Comentario de texto: en un poema de Baudailare, Rubén Darío y viceversa

Por Lucía Tena

baudelaire

Charles Baudelaire, abril de 1821, agosto de 1867. Rubén Darío, enero de 1867, febrero de 1916. ¿Qué relación pueden tener dos poetas de tal calibre? Uno, entregado a la vida bohemia y de excesos y otro, empeñado en el enigma de lo visible. Uno, un poeta maldito francés; otro, el príncipe de las letras castellanas.
Año 1867, parece que C. Baudelaire se despide seis meses después de nacer un reserva que inspira calidad y que ansiará con todas sus fuerzas e intentará alcanzar la Belleza tan anhelada por los poetas.
Y hablando de esa belleza, el poeta maldito dirá “Lo bello es siempre raro. Lo que no es ligeramente deforme presenta un aspecto inservible”, mientras que el nicaragüense piensa “Sin la mujer, la vida es pura prosa” quizás recordándonos al poeta del desamor, Bécquer, pues para este la mujer se simboliza con la poesía y la poesía se personifica en el cuerpo de la mujer. Ninguno de los dos poetas buscará una belleza fácil. Y con esta “belleza fácil” apunto a esa belleza que todo el mundo ve, a lo hermoso que engatusa a la vista pero no perturba el espíritu. Tal vez ahí radique la preocupación por destruir para crear, derrumbar para aportar, por “perturbar lo convenido”.
Es delicado siempre tratar la cuestión de las “influencias” que un autor recibe. Y es delicado porque el mismo autor debe saber controlar su impulso de confiscación. Rubén Darío evidentemente absorbió como una esponja todas las influencias que le rondaban pero nunca las utilizó a modo de collage poniéndole un nombre que designaba una obra propia sino que de ellas hizo su propia creación. Y siguiendo esta difícil y farragosa línea de influencias; que se escinde en dos caminos, el del plagio y el del ingenio particular; atenderemos a un hilo estrecho que une a estos dos poetas tan distintos aparentemente pero no tan separados en lo que se refiere a la concepción de la figura del poeta.
Para ello aludiré a dos poemas. En el primer caso, al de Baudelaire titulado “El albatros”, estableciendo relaciones en torno a la estampa del poeta con el poema de Rubén Darío “Torres de Dios, poetas”.
Será necesario visualizar su estructura formal que siempre, desde mi punto de vista, ya apunta al contenido del poema.

El Albatros
Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.

Dando una ligera pincelada de su forma, diremos que se trata de cuatro cuartetos de versos alejandrinos y de rima consonante generalmente. Antes de adentrarnos en el poema es necesario pararse a definir su título, “albatros”: Ave marina de gran tamaño, plumaje blanco y alas muy largas y estrechas. Es muy buena voladora y vive principalmente en los océanos Índico y Pacífico.
¿Qué relación querrá casar el poeta con la figura del albatros? Y mucho más allá, ¿qué sentido tendrá?
Desde el primer cuarteto conocemos los personajes de los que se hablará en la composición. Por un lado los marineros, que “por distraerse” intentan cazar a los albatros, los otros sujetos de relevancia en el poema. Los albatros solo son “indolentes compañeros”. Desde este momento se establece un rasgo fundamental al que luego nos referiremos en el análisis del poema de Rubén Darío: la altura. Ya se fijan dos alturas distintas, obviamente el albatros lo verá todo desde un ángulo más elevado.
Fijándonos en la segunda estrofa, el albatros se sentirá inútil una vez capturado por los marineros, se hallará en un mundo o en un nivel diferente, en el de los marineros. Y sus alas, impulso de vuelo y libertad, en la tierra solo serán motivo de vergüenza y torpeza. Hemos apreciado dos colores que definen al albatros: el celeste y el blanco, colores relevantes para Rubén Darío. Y siguiendo la tercera estrofa vemos cómo los marineros recurren a la burla. Ahora la belleza celeste y quizás también celestial de los albatros se consume en una tierra insípida y el ave queda grotesco, feo, débil e inútil.
Atendiendo a la última estrofa del poema recurrimos a una especie de conclusión que hace el autor: “el poeta es igual a este señor del nublo”, es decir, el poeta ha sido representado durante toda la composición por el albatros, el señor del nublo o del cielo. De él se dice que “habita la tormenta y ríe del ballestero”, sin embargo, cuando el ave o el poeta pierde su posición de superioridad espiritual, cuando desciende de su nivel y se posa en la tierra de los hombres simples todo su dominio se torna en fragilidad. Quizás la gran dificultad del poeta sea la de saber descender a ese otro nivel, pues parece ser que cuando el ave pierde el cielo, el poeta pierde su mundo, que es la poesía.Ahora analizaremos el poema en cuestión de Rubén Darío.

¡Torres de Dios!, ¡poetas! Pararrayos celestes,
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!

La mágica esperanza anuncia un día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
¡Esperad, esperemos todavía!

Esperad todavía.
El bestial elemento se solaza
en el odio a la sacra poesía
y se arroja baldón de raza a raza.

La insurrección de abajo
tiende a los Excelentes.
El caníbal codicia su tasajo
con roja encía y afilados dientes.

Torres, poned al pabellón sonrisa.
Poned ante ese mal y ese recelo,
una soberbia insinuación de brisa
y una tranquilidad de mar y cielo…

El primer rasgo que nos sitúa en el poema es la división o delimitación de dos alturas distintas. En la parte superior del poema se harán claras referencias a los poetas o más bien a los “verdaderos poetas”, mientras que en la parte inferior de la composición encontramos a la “insurrección de abajo”, es decir, a los “no poetas”. Por tanto, desde el inicio acudimos a una antinomia ( Contradicción entre dos principios racionales) entre el “verdadero poeta” y el “falso poeta”. Y para ello se recurrirá a un vocabulario que designa esa oposición, ensalzando al verdadero poeta con palabras como “pararrayos, torres de Dios, rompeolas de eternidades…” y rebajando a los falsos poetas con otras palabras como “bestial, odio, caníbal, tasajo, encía…” De nuevo todo el vocabulario referente al verdadero poeta “cobra altura” y posiciona a este en un lugar más alto. Quizás sea una posición entre el mismo dios o los mismos dioses y el resto de hombres, los comunes.
Y es entonces cuando adquiere sentido una simple suposición personal. Al igual que en Rubén Darío encontramos reminiscencias a la esplendorosa pero desaprovechada cultura maya, aquella del Popol Vuh, en ese Azur, proveniente tal vez de la serpiente emplumada; o ese misterio de lo visible y enigma con el que ya empezaba el gran libro de la comunidad…podríamos sumarle otra referencia más.
¿Acaso no eran los chamanes, encargados de presidir rituales y de ensalzarlos con sus danzas y palabras, aquellos a los que los mayas llamaban gobernadores? Y ¿acaso no se concebían a los gobernadores como el puente entre los dioses y los demás mortales, los capaces de absorber la energía, incluso la sangre, de los dioses para repartirla entre el pueblo?
Hace mucho que existen las torres de Dios, y sin duda, son indispensables : ellos y el baile de los nuevos cisnes y de los albatros.

Ruben-Dario

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