En el cine, sobre cómo lo peor es mejor que lo malo

Por Paula Ramos Mollá

Mis reflexiones diarias alcanzan unos límites trascendentales-existenciales insospechados: desde los debates literarios sobre la obra de Hannah Arendt pasando por las influencias de la filosofía socrática y platónica en el pensamiento occidental, hasta lo apasionantemente asombroso que resulta el tráiler de Die Hard Dracula. Porque todo eso de pensar en cosas intrincadas, que despiertan la curiosidad por el mero hecho de su intelectualidad, está muy bien, cómo negarlo; la cultura, en cualquiera de sus vertientes, cualquier producto humano concebido con el propósito de explicar el mundo más allá de lo que creemos ver a simple vista, desata la atención humana y nos produce un pequeño placer en nuestro interior que reside en el hecho de conocer un poco mejor nuestra existencia y el mundo que nos rodea, de acercarnos un poco más a Fausto y a su pacto con el diablo – incluso conocer más productos culturales produce cierto placer por el mero hecho de conocerlos aunque éstos no tengan un valor en sí mismos más que aquel dotado por la sociedad y la industria cultural: da igual, son cultura y deseamos aprehenderla en la medida que ésta forma parte de nuestro mundo -. Sin embargo, un producto cultural debe estar muy bien hecho para que despierte este sentimiento en nosotros: debe ser una gran obra filmográfica, una 2001: Odisea en el espacio; un gran cuadro, un El jardín de las Delicias; un gran libro, una Insoportable levedad del ser o un gran tratado filosófico, una Crítica a la Razón Pura. Una obra mediocre, una película mediocre, un cuadro mediocre; todos ellos quedan relegados en el olvido y, a pesar de comercializarse como productos, – productos culturales al fin y al cabo – el paso del tiempo les arrebata el sobrenombre de cultura para dar paso a otros productos mejor merecidos, mejor considerados por la sociedad a lo largo del tiempo. Empero, la brillantez no es la única forma de pasar a la sección histórica “de culto”; lo malo, lo peor, lo fatídico, también tiene su recompensa. Existe otro pequeño placer experimentado por el ser humano que reside en el estrépito – o para algunos “estrepitosidad”, que suena más acorde al hecho referido – del fracaso de la obra: lo peor de lo malo siempre es recordado. Y aquí tiene lugar un extraño fenómeno que da lugar a que productos de la gama más baja, de un nivel paupérrimo, nos apasionen, nos intriguen y nos produzcan cierto placer que no podemos llegar a comprender del todo pero que nos fascina en todo su esplendor desastroso. Lo horrible permanece en nuestra retina, produciendo en nuestro interior una sensación de estupefacción y sorpresa que conduce a la risa causada por lo increíble que supone el hecho de que algo sea tan absolutamente carente de buen gusto o sentido común: ¿cómo puede ser?, nos preguntamos. Negamos la posibilidad de que exista alguien que tenga tan mal gusto como para concebir aquello que estamos viendo tal cual lo estamos viendo. Empero, a pasar de todo ello, esto nos gusta, nos fascina en cierta medida; lo malo, nos aburre, pero lo peor, nos encanta.

Horrores vampíricos vs Horrores del espacio exterior

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Horrores vampíricos

Sin duda, el producto cultural que mejor expone este hecho es el cine. La historia de la filmografía está llena tanto de películas carentes de ningún valor cultural más allá del dinero que han supuesto en el momento de su estreno, como de películas brillantes consideradas obras maestras; sin embargo, también existe otra categoría de películas de culto no dotadas de este título por su brillantez sino más bien por todo lo contrario. Nadie, más allá de una generación de niñas sedientas de amor, recordarán a los vampiros de Crepúsculo, un filme que, con permiso, es malo con ganas, mas quién puede olvidar a los zombies de Plan 9 del espacio exterior, una película desastrosa que es tan mala que le da “mil vueltas” a la historia de Edward y Bella. En mi opinión,  la película de Ed Wood – recordado por ser el peor director de la historia; pero, recordado, al fin y al cabo – alcanza su momento cumbre cuando una lápida de cartón se cae en el cementerio en mitad de rodaje; o quizá cuando el zombie que encarna Tor Johnson – recordado quizá por sus papeles en La novia del monstruo o La bestia de Yucca Flats, ambas asimismo imperdibles – se ve incapacitado por su propio peso para salir de la tumba; o quizá, en el momento en el que un micrófono se deja entrever entre el decorado mal puesto, o puede que en el simple hecho de que se mantenga que Béla Lugosi actúa en el film pero en realidad haya muerto unos meses atrás – un actor finge ser él mientras se tapa la cara con una capa durante todo el filme, a excepción de una escena grabada por el propio Béla meses atrás y que, en principio, nada tenía que ver con esta película -. 

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Horrores del espacio exterior

 

Godzilla en esos días del mes vs Megaguirus

 

Pero en cuanto a películas monstruosas de serie b, no podemos dejar de mencionar Sharknado, una película tan mala que es entretenida desde principio a fin y, a pesar de la tragedia horrorosa que supone que un tornado de tiburones asole tu ciudad, no deja de sorprendernos con un guión en el que los chistes abundan cada minuto – momento estelar: a alguien se le ocurre hacer una “gracieta” relacionada con la menstruación al encontrarse rodeado de una piscina de sangre debido a la muerte de un amable señor -. También Braindead o Tu madre se ha comido a mi perro en la versión española – quiero conocer a quien hace estas traducciones – se lleva la palma en cuanto a monstruos, ya no inspirados en la naturaleza – en este campo recomendamos Aracnoquake en la línea de Sharknado o tal vez Frogs, una verdadera rebelión natural en contra del hombre – sino en el ideal zombie de toda la vida; Peter Jackson, director por excelencia de películas de serie b antes de ganarse un hueco en las superproducciones después de El señor de los anillos, nos cuenta una apasionante historia en la que no faltan ninguno de los elementos clave del entretenimiento barato y del placer de lo malo y lo peor: curas karatecas, madres y bebés de ultratumba, zombies copulando… Asimismo, cuando hablamos de zombies no podemos olvidar uno de los musicales más rocambolescos que podemos haber visto – conjunto quizá con uno de los títulos más largos y también más extravagantes -: The incredibly strange creatures who stopped living and became mixed-up zombies en su versión original, cuyo argumento se resume a un ataque de muertos vivientes que conquistan un cabaret con mucho ritmo siempre amparados por el mismo grito de fondo que se repite una y otra vez como podemos apreciar en el tráiler de la película.

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Ciertamente, entre lo sublime y lo grotesco encontramos una fina brecha que nos permite calificar a lo peor como lo mejor y que sin embargo descarta lo mediocre ya que nadie lo recuerda. De alguna manera, aquellas cosas que se implantan en nuestro cerebro como las más desastrosas que hemos visto, nos producen cierto placer al descubrir lo gracioso que es que alguien pueda concebir algo tan absurdo; la risa, lo cómico, reside en el hecho de que no podemos concebir la existencia de algo que viole de manera tan manifiesta las reglas del buen gusto que consideramos inviolables. Nos gusta lo  mejor, lo brillante, porque nos hace comprender la mecánica del comportamiento humano en su visión más intrincada, pero nos gusta lo peor porque nos hace reír a través de un funcionamiento que podríamos describir como la “violabilidad” de la mecánica más simple de las premisas del comportamiento humano en su forma más básica.

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