Cthulhu y la esencia del miedo

Por Paula Ramos Mollá

 

Great-cthulhu

Un Cthulhu venido a menos; desnutrido y raquítico por el que ya nadie se esfuerza en pronunciar su nombre de manera correcta – aunque el intento sea en vano, dada la incompatibilidad de la lengua cósmica en la que su nombre ha sido creado con la fonética humana -. La batalla de las fuerzas del Bien y el Mal, de los dioses Arquetípicos y Primigenios que Lovecraft concebió – y a la que Derleth, mucho después de los inicios de los mitos, intentó dar forma sistematizándola; conviertiéndola en una cosmogonía lógica y coherente -, a pesar de su universalidad, ha perdido fuelle. La intención con la que el propio Lovecraft y todos sus allegados literarios, a los que se concedería el nombre de “Círculo de Lovecraft”,  concebieron los mitos de Cthulhu de una manera tan compleja con un entramado tan enrevesado, construido a través de relatos complementarios ambientados en un mismo universo, fue la pretensión de realidad. Impulsados por la literatura romántica de finales del XVIII y la novela gótica, este nuevo círculo de escritores culminaba un cambio en la literatura de terror emprendido por Arthur Machen a principios de siglo XX en el que se abandanaban los elementos caducos del miedo en el que el protagonista era el muerto en el sentido más tradicional del término. La ansiedad presente en el mundo real, conmocionado por la Primera Guerra Mundial, la revolución rusa, los fascismos, etc… se trasladó de manera metafórica a la novela implantando los rasgos característicos del cuento de terror lovecraftiano que se sumergía en una esfera más profunda de lo siniestro, basada en el horror cósmico procedente de un espacio y un tiempo mucho más lejanos; el muerto es sustituido por razas extinguidas – o no – provenientes de tiempos inmemoriales, el tiempo se traslada más allá del medievo hacia los comienzos del mundo y del universo. Lovecraft, por tanto, influido por su época y acuciado por la necesiad económica, se decide a vender sus relatos, ampliando así su círculo de amistades – o creando, por fin, un círculo de amistades puesto que en su vida fue incapaz de relacionarse mas que con los colegas que obtuvo a través de correspondencias y gracias a la literatura -. Así, Lovecraft, Derleth, Ashton Smith, Bloch y otros, comenzaron a generar una literatura fantástica quizá no destacable por su estilo al que podríamos considerar como meramente correcto, sino por el entramado realístico y la pretensión unificadora de los cuentos mismos; por la generación misma de una mitología propia. Por la creación de una realidad caracterizada por el principio básico de que generaciones anteriores en mucho a los humanos poblaron el planeta hace milenios y, que hoy día, se encuentran a la espera de su regreso a la cumbre de la escala evolutiva: a la dominación del planeta; así, “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn” o lo que es lo mismo, “En su morada de R’lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando”. Lovecraft, a través de la transmutación de sus experiencias vitales, su ateísmo extremo que le lleva a la fascinación por el paganismo; su racismo patológico que le conduce a la descripción del horror en la otra raza, encarnada por lo cósmico, construye un universo donde el terror se encuentra en lo desconocido. Lo lejano, lo innombrable e inconmiable es aquello que nos aterroriza: no hace falta la descripción de aquello que con una sola mención puede ser terrorífico. El miedo reside en la incomprensión de lo que se pretende presentar como real a través de las localizaciones geográficas exactas basadas en sitios reales y cuyas referencias son de sobra conocidas por el lector – R’yleh se encuentra en las coordenadas 47º 9′ S, 126º 43′ O; Arkham, en Massachusets, muy cercana a la otra ciudad predilecta de Lovecraft, Inssmouth -; una bibliografía con intenciones verídicas cuya existencia ha convencido siempre a unos pocos crédulos – sobre todo el famoso Necromicón de Abdul Alzhared, del cual se han realizado severas búsquedas en bibliotecas de todo el mundo – y, sobre todo, a través de la propia veracidad del relato, casi siempre protagonizado por arqueólogos o estudiosos, en busca de revelaciones cósmicas del pasado y que adquiere su forma gracias a la complementaridad del Círculo de Lovecraft. Sin embargo, la decadencia de los mitos es palpable a lo largo del tiempo: el realismo de los mismo carece de fundamento en una sociedad tan escéptica como en la que vivimos; Cthulhu pierde fuerzas, arrollado por una corriente de un miedo que no busca sus referencias en el espacio cósmico – o si lo hace, lo hace mediante una ciencia ficción distópica más basada en la tecnología y la cual vemos capaz de culminarse; el miedo radica en la posibilidad de que éste se cumpla -, sino en los miedos patológicos, internos, de las propias personas, en lo que creemos que es capaz de suceder; tememos de una manera mucho más visceral, más humana y más científica. Así, los mitos se han visto reducidos a un entramado de monstruos de culto que adornan camisetas o generan memes de internet, pero que, desde luego, producen más risa que temor y nos recuerdan más a un decorado de una película de serie B que a un relato de horror cósmico. El terror se ha trasladado desde lo desconocido hacia lo familiar como consecuencia del empirismo moderno. Creemos en lo que vemos, y tememos lo que creemos que puede convertirse en una realidad. Como un nugget de pollo mutante.

el circulo de lovecraft

Lovecraft (izquierda) con Belknap Long (derecha), dos de los integrantes originarios del Círculo de Lovecraft

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