URUGUAY: MÁS QUE FÚTBOL, MÁS QUE UNA NACIÓN

Por Adrián Gómez Sánchez

FORLAN

No se debe hablar de Uruguay de cualquier manera. Ni en lo social, siendo el país con la distribución de ingresos más equitativa, entre otras cosas, ni mucho menos en el ámbito futbolístico. Son historia viva del balompié mundial. Han ayudado a engrandecer, a masificar un deporte en el que desde bien pronto empezaron reinando. Pero a ellos no les vale con eso. Ellos van más allá. Son la República Oriental del Uruguay. Ese grupo patriota que pasea la celeste con orgullo por todo el mundo denotando entereza y hombría. “¡Libertad o con gloria morir!, es el voto que el alma pronuncia y que heroicos sabremos cumplir”, reza una de las frases de su himno. Queda patente que el sentimiento, que su país, que esa nación de algo más de tres millones de habitantes representa mucho más de lo que cualquiera pueda imaginar. Es la pasión de sentirse uruguayo. El orgullo de serlo.
La primera Constitución uruguaya de 1830, jurada por el propio pueblo, sentó las bases de la denominación como nación propia. Había nacido algo muy grande en el Cono Sur Americano. Y había nacido para dejar huella. Para demostrar que ser más pequeño no implica la inferioridad que se le presupone, que desde que jugarán y perdieran ante Argentina en 1901 su primer partido internacional, el camino ha sido largo y productivo. Hasta el punto de ganar dos campeonatos del mundo y dar nombre al acontecimiento futbolístico histórico por excelencia.
Es difícil comprender lo que es Uruguay a día de hoy sin el respaldo que le ha ofrecido el fútbol. Tanto a nivel nacional como internacional. Desde que los Juegos Olímpicos eran la máxima competición internacional de selecciones hasta el Mundial de este año, noventa años entre medias, Uruguay siempre ha competido, ha poseído ese gen ganador y diferencial del que alardean por el sur de América. Los charrúas pronto pegaron un golpe sobre la mesa para demostrar que en eso de meter el balón en la portería iban a ser equiparables a cualquier potencia mundial. El Mundial de cuando no existía el Mundial. Dos seguidos. Ante Suiza y Argentina. El trono era suyo. Y no iba a ser fácil quitárselo.
Y el trono se defiende en casa. Ante el anhelo de un país que se siente partícipe de lo que realizan sus muchachos. Tras apabullar a Perú, Rumania y Yugoslavia en el camino a la final, el estadio Centenario fue iba a ser la escenografía de la primera gran función mundial de fútbol a nivel de FIFA. El antagonista, Argentina. Pero como toda buena historia el héroe acabó triunfando en casa y Uruguay venció por cuatro dos a la albiceleste. El siguiente día fue declarado fiesta nacional. La mejor representación de lo que supone el fútbol para unos charrúas que, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, iban a lograr la mayor hazaña futbolística de la historia cambiando completamente el guion de lo acontecido en su Mundial.
Era Brasil. Era 1950 y era Maracaná. Pero no cualquier Maracaná. Era el de las grandes citas, el lugar y momento idóneos para pasear su supremacía futbolística. Más si cabe, vista la absoluta soberbia con la que Brasil llegaba al choque. El resto lo sabe todo el mundo. Ghiggia para Schiaffino para el primero y Pérez para Ghiggia para silenciar Rio de Janeiro. El quiero y no puedo brasileño hasta el final del partido demostró la fortaleza uruguaya. El temple y el coraje de un país que no tiembla ante nadie y que se deshizo de las cadenas de la tiranía y la soberbia brasileira aquel 16 de julio. “Libertad, libertad Orientales, este grito a la patria salvó”, continua el himno uruguayo. Muy acorde a la nación que representa. Era el apogeo. Uruguay era fútbol. Y lo más importante. Uruguay era una nación reconocida a ojos del mundo. Y a partir de ahí todo sería más sencillo.
El siguiente campeonato Uruguay iba a claudicar. Pero no ante un rival cualquiera. Enfrente estaba la Hungría de Puskas, Kocsis y Gusztav Sebes de entrenador que venía, entre otras cosas, de avergonzar a Inglaterra en Wembley en la que fue su primera derrota en territorio británico. Era el final de algo que se había prolongado en el tiempo y que debía finalizar. Al siguiente Mundial en Suecia, Uruguay ni clasificó. Unos cuartos de final en Inglaterra donde Alemania Federal les arrasó por cuatro a cero fueron lo más noticiable hasta México 1970. Ese Mundial, fue la más fiel representación de lo que es Uruguay. Casta, valor, sufrimiento y competición. Porque ante todo, Uruguay es eso, competición y unión. Y eso vale más que todo muchas veces. A nivel de nación y futbolístico. Uruguay disputó seis partidos en México. Ganó solo dos. Y le sirvió para colarse en semifinales donde el mejor Brasil de siempre, fíjense en la nómina de futbolísticas con un tal Pelé, Jairzinho o Tostao en el equipo rival, se vengó en cierta manera de lo acontecido veinte años antes y mandó para casa a los charrúas.
Desde ese momento, treinta años de travesía mundial por el desierto. De fracasos y octavos de final como aspiración máxima donde la no clasificación, algo impensable años atrás, se llegó a convertir en una tónica habitual en campeonatos consecutivos, véase Argentina y España o Estados Unidos y Francia. Así hasta 2010 donde el suelo africano les devolvió al lugar de donde se fueron para volver con más fuerza que nunca, al lugar que les pertenece por historia y merecimiento, a las semifinales de un campeonato del mundo. Allí la suerte le fue esquiva. Holanda le apeó y Alemania le dejo sin pódium. Pero el sabor era agridulce. Aunque se quedasen a las puertas. Uruguay, con todo lo que significa ese país, había vuelto para quedarse.
Lo de este año tiene poco de casual. De hecho, cualquier guionista podría haber previsto una clasificación así. Levantándose después del varapalo. Compitiendo como animales. Sobrepasando los límites del reglamento. Pero es lo que les hace grandes. Y con lo que disfrutan. Haciendo uno de los más de tres millones de uruguayos. “Que a sus bravos en fieras batallas, de entusiasmo sublime inflamó”. Es la frase del himno que mejor les representa. Desde que se convirtieran allá por 1830 en estado único. Son uruguayos. Y están orgullosos de serlo. Y desde ese punto de partida pueden hacer frente a cualquier cosa.SUAREZ

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