DEPREDADORES DE PELÍCULA

Por Francisco Lirola.

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A pesar de los muchos motivos que le hemos dado para que fuera al revés, el ser humano teme a la naturaleza. Al fin y al cabo, el hombre sigue siendo incapaz de controlar las grandes catástrofes climáticas que asolan cada X tiempo nuestro mundo. Tampoco tenemos mucho que hacer ante algunas de las fieras que dominan los rincones más salvajes del planeta, si no fuera por nuestra capacidad de juntar un palo con una piedra afilada nunca habríamos podido expulsar a los grandes depredadores de su puesto privilegiado en la cima de la cadena alimentaria. Porque, recordemos, nuestros antepasados fueron cazados antes de poder cazar. Pero, ¿qué pasaría si un día apareciera un depredador inmune a nuestras armas? De ese temor nacieron monstruos como los vampiros, los zombies, el hombre lobo, Tiburón y Godzila (con todas sus secuelas), o las modernas bestias de serie B devoradoras de jovencitas descaradas en bikini como Crocosaurus, Sharktopus y Pirañaconda. Sin embargo, la carrera armamentística que es la evolución ha producido monstruos que situaríamos en cualquier planeta fuera del Sistema Solar antes que en este y dignos de un espacio en el séptimo arte.

Reptiles emplumados gigantescos, lagartos venenosos descomunales, cazadores armados hasta los dientes (nunca mejor dicho), titanes colosales, carroñeros terroríficos y deformes… Más allá de los monstruos prehistóricos de Jurassic Park, buceando en la historia natural de la Tierra hallamos criaturas que en un futuro podríamos ver en las grandes pantallas.

Entelodonte

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En uno de mis episodios favoritos de la literatura española, que ya he citado otras veces, un cerdo se come las orejas del hermano pequeño de Pascual Duarte. Pero, si en vez de un gorrino normal y corriente, el desgraciado Mario se hubiese encontrado con uno de estos marranos del averno, no habría vivido para lamentarlo.

Los entelodontos fueron los primeros grandes carnívoros antes de que aparecieran los carnívoros verdaderos (perros, osos, felinos, mustélidos…). Pertenecían a la familia Entelodontidae, sus restos se han hallado en yacimientos que van desde el Eoceno Superior hasta principios del Mioceno. Su inmensa cabeza de casi un metro de largo aguantaba su potente mandíbula, armada con dientes hechos para triturar huesos. Su tamaño y peso probablemente lo hacían superior a cualquier carnívoro de la época y lo más probable es que le arrebatara sus presas a depredadores más capacitados para cazar. Las extrañas protuberancias óseas que sobresalían de su mandíbula inferior y sus marcados pómulos terminaban de darle su aspecto de verracos infernales.
Imaginad una piara de entelodontes desatada en estampida por la Gran Vía, o una pareja de ellos devorando pueblerinos en la dehesa extremeña. La venganza de los embutidos.

Andalgalornis

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Hace sesenta y cinco millones de años desapareció el último dinosaurio. Con la extinción de estos gigantes que dominaban el planeta los mamíferos por fin tuvieron la oportunidad de diversificarse y ocupar el sitio que los lagartos terribles habían dejado libre en la cadena alimentaria. Sin embargo, les sobrevivieron unos parientes lejanos que aún mantuvieron subyugados a los mamíferos durante millones de años más.

Los andalgalornis pertenecían a la familia Phorusrhacidae, también llamadas, muy acertadamente, aves del terror. Medía 1,6 m de alto, con un peso de 75 kg, su enorme pico le servía despedazar a sus presas y asestarle mortales golpes rompe-cráneos, mientras que con sus garras daba brutales puñetazos de boxeador. Los sucesores de los dinosaurios podrían ser más pequeños, pero no menos eficaces como asesinos.
Estas aves del terror (y no los pájaros de cartón piedra de Hitchcock) dominaron Sudamérica hasta que el choque de placas tectónicas provocó el surgimiento del itsmo de Panamá, uniendo las dos Américas y permitiendo el intercambio de especies entre norte y sur. El andalgalornis tuvo que hacer frente a otro depredador que logró desplazarlo hasta su extinción: el smiliodon o tigre dientes de sable.

Megatherium

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¿Un perezoso, una máquina de matar? Bueno, sí y no. El megatherium era un titán de 6 metros de longitud y una coraza de hueso bajo la piel. Un tanque peludo y muy lento. Sus restos fósiles se han encontrado desde Texas hasta Argentina, hallándose esqueletos enteros momificados, conservando la piel, tendones y pelo. Sus afiladas garras le servían para arrancar las ramas de las que se alimentaba. Pero, en esta lista de monstruos carniceros, ¿qué pinta este gigantón pacífico?

Si bien es cierto que eran principalmente vegetarianos, el megatherium no era un cazador, pero si escaseaba el alimento podía comer carroña o incluso arrebatársela a otros depredadores que a priori nos podrían parecer más amenazadores, como el smiliodon. Sus zarpas, usadas para ramonear, también desgarraban y mataban sin contemplaciones cuando este gordito bonachón pasaba un poco de hambre, y su imponente tamaño y fuerza bruta lo hacían el mayor enemigo de cualquiera que se entrometiera en su camino.

Megalania prisca

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En 1999 se estrenaba Komodo (Michael Lantieri) que luego contaría con una secuela: Komodo 2: La isla maldita (Jim Wynorski, 2004). En ambas, un grupo de dragones de Komodo mutantes diezmaban la población de una isla tropical mientras un equipo de científicos y aventureros deben detenerlos para que no aniquilen a la humanidad. El varano de Komodo es el lagarto de mayor tamaño del mundo, con unos 2 o 3 metros de largo y un peso de 70 kg, lo que lo convierte en un súper depredador en su hábitat: el Parque Nacional de Komodo. Eso, más su famosa mordida letal, debido a la cantidad de bacterias de su saliva. Pero estos imponente lagartos no son los más terribles.

El megalania prisca (carnicero gigante milenario), el primo de Zumosol de los varanos. Vivió hace 4.000 años en Australia (un lugar en el que los animales parecen haber evolucionado expresamente para matar seres humanos), pesaba 2.000 kg y medía 8 m, 80 cm sólo de cabeza. Como sus parientes vivos actuales su mordisco era letal, pero a diferencia del dragón de Komodo, sus dientes eran afilados y curvos hacia dentro, por lo que una vez atrapadas sus presas sólo podían escapar sufriendo terribles mutilaciones. Para luego morir lentamente por efecto del cultivo de bacterias que era su saliva. Todo esto lo convertía en el único depredador capaz de cazar en solitario los canguros gigantes prehistóricos Sthenurus stirlingi o los uombats Diprotodon optatum, del tamaño de un automóvil.

Gorgonopsia

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“Un cruce entre un felino de dientes de sable y un tiranosaurio”, los dos depredadores más famosos de la prehistoria unidos en la máquina de matar perfecta. El gorgonopsia, con una longitud de casi 3 metros, fue el primer gran depredador anterior a los dinosaurios. Pertenecían al grupo de los terápsidos, dentro del cual algunas especies empezaron a desarrollar extremidades más largas y esbeltas que mantenían su cuerpo elevado, en vez de arrastrarlo por el suelo. Empezaron a parecerse a los mamíferos.

Los gorgonopsídeos poseían una potente mandíbula con una ristra de dientes con un enorme par de caninos, aunque con unos molares insignificantes en comparación, por lo que debían ser animales de metabolismo reptiliano. Otros parientes suyos, más pequeños, sí poseían los dientes de tres cúspides y tres raíces típicos de los mamíferos.
Estas criaturas se extinguieron al final del Pérmico, hace unos 250 millones de años, víctimas de una hecatombe planetaria desconocida que exterminó el 95% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres. Fueron las especies más pequeñas, de dentición más evolucionada y extremidades capaces de alcanzar los alimentos, las que sobrevivieron a la catástrofe. Ellos fueron los antepasados de los primeros mamíferos.

Cynognathus

Cynognathus_cabeza

Unos de los supervivientes a la extinción del Pérmico fueron los cinodontos, reptiles casi mamíferos. La diferencia entre los cinodontos y los verdaderos mamíferos se encuentra en los huesecillos del oído: martillo, yunque y estribo. Estos surgieron de una prominencia ósea llamada dentario que desarrollaron los reptiles mamiferoides para masticar mejor la comida. Los que aún presentan el dentario en su cráneo se clasifican dentro de los reptiles, mientras que se incluyen en los mamíferos a las especies que desarrollaron los huesecillos del oido.

En el suborden de los cinodontos encontramos el género cynognathus, hallado en yacimientos fósiles de Sudáfrica. De aspecto similar a un perro, eran mucho más robustos y llegaban a medir unos 90 cm de alto y 2 m de longitud. Su mandíbula guardaba una terrible arma: veneno. Atacaban en grupos a los herbívoros más numerosos de la época, los kannemeyeria, lentos y prácticamente indefensos ante los ataques de sus depredadores.

Andrewsarchus

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Uno de los mayores mamíferos carnívoros conocidos, ¿una oveja? No, pero primos hermanos. Antes de la aparición de los carnívoros verdaderos surgieron unos depredadores similares a un oso, con cabeza del tamaño de un frigorífico, dientes afilados y pezuñas. Sí, pezuñas. El Andrewsarchus mongoliensis era un ungulado perisodáctilo (de dedos impares) como los caballos o los rinocerontes, que habitó el centro de Asia hace unos 40 millones de años. Esta especie sólo se conoce por un fósil, un cráneo, lo que dificulta su descripción, aunque los cálculos y suposiciones le dan una altura de 1,4 m. Su tamaño y su imponente cabeza lo debieron hacer el mayor carnívoro de su época, ante la ausencia de otros.

Fuentes:
Turner, Alan, ” Larousse de los Mamíferos Prehistóricos”, Larousse Editorial S.L, 2004. ISBN 84-8332-907-7
http://superdepredadores.blogspot.com.es/2012/02/megalania-prisca-un-dragon-gigante.html
http://www.bbc.co.uk/mundo/ciencia_tecnologia/2010/08/100819_gran_ave_terror_sudamerica_pl.shtml

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