La batalla de Belgrado

Por Adrián Gómez Sánchez

 Este artículo apareció publicado el 12 de Mayo de 2014 en la revista: Kaiser Magazine Fooball.

Puede parecer extraño, pero no hace tanto tiempo la selección española sufría para clasificarse a cualquier competición internacional. Lo de ahora, es otra historia totalmente ajena a lo que sucedía antaño. Trayectorias convergentes que denotan la grandeza de lo conseguido por la selección en los últimos años. Los triunfos se han abierto paso entre un sendero de sufrimiento cuyo final era totalmente impredecible. Y hablar de sufrimiento, implica, viajar hasta la antigua Yugoslavia para revivir uno de los encuentros más violentos de la historia nacional.

Belgrado iba a ser el escenario de algo más que un partido de clasificación mundialista. Corría el 30 de noviembre de 1977 y comandaba la Yugoslavia Socialista el Mariscal Tito. Fue tal la dimensión que alcanzó el encuentro que ese día los habitantes gozaron del día libre para que fueran a animar a su selección ante el combinado español. Belgrado ya no es lo que era. Imagínense por aquel entonces. El partido era más que simple fútbol. Era la reivindicación de Yugoslavia como Federación Multicultural, su oportunidad de seguir demostrando al mundo su poderío. Las 100.000 personas que llenaban el estadio del Estrella Roja horas antes del pitido inicial así pretendían demostrarlo.

España llevaba sin clasificarse a un Mundial desde que Argentina y Alemania Federal eliminarán a la Selección en primera ronda de Inglaterra 1966. Era su redención. La coyuntura perfecta para dar un golpe sobre la mesa y continuar la línea progresista que habían creado tras caer en cuartos de final de la Eurocopa de 1976 ante los alemanes. Enfrente, los balcánicos. Un equipo sumamente poderoso capaz de derrotar a cualquiera y que contaba con el apoyo de una grada que sobrepasaba los límites. Las cartas estaban sobre la mesa. Y no tardaron mucho en mostrarlas.

España no pudo salir a calentar. El ambiente era hostil y los españoles comenzaron a ser conscientes de la importancia de aquel partido”

España tenía pánico de lo que podía encontrarse allí. De hecho, viajaron con casi una semana de antelación para tratar de aclimatarse al ambiente previo y que aquello no les pillara de sorpresa. Ni con esas. España no pudo ni calentar aquel día al ser apedreados nada más salir al terreno de juego. Era el primer aviso de lo que les iba a tocar sufrir. Los decibelios eran el fiel reflejo de la magnitud del partido. Aquello no iba a ser solamente fútbol. Aquello iba a ser una guerra. Y ahí, en ese contexto, Yugoslavia tenía mucho más que ganar que España.

Al cuadro dirigido por Kubala le valía el empate. Incluso perder por un gol de diferencia. Pero aquella atmósfera no invitaba al optimismo. Había que sacar el orgullo, demostrar personalidad y no amedrentarse ante la dureza rival. Y España lo hizo. Por mucho que a los diez minutos, tras dos entradas demenciales de Susic y Kustodic, Pirri, uno de los baluartes de la selección, tuviera que abandonar el terreno de juego lesionado con una fisura de peroné. El partido era duro, áspero, con continuas interrupciones y balones aéreos que jaleaba la afición local. El marco de Miguel Ángel, que le ganó la partida aArconada, empezaba a estar seriamente amenazado.

juanito-1España llegó al descanso habiendo realizado un ejercicio de fortaleza y temple descomunal. Ni las continuas patadas, codazos, tirones de pelo, bravuconada e insultos hicieron perder la compostura a unos jugadores que sabían de la responsabilidad del compromiso. El tiempo corría a favor de la selección española, y los yugoslavos iban a notarlo en demasía. Imprecisiones y nervios que se encargarían de ajusticiar el tridente ofensivo español. Rubén Cano avisaba a pase de Juanito. Era el preámbulo, la antesala de la decepción local.Faltaban quince minutos cuando Rubén Cano silenciaba el “Pequeño Maracaná” de Belgrado. Juanito filtró un pase para que, aún forzado, Cardeñosa pusiese un centro pasado al segundo palo. Allí apareció el argentino nacionalizado Rubén Cano para cruzar el balón ante la mirada pasiva del arquero local Katalinic. Le pegó mal, a medias entre la espinilla y el interior. Pero entró. Y seguramente lo recuerde como uno de los mejores goles de su carrera. Cosas del fútbol. Era el premio, la recompensa, el galardón al sufrimiento y la paciencia.El gol terminó de encender a los yugoslavos que no pararon de cometer faltas hasta el pitido final. El público siguió el ejemplo de sus jugadores y propinó un botellazo a Juanito cuando este fue sustituido. Era la cara más expresiva del no saber perder, de la rebeldía y el inconformismo a aceptar la realidad. España se había hecho grande en Yugoslavia. El marco y lo acontecido no hicieron más que acrecentar lo conseguido. Habían triunfado donde muchos otros habían sucumbido. Aquello era meritorio. Doce años después, España regresaba a un Mundial. Y lo hacía por la puerta grande.

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