Larry Bird, historia del baloncesto

Por Adrián Gómez Sánchez

“Larry Bird dijo que habría otro Larry Bird, un día. Y Larry, no habrá nunca, nunca, nunca jamás otro Larry Bird.” Corría el cuatro de febrero de 1993 y los Celtics de Boston colgaban del techo de su cancha la camiseta de uno de los jugadores más grandes de la historia del baloncesto. El autor de la frase tampoco era un cualquiera. Fue su rival, su más acérrimo adversario dentro del parqué. Magic Johnson. Después de muchos años, la amistad prevalecía. Dos de los mayores talentos del baloncesto mundial se reunían para despedir a aquel espigado alero nacido en un pequeño pueblo del estado de Indiana.

 
Su infancia fue traumática. Su padre era alcohólico y su madre acabó por agotarse de ello. Con seis hijos en común, entre ellos Larry, Georgia, su madre, puso fin a la relación. De igual manera que Joe, su progenitor, puso fin a su vida con un disparo en la cabeza. Era la historia de una niñez donde el baloncesto era su única vía de escape. Su mala situación familiar hizo que aquel rubio entrenase como nunca, que siguiese luchando donde el resto quedaba exhausto. Estaba decidido a escribir su nombre con letras de oro en la historia del baloncesto.
 
West Baden se le quedaba pequeño. La universidad de Indiana era su próxima parada. Y desde el primer momento le vino grande. Larry salió de casa con dos mudas de cambio rumbo a un mundo totalmente ajeno a lo vivido hasta entonces al que nunca se adaptó. Por aquel entonces el técnico era Bobby Knight, uno de los entrenadores universitarios más prestigiosos de los últimos tiempos. Pero ni con esas. Larry Bird hizo las maletas y regresó a su hogar. Aún a disgusto de su madre. Aquello no era para él.
 
Tras un tiempo en casa, Larry se incorporó a una universidad más modesta, más acorde a su estilo de vida. Indiana State se plantó en la final en el tercer año de Bird ante un equipo con unos avales mucho más sólidos para llevarse el torneo: los Michigan State de un tal Earvin Johnson. Magic se impuso a y se llevó el campeonato. Había nacido una de las rivalidades más sanas de nunca. Larry Bird era consciente de ello mientras sollozaba al término del encuentro. Fue su derrota más amarga. La que trataría de vengar en la liga de baloncesto más importante del mundo. Al siguiente curso llegó el draft. A pesar de que aún le quedaba un año para jugar con Indiana State, Larry podría ser elegido por motivos de edad y graduación de su promoción. Era 1978 y Bird era elegido en el sexto lugar por los Boston Celtics a pesar de los innumerables intentos de Indiana, que tenían el número uno a la hora de elegir, por hacerse con sus servicios. “No importa lo bueno que sea, todavía soy solamente un paleto de French Lick”. Larry Bird era fiel a lo que le había llevado a jugar en la NBA. Sabía de donde venía y, a pesar de no tener una gran estima por los Celtics, donde había recaído. Su gran oportunidad de demostrar sus aptitudes.
 
El Boston Garden iba a ser el escenario que iba a ver debutar a Larry Bird ante los Houston Rockets. Comenzaba un curso que acabaría con el alero formando partedel quinteto ideal de la temporada, siendo seleccionado para el AllStar y ganando el título al mejor rookie del año. La otra cara de la moneda fue Magic Johnson. Se sintió humillado. Larry, la personalidad que había demostrado dentro de la pista y la mejora de los Celtics, que ganaron treinta y dos encuentro más que el curso anterior, fueron claves para que recibiera el galardón. Magic no se conformó. Con Larry fuera de las finales, Earvin comandó a los Lakers hacía el anillo y fue nombrado MVP. Era su venganza. Su segundo título seguido tras haber conquistado la NCAA un año antes. Bird ya preparaba su momento tras ver la exhibición de Magic. Su enemigo había respondido con creces. Y él debía hacer lo propio.
 
Al año siguiente los Boston Celtics se alzarían con el título. Tras dejar en la cuneta a los Sixers remontando un tres a uno en contra, llegaron a la final ante el rival de su debut: los Houston Rockets. Sin embargo, Bird no pudo emular a Magic. El MVP fue para Cedric Maxwell. Pero eso no le importaba a Larry. Al menos en ese entonces. El puro del triunfo que se fumó al final del encuentro así lo demuestra. Lo que tanto había buscado desde que jugaba al baloncesto en las cochambrosas pistas de su pueblo, había llegado. Y no se iba a quedar ahí.
 
Cinco años habían pasado desde que Larry y Johnson se jugaron un título en la cancha. Pues bien, en 1984 iba a darse la reválida del rubio de Indiana. Fue una final épica. Siete encuentros. Último choque en Boston. Los Bird, Maxweill, Parish, y compañía frente a los Kareem Abdul-Jabbar, Cooper, Magic y cía. El resultado, el segundo anillo para Larry Bird con MVP incluido tras promediar más de veinticinco puntos y doce rebotes. La venganza se servía en plato frío, y aquel joven que abandonó la universidad de Indiana porque le quedaba grande estaba saboreándolo como nadie.
 
Misma escenografía con diferente final. Tan solo un año después, los mismos contendientes volvían a enfrentarse cara a cara. Esta vez, la suerte iba a ser dispar para Larry. Los Ángeles Lakers se hacían con el anillo y Magic volvía a destronar a Bird en su duelo particular. Una batalla más dentro de aquella guerra que parecía no tener un ganador claro. La historia regresaba seis años atrás a aquel partido entre Indiana State y Michigan State. Larry era consciente de ello y al curso siguiente quiso poner las cosas en su sitio consiguiendo su tercer campeonato ante los Rockets después de haber dejado en la cuneta a Chicago. Allí, despuntaba un tal Michael Jordan que anotó sesenta y tres puntos y se ganó la admiración de un alero que, además, acabaría logrando su segundo MVP de las finales. Había cerrado un ciclo en Boston. Justo ante el rival que le vio debutar en la NBA. Y lo había hecho a lo grande.
 
Durante gran parte de la década de los ochenta Larry Bird fue el mejor jugador del mundo. Demostraba una superioridad insultante en el lanzamiento, a pesar de que muchos coinciden de que en su etapa universitaria era mucho mejor lanzador, e incluso en el rebote dominaba al resto. No hay mejor prueba de ello que aquel encuentro entre los Celtics y los Sonics. Larry cogió el balón decisivo y pidió un aclarado. “Voy a recibir la pelota justo aquí y la voy a lanzar en tu cara”. Lo hizo y ganó el partido para Boston. Era la muestra de su supremacía, del dominio, de la sensación de poder hacer lo que quisiese cuando consideraba oportuno.
 
Los años no pasaron en balde y Larry lo fue acusando. En 1988 fue operado de ambos talones y apenas pudo disputar seis partidos. Los siguientes años el rubio de Indiana siguió jugando y, aunque sus exhibiciones eran mucho más esporádicas, aún le dio tiempo para intentar lograr un cuarto anillo que no llegaría. Ante esto, y con un estado físico muy deteriorado, intentó poner punto y final a su carrera con un oro en los JJOO de Barcelona en 1992. Y lo consiguió. No era para menos con la nómina de jugadores de aquella escuadra. Karl Malone, Pat Ewing, Michael Jordan o Magic Johnson formaban uno de los mejores, si no el mejor, equipo que ha pisado una cancha de baloncesto. Era el mejor punto y final posible. El oro colgado de su cuello así lo refrendaba.
 
Los Boston Celtics no volvieron a ser los mismos. Incluso el baloncesto no fue igual sin Larry. Ese aroma a predominancia había dejado de percibirse en las canchas estadounidenses. Tuvo una experiencia en los banquillos y llevó al subcampeonato a Indiana. Fueron tres años, pero Bird tenía fecha de caducidad como entrenador. Ahora trata de que los Pacers vuelvan a ganar el anillo. Es la persona en la que se apoya cualquier jugador de Indiana. Por algo ha sido lo que es. Historia del baloncesto. De siempre y para siempre.   
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