El caso Luis Landero

Por José Manuel Sánchez Moro

El caso Luis Landero

palacete tusquets

Antigua sede de Tusquets Editores

La geografía extremeña encierra un peculiar atractivo: la frontera con Portugal. Algunos viejos del lugar aún hoy cuentan historias exageradas sobre el extraperlo-contrabandismo en la etapa franquista –tan necesario para la subsistencia misma- y algunos pueblos, condenados a la irreversible despoblación, según qué documentos son, a la vez y de manera incierta, portugueses y españoles. Pueblitos de casas blancas, sin día a día, rodeados de extensos secarrales sobre los que durante gran parte del día bate el sol con extraordinaria fuerza. La cultura del bilingüismo se ha extendido a manifestaciones literarias (Revista a dos lenguas Espacio-Espaço, fundada por Álvaro Valverde y Ángel Campos Pámpanos), musicales (grupo de folk Acetre, que alternan canciones con letras en portugués y castellano) y estudiantiles (la Universidad de Extremadura acoge a un gran número de estudiantes de portugués, que, con becas de movilidad, fomentan el bilingüismo en las academias de uno y otro país).

beatriz de moura

Beatriz de Moura, ex directora de Tusquets Editores y descubridora de Luis Landero

En aquella posguerra nuestra tan tuberculosa y tan hambrienta, muchos habitantes de estos pueblos diminutos se veían en la obligación de abandonar su tierra para mejor porvenir económico. Los lugares de destino nacionales fueron: Madrid y Barcelona; los internacionales: Francia, Suiza y gran parte de Centroeuropa. En Albulquerque, un pueblo muy cercano a Portugal de economía principalmente ganadera, nacía en 1948, en una familia de campesinos, Luis Landero. En su familia, cuya figura paterna vertebraría temáticamente gran parte de su obra, surgió la necesidad de emigrar a la capital. El Madrid en que crecería el joven Luis Landero sería aquel Madrid de coquetería crepuscular de Juan Benet, los repuntes de las verbenas, la bohemia y los mosquetones ocultos de Luis Martín-Santos. Sin embargo, en lo que atañe más a la propia literatura, aquel Madrid perdería, frente al otro núcleo urbano más potente del país, Barcelona, toda su fuerza editorial anterior a la contienda. Desde Carlos Barral, a Esther y Óscar Tusquets, pasando por Beatriz de Moura. El boom. Luis Landero sería hijo de este, junto a otros muchos. Caso de algunos tan recientes como Jesús Carrasco –Intemperie, Seix Barral, 2013- o Jenn Díaz –Es un decir, Lumen, 2014-.  

Con el salto a primera línea de Jesús Carrasco en la editorial Seix Barral hará un año, se suceden varias publicaciones ante el impacto que causa su novela. Algunas de ellas señalaban a Elena Ramírez, la directora de Seix Barral, como la principal promotora de este impacto, para el cual, no escatimó en propinas (referidas especialmente a la excesiva publicitación que recibió la edición y aparición del libro). En algunos sectores de “El Cultural”, suplemento de El Mundo, encontraron en el fenómeno Jesús Carrasco-Intemperie-Elena Ramírez-Seix Barral, equivalencias con el acontecido dos décadas antes y que tuvo como protagonistas a Luis Landero-Juegos de la edad tardía- Beatriz de Moura- Tusquets Editores. Salvando las distancias, incluso temporales, el tronco narrativo de Landero y Carrasco (si se tocan son en algunos pasajes de Caballeros de fortuna, segunda novela del primero o en las equivalencias que, como vértebra temática, tiene la figura del padre en la amplia bibliografía del primero y en el único libro del segundo) nada tienen que ver en el aspecto temático, mucho menos en el estilo. Sí que puede responder esta equivalencia elaborada por un crítico de El Cultural al capricho de Elena Ramírez, viendo el éxito que cosechó su colega Beatriz de Moura (ya retirada de la comandancia de Tusquets) con Luis Landero. Lo único que sí los emparenta es su procedencia. Luis Landero (Alburquerque,  -Extremadura- frontera con Portugal); Jesús Carrasco (Olivenza –Extremadura- pueblo que llegó  en algunos trechos de su historia, a pertenecer a Portugal). El caso de Jenn Díaz, un poco más al margen y para continuar con la obra de Esther Tusquets (hermana de Óscar Tusquets, fundador de Tusquets Editores) en Lumen, sería parecido. De familia extremeña emigrante a Cataluña, ha cosechado gran éxito con temáticas cercanas a las de Jesús Carrasco, recuperando el realismo rural de otros tiempos. Pero eso es otra historia.

 La obra de Luis Landero y la novela de ideas

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El escritor extremeño, Luis Landero

Recuerdo vivamente a Luis Landero. Su porte campechano, su andar de puntillas mirando aquí y allá en un día del libro de primavera madrileña. Firmaba en Fuencarral, Madrid. De beber Cutty Sark, sólo. Él lo llamaba güisqui doble. Le llevé para firmar “Absolución” (se lo dedicó a una amiga gallega mía) y “Caballeros de fortuna”, que fue para mí. Me dijo, en la dedicatoria, que “qué haría él sin lectores como yo”.

De Luis Landero sabemos que durante su infancia padeció algo parecido al calvario. Sometido a eternas comparativas por parte de su padre, el joven Luis vivió en imposibles y realidades que repercutirían obsesivamente en su narrativa, hasta el punto de poder ser consideradas como su tronco narrativo. “Ser un hombre de provecho”, “el triunfo”, “el tener éxito en la vida” se agolpaban en su cabeza y decisivamente en la de sus personajes. Tanto es así que en su primera novela, Juegos de la edad tardía, y en la que hasta Septiembre era su última cosa, Absolución, encontramos un niño que, independientemente del parentesco (en Juegos de la edad tardía, era su tío y en Absolución, su padre), vive maniatado a la figura de un mayor testarudo, que le llena la cabeza de sueños y esperanzas de las que él mismo acaba participando (caso de Absolución, ambos, padre e hijo, toman partido en las aventuras que les deparará el idealizado futuro australiano que suponen heredarán de un viejo al que Lino se ve obligado a cuidar).

La literatura centroeuropea se caracteriza por la frialdad y la medición de las palabras. Luis Landero despliega en sus textos grandes descripciones, con una adjetivización muy detallista. Ya, con su primer libro, la crítica lo emparejó con Kafka. Y es que, en cierto modo, Luis Landero es expresionismo. La degradación de la realidad hasta límites inverosímiles (inolvidable la escena de Retrato de un hombre inmaduro, en la que el protagonista acosa, golpea y amenaza sin saber por qué a un cartero) ayuda a adentrarte en un mundo caprichoso donde los protagonistas, seres con los que cualquiera tropezaría en su día a día, sobreviven enteros a la resignación y la infelicidad. ¿Sería posible que Lino hubiera conseguido ser feliz a pesar de todo? Así daba comienzo “Absolución”. En “El balcón en invierno”, espero más moralismo y reflexión. Moralismos y moralejas (a veces inaprensibles para el público mayoritario) que algunos críticos han llegado a considerar como cristianismo. Lo dejamos en “novela de ideas”. En dos semanas volveré para contarles impresiones de la lectura de “El balcón en invierno”. Mientras, sigo creyendo en personajes de este tipo:

Eso ocurrió el 11 de noviembre en 1976 y hasta esa fecha él –don Julio Martín Aguado, fundador del comercio de telas, hilos y botones Aguado y Martín: Textiles, lector pasamado y transcendente de Ortega y Gasset y aficionado en sus ratos libres a rememorar las gestas orientales de Alejandro Magno, y de ahí el trueque de apellidos- había sido un hombre como tantos, un hio indigno de su época, y aquí dudaba de la palabra exacta: ¿insustancial, superfluo, fruslero, anecdótico, gris?

(“Caballeros de fortuna”, Tusquets Editores, Barcelona, 1994)

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