Femmes fatales

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Por: José A. Valverde

Hoy hemos citado en el Rick’s Café Américain a una serie de hombres agraviados por las femmes fatales. Hay muchas sillas vacías. Desgraciadamente, la mayoría están muertos…

La mujer fatal es un arquetipo básicamente surgido del cine negro y, ocasionalmente, presente en películas dramáticas en las que por causas como los celos, sus actitudes frente a sus teóricos amantes no son muy convencionales. Es interesante la figura por que nos separa radicalmente de la concepción de la mujer como un ser frágil, tan presente  en el cine de los años 30 y nos enfrenta a una realidad mucho menos cercana a la moral y alejada de toda ñoñería y necesidad de protección. Son ambiciosas, crueles, frías y, al mismo tiempo, tremendamente femeninas. Utilizan sus encantos de todo tipo para conseguir sus fines y desconocen, en su mayoría, la compasión y el sentimiento de culpa.

Es importante desde el punto de vista sociológico porque, en una época para nosotros tan remota como son los años 40, nos presenta a mujeres independientes y de gran carácter. Esta brecha es aún más notoria en el caso de la población femenina española del momento, lamentablemente formada en la opresión del sexismo y la religión. No es de extrañar que muchas de estas películas no se mostraran en España hasta años más tarde. La carga de maldad, egoísmo, erotismo y detalles tan básicos como fumar y beber, las convertían en malos ejemplos.

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Los móviles que llevan a la acción a nuestras protagonistas son variados. En general la codicia es uno de los más destacados. Otras simplemente se mueven por lealtades a personas que no pueden abandonar y, aunque se enamoren del protagonista de turno, ése amor no tiene futuro. Lo saben y, aun así, llevan a su “amado” a un final dramático.

Es el caso de Ava Gardner, uno de los iconos, que a pesar de no reincidir mucho en el papel, quedó marcada como uno de los máximos exponentes. No es para menos. Su primera aparición como actriz protagonista, coincidiendo también con el debut como actor principal de Burt Lancaster, fue en “Forajidos” (The Killers) film de Robert Siodmak que en 1946 lanzó a las dos futuras estrellas. “El Sueco”, papel interpretado por Lancaster, comete el error de enamorarse de la chica del jefe. Mala idea que sabemos cómo suele acabar. En este caso empezar ya que como buen film noir, los flashbacks marcan la estructura de la narración.

Por su parte, Barbara Stanwyck fue una magnífica malvada, sobre todo en la ya comentada en otros artículos  “Perdición” (Double Indemnity) dirigida por Wilder. Me gustaría en cambio comentar la poco recordada pero muy interesante “El extraño amor de Martha Ivers”. Película de debut de Kirk Douglas y cuyo protagonismo masculino corría a cargo de Van Heflin. Un amor de infancia, aparentemente olvidado, reaparece junto a un secreto inconfesable que entrelaza los destinos de los protagonistas. Encontramos el papel opuesto al de Stanwyck en Lisbeth Scott que hace de figura femenina positiva para equilibrar la balanza y para ponerle las cosas más difíciles a Heflin. En definitiva muy buena cinta en la que el sentido de posesión y los celos juegan un papel crucial.

3Otra de las clásicas, apadrinada por el talento para el género de Fritz Lang, fue Joan Bennett cuya especialidad era hacerle la vida imposible a E. G. Robinson. Destacan “La mujer del cuadro” por su original desenlace y “Perversidad” (Scarlett Street). En ambas un villano, Dan Duryea, atípico pero eficaz, acompaña como cómplice e insufla maldad a Bennett que, a pesar de su angelical rostro, es mala a más no poder sobre todo en “Perversidad”. Consigue convertir a E. G. Robinson, un honrado ciudadano con aficiones inofensivas y sometido por su esposa en un monstruo con su influjo. Como era de esperar, los beneficios eran para Bennett y Duryea y la losa para el gran actor de origen rumano.

4Naturalmente en este tipo de argumentos, uno de los elementos más engorrosos y que más estorban, son los maridos. Phyllis Dietrichson dio un curso de cómo desembarazarse de ellos y, además, sacarle rendimiento mientras ya de paso hunden la vida y la carrera de un tercero, el pardillo, que cae en sus redes y que se complica la vida por un amor de conveniencia. No le fue a la zaga Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces”. Engatusa a John Garfield con sus innegables encantos y explosiva aparición con toalla en la cabeza y pantalón corto. Naturalmente el marido no pintaba nada en esa historia y entorpecía las expectativas de futuro de Lana. Qué mejor que asociarse con el enamoradizo buen mozo de rigor que pasa por allí y quitarlo de en medio. Lamentablemente estas cosas, como sabéis, acaban complicándose. Gran película y uno de los papeles de referencia en la carrera de Lana Turner junto a “Cautivos del mal” de Vincente Minelli que, aunque algunos insistan, en mi opinión no es cine negro.

5Si algo tienen las femmes fatales es que, como hemos visto, pueden arruinar la vida del más pintado. Incluso tipos tan duros como Robert Mitchum fueron zarandeados sentimentalmente y utilizados como peleles. Jane Greer lo hizo en la enorme “Retorno al pasado” dirigida por Jacques Tourneur y repitió la aparentemente cándida Jean Simmons en “Cara de ángel” donde no dejaba títere con cabeza. Ni siquiera el resabiado Mitchum pudo evitar caer en tan tentadoras Redes.

Glenn Ford engrosa la lista de hechizados por las mujeres fatales en varios papeles. Entre los más reseñables “Gilda” donde pierde la cabeza justificadamente  enloquecido por los celos que Rita Hayworth hace aflorar y presionado por su ambigua relación con el jefe del local para el que trabaja. Más adelante, ya en los 50, dos nuevas obras de arte de Fritz Lang, “Los sobornados”  (The big heat) y “Deseos humanos” le hicieron víctima de la tremenda Gloria Grahame. Si bien no era una belleza al uso, cautivaba a los protagonistas y espectadores como pocas actrices han hecho. Hasta Humphrey Bogart sufrió su recelo y falta de confianza en “En un lugar solitario”.

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No puedo dejar de mencionar otros casos como los de Gene Tierney, ángel y diablo en “Laura” o “Que el cielo la juzgue” en las que Dana Andrews, Clifton Webb y Cornel Wide pagaban las consecuencias de su belleza cada uno a su manera. O Yvonne de Carlo en “Criss Cross” junto a Lancaster de nuevo aunque, en este caso, sufría lo suyo…

No todos los personajes femeninos del film noir responden a este modelo. Un ejemplo claro es Lauren Bacall en “El sueño eterno” en la que ejerce más de cómplice que de complicavidas aunque, al principio, sus secretos y su afilado verbo nos hace temer por Philip Marlowe. Seguramente me dejo muchas en el tintero pero, como digo a menudo, no se trata de ser exhaustivo si no de dar unas pistas que nos abran el apetito de ver o revisar estas películas. Vamos cerrando ya, no olvidéis hacer caso cuando os hagan la siguiente advertencia:

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