“Mizterio” se escribe con Z

Por: Francisco Lirola

Almería, una provincia olvidada y ninguneada por todos. Si la conocéis tal vez sea por Mojácar, los invernaderos… O Cuarto Milenio. Y es que Almería, aparte de destino turístico de ingleses y alemanes, es también un lugar de recreo y ocio escogido por entes ectoplasmáticos, bombas nucleares y alienígenas. Porque el turismo espacial no lo va a inventar la NASA, nosotros ya lo teníamos.

Acompáñanos, si es que te atreves, lector, en esta ruta por los lugares con más encanto sobrenatural  de una tierra que quizás no conozcas y que, tal vez, nunca te ha llamado la atención.

Fantasmas en el Teatro Cervantes

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21 de enero de 1922, Almería. En el Teatro Cervantes de la capital va a estrenarse una polémica obra, Santa Isabel de Ceres, escrita por  Alfonso Vidal y Planas, que ya había escandalizado a las viejas madrileñas en su estreno en 1921. Antes de entrar se avisaba al público que no se alteraran si escuchaban o veían nada extraño, pues era una obra llena de sorpresas y disparos. Entre el reparto se encuentra la joven Conchita Robles, oriunda de Almería, una actriz talentosa y elogiada. Aquella noche acudieron al teatro los intelectuales más modernos y lo más distinguido de la alta sociedad que, aunque antes de verla ya tachaban la obra de obscena e irrespetuosa, decidieron que era su deber verla para luego criticarla mejor

El comienzo de la obra transcurrió de manera normal, como cualquier otra. Conchita se preparaba para volver a subir a las tablas y dejar boquiabiertos a sus paisanos. Y lo consiguió, aunque no como ella quiso. En las escaleras para subir al escenario se encontró con su  exmarido, el comandante Carlos Verdugo que, sin titubeos y con mucha mala leche sacó su pistola “browling” y apuntó a la actriz que, para protegerse, se escondió detrás de Manuel Aguilar, un aprendiz de imprenta de dieciséis años. Verdugo no se apiadó ni del muchacho ni de ella. Varios disparos resonaron en el eco del teatro. Conchita logró subir al escenario, sí, con una herida en el cuello y un agujero en el corazón. Se desplomó allí mismo. El público estalló en aplausos, “que bien se hace la muerta esta zagala”, pero los vítores se convirtieron en gritos de horror cuando Manuel Aguilar, chorreando sangre, apareció en la primera de butacas gritando “¡Madre mía, madre mía, los tiros son de verdad!”. Murió de madrugada en el hospital.

Desde entonces, varios trabajadores del teatro han relatado sus encuentros con extrañas figuras femeninas que se desvanecían, ruido de pasos en pasillos vacios o “soplidos en la nuca” en habitaciones cerradas. Para mí este teatro era un sitio al que nos llevaba el instituto de excursión, no un nido de fantasmas.

La última investigación de los misterios del Teatro Cervantes fue en un programa de Cuarto Milenio en el que dejaron a un señor en el teatro solo, a oscuras, por la noche, para ver si notaba alguna “presencia”.  Fue un cuarto de hora de nada hasta que el hombre tuvo que salir por la cargada “atmósfera sobrenatural” del lugar. Lo que llamamos vulgarmente cagarse de miedo.

 

“Er tío enlutao eze”: las luces de Alcolea

Cayetano, un joven agricultor disfrutaba de una noche tranquila en su finca de “Los Llanillos”, en Alcolea cuando, de repente, el cielo comenzó a iluminarse. En un principio pensó en las luces de los coches que pasaban por la carretera. Para asegurarse, fue a comprobar la carretera, sólo para encontrarla desierta. Después se le ocurrió que podían ser sus amigos, gastándole una broma, empezando a llamarlos. Fue entonces cuando la luz apareció, roja y con el tamaño y la forma de un huevo, flotando entre los olivos. El muchacho, más tranquilo al comprobar que no hacía nada, intentó comunicarse con ella, “si hubiera sabido que estabas aquí, no me hubiese traído la linterna” y, al comprobar que  la extraña luminaria se mostraba receptiva, le ofreció un cigarro. Sin embargo,  como una feminista con la que intentas ligar en una biblioteca, la luz se fue sin dejar rastro y muy indignada.

Cayetano le contó la historia a sus amigos, que se rieron en su cara, aunque luego tuvieron que darle la razón cuando ellos mismos la vieron la noche siguiente. Había crecido y alcanzaba el tamaño de un balón de fútbol.  Aquellos sucesos iniciaron una peregrinación a “Los Llanillos” de curiosos que esperaban ver aquella misteriosa luz y, si aceptaba, invitarla a unas copas. Sin embargo, la luz no se aparecía ante aquellas aglomeraciones.

Pero las extrañas lumiscencias ya se habían paseado por  los campos de Alcolea antes, en 1957. Agustín Utrilla, “el pistolete”, observó una luz roja de tamaño considerable que se movía lentamente por los bancales. Se acercó para comprobar lo que veía, y allí no sólo se encontró con la escurridiza luminaria: detrás de ella había una “persona”, un hombre  vestido totalmente de negro: er tío enlutao eze. Un “fantasma” en palabras de Agustín. Haciendo honor a su mote, “el pistolete” salió de allí escopeteao.  A otro alcoleano se le apareció  de esa misma luz en su propio cuarto, y aquellas indeseables visitas sólo pararon cuando el cura del pueblo bendijo la casa.

 

Los Selenitas

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El Ejido, años 70. Lola estaba pillando caracoles con el fresco de la mañana cuando un rayo de luz la abdujo al interior de una nave extraterrestre. Concretamente, una nave selenita. Los selenitas son los habitantes de la Luna, criaturas azules, alargadas como Slenderman y todas con lumbago. Esto no lo pone en ningún sitio pero se puede deducir por el tamaño de sus penes que más que órganos sexuales parecen morenas. Este pueblo extraterrestre también posee unos altísimos conocimientos de la naturaleza ya que anunciaron  a Lola futuros fenómenos naturales que ocurrirían en la Tierra, que ella reveló por televisión: “Primero va a llover mucho, después hará mucho viento, unos vientos que estamparán señales de tráfico contra las ventanas de las casas, y después harán muchos terremotos”. Sin embargo, no se atrevió a contar lo que venía después de los terremotos. Tal vez esté ocultando información clave para la supervivencia de la humanidad o el número premiado con el gordo en la  lotería. Con estos cachondos de los selenitas nunca se sabe. Desde entonces Lola ha tenido que aguantar que una serie de descreídos la pongan de loca para arriba. Y para defenderse no se le ocurrió nada mejor que ir a El Diario de Patricia, dándole a Lo Que Hicisteis uno de sus mejores momentos.

Bibliografía

Cerezuela, Alberto, “La cara oculta de Almería”, Editorial Círculo Rojo, 2010, 978-84-92849-00-0

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