Antonio Machado y el prosema

Por José Manuel Sánchez Moro

don antonio

Apuntó Jorge Volpi, a cuento de “Pedro Páramo”, que la frase “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre un tal Pedro Páramo”, tenía la fuerza profética que caracteriza a las grandes obras literarias. Siendo verdadera profecía y resumen de su obra poética en boca de Juan de Mairena, Antonio Machado nos dijo:

-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

-No está mal.

A Antonio Machado, los de su tiempo, lo apodaban Manchado. Antonio Manchado. Y es que el poeta, en inútil arreglo, sacudía con el revés de la mano las cenizas del cigarrillo caídas en la pechera de su camisa poniéndose perdido. Despistes. Como aquel despiste que, en Segovia (donde pasó un necesario tiempo de su vida en el que comenzó a crecerse en el prestigio y el ensayo), estuvo a punto de costarle -por asfixia- la muerte, dada su impericia en el manejo del brasero a picón. En un primerizo poema de Ernestina de Champourcín, titulado Atardecer, se lee “un vejete sucio/ fuma la colilla de la tarde”; allá, quizá, imaginemos, donde es la tierra de Soria árida y fría, y en el oro fluido y verdinoso del poniente las sombras se agigantan.
Los de su tiempo, lo llamaban Manchado. Así que fue un desatento siempre; ya fuera a los treinta años en las noches de cerveza y lirismo con Rubén Darío, o con Ernestina de Champourcín, Emilio Prados, Alberti y Concha Méndez trabajando horas y horas (aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el más puro lino de la ilusión) en los republicanos Ateneos y Liceos madrileños, ya en los años finales de su vida. A todas las generaciones e ismos se amoldó y pretendió, desde la atemporalidad, reinventarse en ellos.
El primer poemario, “Soledades”, es manifiestamente modernista. Poemas preciosistas (luz veraniega y fuentes rebosantes –será en su poética una de los símbolos más recurridos-), de estrofas de arte mayor muchos, inesperadas por el estatismo realista que lo precede. Su poética evolucionará hacia formas simbolistas, heredadas de los movimientos franceses de la segunda mitad del siglo XIX, sin abandonar nunca el arraigo castellano y la preocupación por sus paisajes (otro símbolo clave en su poética: el camino) y sus gentes, lo que lo acercó a la generación del 98. Tras ello y con la irrupción de los novecentistas y la llegada del 27, en ese gusto de los jóvenes poetas del momento por la poesía pura y juanramoniana, vivirá inadaptado a las nuevas formalidades técnicas.
Sin embargo, la decisiva huella de Machado en la poesía española tendrá lugar en la influencia que ejercerá en los “niños de la guerra”, los poetas del 50: Ángel González, Bonald, Valente… En la ruptura con la crítica social de Celaya y Blas de Otero, mal cuidarán, en apariencia, el estilismo y optarán por una poética deliberadamente narrativa ( prosemas, tal y como reza el título de uno de los libros de Ángel González). En este ejercicio reivindicarán a Machado.
Mujeriego (ahora algunos estudiosos, al contrarrestar correspondencia, han estimado que Guiomar no se correspondía con la identidad de Pilar de Valderrma), tabaquero, maestroescuela de aire provinciano, Antonio Machado pervive en nuestros manuales literarios como engranaje y testimonio evolutivo de un tiempo poético clave en nuestra historia.

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