguaje es difícil de determinar: ¿podemos aprender más cultura sin incrementar nuestro rango lingüístico? La pregunta básica consiste en responder en qué momento queda determinado el punto en el que un sujeto no necesita de mayor léxico o vocabulario para desarrollar su imaginario o su intelecto; por supuesto, un sujeto normal puede desarrollar su vida diaria con un vocabulario limitadísimo: según el Diccionario Oxford, se estima que existen sobre un cuarto de millón de palabras en el idioma inglés, de las cuales tan solo cuatro forman un 13% total del lenguaje – “you”, “I”, “the”, “to” – y 2.700 el 90%; estimamos, por tanto, que un sujeto nativo con un nivel cultural medio se desenvolverá en su vida con absoluta soltura conociendo sobre unas 20.000 palabras totales. Sin embargo, de que manera queda limitado el conocimiento del sujeto por el número de palabras que conoce, es patente: la diferencia, entre conocer 2.700 palabras en inglés y 60.000 tan solo supone un 7% del lenguaje total empleado – en otro ejemplo, en el idioma chino, un ciudadano culto conoce 8.000 caracteres del idioma, mientras que el ciudadano medio solo hace uso de 2.500-3.000, suficientes para leer el periódico o desenvolverse en el día a día -; por supuesto, esta diferencia supone la distinción entre una persona que utiliza el lenguaje como mero instrumento para desenvolverse en la “universidad de la vida” y otra con un mayor bagaje cultural que lo emplea con propósitos académicos.

La utilización de la lengua delimita por tanto los conceptos que conocemos y enarbolamos; no parece lógica la aprehensión cultural sin la aprehensión de términos que la definan: uno no puede conocer lo que es la Ilustración sin el término “Ilustración”. Podríamos argumentar que puede poseer en su mente una idea de lo que es la “Ilustración”, una aproximación conceptual, aún sin conocer el significante, sin embargo, aunque este conocimiento sea válido en la mente del emisor, dificulta en exceso la transmisión de éste conocimiento, que no puede realizarse de manera plena sin conceptos concretos y priva al propio emisor de la agilidad mental y de la facilidad que supone hacer asociaciones de significado y significante con una palabra tan amplia como es “Ilustración” – que prácticamente, más que una palabra se convierte en un campo semántico que engloba conceptos como “filósofos”, “Kant”, “Revolución francesa”, “razón” y que permiten al hablante generar unos marcos de comprensión que van más allá de la propia palabra; es decir, una sola palabra contiene muchísimos conceptos en sí misma que son comprendidos por la sola pronunciación de la misma -.  “Ilustración” es, por tanto, un marco textual, más que una palabra en sí misma, que es necesario conocer para englobar una realidad histórica determinada; es necesario conocer el término “gentrificación” para conocer la realidad de Lavapiés y darse cuenta de que lo que sucede en la ciudad es un fenómeno y no una casualidad, aunque todo el mundo pueda observar la apropiación de la clase media de los barrios más marginales; se necesita del empleo de la palabra “Odisea” para conocer la obra de Homero… No se puede conocer la realidad si no se le ha puesto nombre; el conocimiento es generado con la explicación, contenida en el lenguaje, que facilita la creación de marcos textuales – encuadres de términos derivados de otros términos – los cuales determinan la visión del sujeto sobre la realidad y la cultura. El establecimiento de relaciones entre términos es el que convierte al sujeto en culto y le permite comprender mejor lo que le rodea: la finalidad del aprendizaje de la lengua no es conocer el término “neoliberal” sino comprender el concepto del mismo y establecer las relaciones suficientes como para saber lo que significa y conlleva ser neoliberal. Empero, estas relaciones no se pueden establecer sin un conocimiento certero de la lengua que se practica y, aunque un desarrollo normal del sujeto en su hábitat se puede llevar a cabo a pesar de un vocabulario muy limitado, el verdadero conocimiento de la cultura que le rodea conlleva una aproximación a la misma que solo se puede expresar mediante un lenguaje específico. La realidad, la cultura, tiene que ser pues explicada – a través de términos específicos – y relacionada entre sí – creando marcos textuales –  para poder ser comprendida, cosa que, todos hacemos de manera prácticamente inconsciente sin darnos cuenta de la importancia del lenguaje en nuestro desarrollo personal. De todas formas, claro está, el tema del lenguaje en sí mismo es complicado, así que dejémoslo en manos de Saussure:

Sauserre

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