[Crónica Bunbury, Palosanto] Sexo y Rock n’ Roll. Drogas no, que ya no tienes edad.

1024px-Enrique_Bunbury_-_17_Retouched

Por: Diego Rodríguez Sánchez

Hace unos cuantos años, por el 2008 o así, mi padre me hizo un regalo de reyes con el que sabía que acertaría seguro: un disco. Lo que no sabía era si el disco me iba a gustar. Se trataba de la gira que hicieron Héroes del Silencio en el 2007 a través del continente latinoamericano y España. Su última gira. Me gustara o no, lo más probable era que no podría asistir a un directo suyo. El disco me fascinó, tenía una música fuerte y sobre todo, un cantante del que salía una voz de pura estrella del rock n’ roll. Pero para mi sorpresa, no fue todo como imaginé y un tiempo después, Bunbury presentaba su disco Licenciado Cantinas en varios conciertos en la sala La Riviera de Madrid. Nos pusimos nuestras camisetas más negras y allá fuimos a escuchar algo de rock. Conciertazo. El maño llenó La Riviera varios días consecutivos y dejó el listón en el cielo.

Desde entonces he estado pendiente de los movimientos de Bunbury y en cuanto me enteré de que la gira de Palosanto pasaba por Madrid saqué un par de entradas para mi padre y para mí. Ver a Bunbury en directo se había convertido en uno de los mayores espectáculos a los que me imaginaba asistir.

El día del concierto volví a calzarme la camiseta más negra que tenía, esta vez la de la gira Licenciado Cantinas, y fuimos con bastante antelación al Palacio de los Deportes, pensando que habría muchísima cola. Asombrado, vi que la gente esperando a las puertas del recinto era relativamente poca para tratarse de ver a una estrella del rock, y empezó a crecer en mí la preocupación de que Madrid iba a recibir al de Zaragoza con un estadio prácticamente vacío. Viendo el panorama, decidimos ir a tomar algo y fue ahí cuando me di cuenta que el público de Bunbury se nos había hecho mayor y, quizás, más inteligente y prefería el calor de la cantina antes que el calor del sol a la cola. Los bares de alrededor estaban llenos de gente con camisetas de giras pasadas de Bunbury en las que yo todavía era un niño e ignoraba lo que ocurría en la música de mí alrededor. A lo mejor el público de Bunbury no es tan viejo sino que yo soy demasiado joven. Todo llegará, pensé.

La apertura de puertas se produjo antes de la hora prevista y el recinto se empezó a llenar muy lentamente. Lo más probable es que en los bares de alrededor se estuviera llevando a cabo la tradición española de “yo invito a esta ronda y tú a la próxima” y hasta que no se acabaran todas las rondas, la gente no iba a entrar. Esto nos permitió a los adelantados distraernos un poco con los puestos de merchandising y, a mi padre y a mí, acercarnos a una de las barras de dentro del palacio y gastarnos cuarenta euros en un Habana con Coca Cola y una ginebra con Nordic Mist. La espera para que empezara el concierto se hizo muy larga y se notaban las ganas del público cada vez que la música de fondo se paraba y sonaba el principio de Despierta para un anuncio de no se qué cerveza. La gente dejaba las conversaciones que estaban teniendo para ponerse a gritar: Despierta, todo ha cambiado, nada es como habíamos imaginado para luego volver a sus conversaciones como si nada hubiera pasado. Todo llegará, volví a pensar.

Quince minutos más tarde de la supuesta hora de comienzo, por fin se apagan las luces. Entonces en la inmensa pantalla que adornaba el fondo del escenario, y que desplegaría una perfecta decoración personalizada para canción, aparece un ovni que se empieza a acercar a la tierra mientras Los Santos Inocentes toman sus posiciones. De repente, y como salido de la nada, el ovni desprende una luz que ilumina el mismísimo Bunbury, que se muestra serio, con un toque de chulería mezclada con tranquilidad, vestido con una cazadora de cuero y unas gafas estilo aviador. Empieza el show.

Las primeras notas que suenan son los acordes de Despierta. Se ve que sigue la misma técnica de tocar la primera canción del disco para abrir los conciertos. Eso hizo con Licenciado Cantinas, tocó casi todas las canciones del disco en orden para luego dar paso a sus conocidos clásicos. Aun así, aquí fue diferente. Después de Despierta, tocaron El club de los imposibles, Los inmortales y Contracorriente, completamente seguidas. En cuanto termina esta canción, el cantante grita un “Buenas noches Madrid” al que el público contesta con una larga ovación. “Muchas gracias a todos. Queremos hacerles un recorrido por el pasado más lejano y el pasado más inmediato” dice el hijo del Cierzo con esa forma de hablar chulesca que no le abandona nunca. Es en este momento cuando te das cuenta que el concierto empieza a partir de ese momento.

Continúa el espectáculo con Hijo de Cortés un tema interesante pero con una letra un poco tonta que Bunbury defiende en el directo con mucha maestría. A continuación, un ya clásico: Ódiame, de Licenciado Cantinas, el único guiño que haría a su disco anterior y que nos recuerda que el trabajo que publicó hace dos años goza de muchísima más musicalidad que el nuevo Palosanto. Ten cuidado con eso Enrique.

Siguió con Más alto que nosotros sólo el cielo, una canción mucho más tranquila que la anterior pero que derrocha tanto sentimiento que en ningún momento te hace pensar que el ritmo del concierto esté decayendo. En ese momento me pregunté dónde quedaba aquella bonita tradición de sacar los mecheros al aire para canciones como ésta. Lo único que se veía entre el público eran las luces de los móviles grabando. Los tiempos cambian y no siempre para bien.

Y eso me quiso decir Bunbury, porque la siguiente melodía que sonó fue la de Porque las cosas cambian. Y empieza a cantar “Porque sabemos agradecer a pesar de lo vivido, porque de todo comienza a hacer ya mucho tiempo, porque quien encontró el amor no lo buscaba tanto, porque las cosas cambian”. El público ya completamente entregado y el hijo del Ebro lo agradece mirándonos a cada uno a la cara cuando canta “porque vuestra amistad me sostiene de cumbia madre” demostrándonos que aunque no nos conozcamos, él sabe que nosotros estamos ahí para él, y lo que es más tranquilizador, él está ahí para nosotros.

Entendiendo que esto sólo puede ir a más, empieza a cantar El extranjero y mientras él mantiene la calma en su voz nosotros no podíamos hacer otra cosa que empezar a saltar al ritmo de Los Santos Inocentes. Después, todo se tranquilizó con una música lenta. Pero la calma duró poco cuando Bunbury cantó la primera frase: “Empezar porque sí, y acabar no se cuándo”. Se trataba de Deshacer el mundo pero una versión mucho más tranquila que la original aunque, la verdad, daba la talla perfectamente. Yo que pensé que nunca vería a Héroes del Silencio en directo y ahí delante estaba Bunbury demostrándome que todo es posible. El clímax de la canción llegó en el estribillo cuando el maño apuntó con el micrófono al público para que cantáramos las primeras frases mientras volvía a él para culminar con un “…y hay que empezar despacio, a deshacer el mundo”. Ya puedo decir que he cantado con Bunbury una canción de Héroes.

Tras esto, en la inmensa pantalla aparecieron diálogos de películas, entre ellas, La Naranja Mecánica de Kubrick. Me moría de pensar que ya se tratara del primer bis, pero me equivoqué y simplemente era una pausa. Después de todo hay que reconocer que los años pasan para todos y que no se puede dar, con 47 años, un concierto tan intenso sin parar a descansar.

Tras la pausa, se vuelve a poner en frente del micrófono para cantar Frente a frente, su particular (y quizás mejor que la original) versión de la canción de Jannette. Es en ese momento en el que mi padre me advierte sobre una chica del público que estaba justo en frente de mí y que parecía que buscaba el roce con movimientos sugerentes. A falta del valor necesario para preguntar cómo se llamaba, o cómo quería que la llamara; decidí dirigirme a ella bajo el nombre de Jannette, por causas obvias. Y Jannette con sus caderas agradables se rozaba más allá de sus jeans, y esa melena de ébano me rozaba el pecho y me hacía morir. Oh Jannette, cuanto te quise aquella noche, que si fuera por mi habríamos acabado bailando desnudos mar adentro viendo como el resto del público nos alababa en avalancha. Esta noche te amaré para siempre, pero mañana ya hablaremos.

Bunbury siguió con Que tengas suertecita, canción de la que yo no puedo decir nada porque estaba a otras cosas con Jannette. Lo que sí recuerdo era a un público completamente enloquecido que no paraba de cantar. Quizás fuera la cerveza que fluía por el ambiente como un río de oro. Tras estos lapsus, volví a entrar de lleno en el concierto cuando empezó la mágica canción de Lady Blue, acompañada de un espectacular juego de luces que recordaba a la nave espacial del astronauta del que habla la canción. Desde luego no es la cerveza, ese hombre es un genio.

Ya entonces sí que llegó el primer bis y a la vuelta, nuestro héroe introdujo a Ivan Ferreiro como “uno de los grandes compositores del país” y juntos cantaron El cambio y la celebración. No dudo de la calidad de composición de Iván Ferreiro, pero en el directo la potente voz de Bunbury se comió por completo a la de Ferreiro, que aparecía tímido, vestido en traje y completamente eclipsado.

Tras el segundo bis, sabiendo que esto llega al final pero que no está del todo acabado, Bunbury charla con el público: “Seguro que les está esperando la mujer, o la suegra, o la amante. Seguro que mañana tienen que madrugar y levantarse a las 6. Para los que no tengan que coger el metro o el autobús, seguiremos con un poco de rock n’ roll”. Amén.

Hizo entonces su aparición Quique Gonzales para cantar Bujías para el dolor, pero sucedió el mismo problema que con Ferreiro: al lado de Bunbury, cualquiera es un secundario en ese acto de honor. La canción terminó con un impresionante solo de guitarra eléctrica de Jordi Mena, recién incorporado a la gira tras su paso por el quirófano y por quien se tuvieron que suspender algunas fechas. Desde luego la forma no la había perdido.

Ya hacia el final sonó la maravillosa Sácame de aquí de Flamingos, en la que todos, desgastando la última fuerza de una voz que se quería quedar en esa noche para siempre, cantamos el estribillo “Sácame de aquí, no me dejes solo. O todo el mundo está loco, o Dios es sordo”. Ante la confusión del momento tuve que acercarme de nuevo a Jannette para dejar claro que no quería que me dejara solo, pero que por favor, por favor, no me sacara de allí.

El concierto terminó con la tranquilidad de El viento a favor, donde nos quedamos con la frase “Espera que sople el viento a favor” como una ola de esperanza para lo que queda por venir. No se sabe muy bien de donde salió, pero empezó a caer sobre el público una avalancha de confeti dorado acompañado de una reverencia por parte de Los Santos Inocentes con un inmenso Bunbury en el centro. Para luego retirarse mientras se encendían las luces y sonaba Stand by me de fondo.

Desde luego Bunbury logró convertir un disco con bastantes carencias en un directo inmejorable y, aunque nuestro río es el Manzanares, no el Ebro, el público madrileño le enseñó donde siempre tendrá un hogar. ¡Te queremos Enrique!

Anuncios