Y por fin encontré la calma [Fotogalería de Dubrovnik]

Texto y fotografía por: Diego Rodríguez Sánchez

— ¿Ves esas montañas? Ahí era donde se colocaban los serbios y bombardeaban las casas de la gente— me dijo el taxista en un inglés muy del este pero lo suficientemente claro como para que nos entendiéramos

—¿Y usted se acuerda?

—Claro que me acuerdo. Tenía 7 años, recuerdo las bombas. Pero solo estuve dos semanas desde que empezó la guerra, mi hermana mi madre y yo nos fuimos de refugiados. Mi padre se quedó… —me dio miedo preguntar por su padre

—Y ¿cuál es su relación ahora con los serbios?

—Digamos que se perdona, pero no se puede olvidar. Aún hay gente desaparecida.

La Perla del Adriático, había llamado el poeta inglés Lord Byron a la ciudad de Dubrovnik. Una ciudad que parecía que atrapaba el tiempo entre sus murallas. Que nada ahí fuera afectaba a lo que ocurriera dentro. Caminé por calles que representaban una época mejor, como cualquier época pasada, bañada por las olas del mar Adriático.

Me he bañado en el Índico, en el Pacífico, en el Caribe, en el Atlántico y el Mediterráneo, pero nunca había visto ese color. Un azul intenso, pero tranquilo que te hace imaginar a barcos griegos navegando, y entonces entiendes el por qué del color de Grecia, la pureza en sus formas y la manera de ser de su gente que había conquistado esos espacios miles de años atrás.

—¿Ves esas casas? —me volvió a preguntar el taxista— la gente piensa que son nuevas, que el reciente turismo ha hecho que los constructores estén interesados en esta zona. Pero no, esas casas llevan ahí generaciones, lo que pasa es que la guerra lo destrozó todo y hubo que volver a construirlo. —y miré la cantidad de casas “nuevas” que veía.

Encontré la calma, cuando salté desde las rocas y entré en el Adriático, y me acogió con sus brazos tibios. Y fui a la superficie y respiré. Y noté toda la fuerza de un océano meciéndome suavemente para que entendiera que todo iba a salir bien. ¿Cuántas cosas habría visto ese mar? Y ahora yo solo tenía que aprender de él. Él que ha presenciado uno de los más crueles genocidios de la historia y ahora viene a enseñarme cómo ser para no cometer los errores que cometieron aquellos que no le quisieron escuchar. Y me hace encontrar la calma perdida a lo largo de siempre. La noción del tiempo no existe, no porque el reloj se haya estropeado y no marque la hora correcta, sino porque aprendes a no necesitar nada más que el ahora que se presenta ante tus ojos, ante tu piel, ante tus labios y nada importa. Nada interrumpe la calma.

En Dubrovnik solo hay gente joven porque la guerra se llevó a la gente de la edad de mis padres porque no supieron escuchar lo que el Adriático les quiso decir. Y ahora solo veo jóvenes que se bañan en el mar, que pasean por la ciudad, que se visten para ligar y beben y ríen, pero todo con una calma en los ojos que no había visto en mi vida. Si el pasado siempre parece una época mejor y el presente no nos gusta, imagina la repulsión que debemos sentir por el futuro. No sé qué deparará nuestro futuro, pero desde luego que esta gente ha aprendido a escuchar al Adriático y ya no tienen nada por lo que temer.

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