¿Somos republicanos?

Manifestación por el referéndum sobre la monarquía. Fernando Sánchez (La Marea).

Manifestación por el referéndum sobre la monarquía. Fernando Sánchez (La Marea).

 

 Por M. Escribano.

 

“Cualquier proyecto políticamente republicano, se ve inevitablemente forzado a ser anticapitalista. Somos antisistema para salvar un sistema, el sistema republicano del sentido común político más elemental.”

Carlos Fernández Liria

El 14 de abril de 2012, Julio Anguita presentaba el que por aquel entonces era su nuevo libro: Conversaciones sobre la III República. El libro consistía en un diálogo entre el histórico dirigente comunista y la periodista Carmen Reina sobre cómo debería ser una futura III República. Conversaciones sobre la III República hace un breve repaso por la historia reciente de España y, acto seguido, se centra en la propuesta de Anguita, una propuesta que gira en torno a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Una de las principales por razones por las que Anguita decidió hacer este trabajo fue la dedicación casi exclusiva del movimiento republicano en conmemorar la II República, en lugar de poner sobre la mesa una propuesta republicana concreta. Al “califa rojo” no le podía faltar más razón.

Durante los últimos años, hemos podido apreciar el crecimiento exponencial del rechazo a la monarquía, especialmente entre los más jóvenes. Observen cualquier encuesta: la monarquía cada vez tiene peor valoración (de hecho, el CIS llegó a dejar de preguntar por ella cuando comenzó a caer). Observen cualquier movilización: las banderas tricolores se multiplican.

¿Dónde está, pues, el problema? En que suele confundirse ser republicano, en el sentido político del término, con ser simplemente antimonárquico. A día de hoy, sigue sin existir una propuesta sólida, con contenidos, mayoritaria, de III República. Simplemente, se trata de criticar a la monarquía o conmemorar la segunda experiencia republicana. Pero con eso no basta. No podemos estar rememorando y agitando banderas eternamente.

Las numerosas “repúblicas” existentes en el mundo siguen siendo, en esencia, sistemas pensados para que una minoría expropie la riqueza al conjunto de la población. Sí, igual que la monarquía parlamentaria en España. Como bien dice Anguita, si algún día nos trajeran una república con Aznar de presidente, muchos de los nuestros saldrían a celebrarlo por haber conseguido el “objetivo”. Para evitar que esto pase, no podemos que esperar a que la república llegue. La tenemos que traer.

Los que nunca se presentan a las elecciones

Llegados a este punto, ¿hasta qué punto es prioritaria la defensa de la república? Me explico. La ausencia de rey, pese a que algunas izquierdas parezcan no entenderlo, no tiene porqué significar que el nuevo sistema por llegar sea más libre o igualitario, como toda evidencia empírica demuestra. El caso de Estados Unidos es esclarecedor.

Dicho de otro modo: el principal problema no es rey. El principal problema es que quienes verdaderamente tienen el poder nunca se presentan a las elecciones. En su lugar, se presentan sus capataces, que no son más que meras marionetas de los que tienen cogida la sartén por el mango, banqueros y grandes empresarios. La monarquía, como señala Manolo Monereo, es el “eje organizador del bloque de poder e instrumento de cohesión entre el poder económico y el político”. Aunque la monarquía sea de especial importancia para los poderes fácticos –cabe recordar el gran apoyo de los círculos empresariales tanto a Juan Carlos I como al futuro Felipe VI-, estos podrían sobrevivir sin ella perfectamente.

Prueba de ello es que, desde el PSOE, han comenzado a alzarse algunas voces pidiendo un referéndum sobre el modelo de Estado e, incluso, posicionándose a favor de la República. Me pregunto dónde estarían esas voces hace unas semanas, cuando el PSOE (y PP, UPyD, CiU y PNV) rechazaba en el Congreso de los Diputados la propuesta de La Izquierda Plural para someter a referéndum el Tratado de Libre Comercio. También me pregunto dónde estaban cuando, en verano de 2012, PP y PSOE reformaban la Constitución para priorizar el pago de la deuda al gasto social, por supuesto, sin consultarnos. No creo que nadie dude que, para la lógica del sistema, estas medidas son tan esenciales que la defensa de un rey pasa a segundo plano. El PSOE puede permitirse tener en sus filas alguna voz crítica con la monarquía, siempre y cuando no cuestione los intereses de los que de verdad mandan.

Por eso mismo, la república que construyamos no tiene que limitarse a la ausencia de rey, sino a la ausencia de privilegiados, esos que no se someten a ningún control democrático, sino todo lo contrario: someten a la democracia a sus dictados, empobreciendo a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Como señala la cita inicial, un proyecto políticamente republicano solo puede ser anticapitalista. Así lo explica Carlos Fernández Liria, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense:

“siempre hemos sido luchadores por un orden político de la dignidad: lo que la filosofía llamó un orden republicano, en el que los individuos sean libres, iguales y fraternos. Es decir, ciudadanos independientes civilmente, que no tengan que pedir permiso a nadie para existir con dignidad. Desde luego, para cumplir este último requisito -que es precisamente lo que exigía la idea de fraternidad, ya que se trataba de dejar de depender de cualquier tipo de “padre”, “amo” o “señor”-, hacen falta condiciones materiales de existencia, precisamente esas condiciones materiales que el capitalismo destruyó e imposibilitó, al expropiar a la población de sus medios de producción.”

Por tanto, no se trata de crear un gran proyecto revolucionario para construir la III República. No. Simplemente, se trata de poner sobre la mesa unos principios de gran aceptación social como lo son libertad, igualdad y fraternidad. Además, creo, deberían añadirse a este proyecto la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como hace Anguita. Tanto los principios ilustrados como los derechos humanos no pueden ser sostenidas plenamente bajo las condiciones del capitalismo. No hace falta pedir lo imposible. Eso no es hacer política. Hay que hacer propuestas tangibles, de sentido común, que muestren las contradicciones de un sistema agotado que ya no las puede ofrecer.

El sistema se ha vuelto tan revolucionario que ahora nos toca ser conservadores.

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