La reina del deporte

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Dominaba todos los deportes. En todas las circunstancias. Era competición y siempre estuvo en la cima de cualquier deporte. Triunfó en todo lo que se propuso.

Por: Adrián Gómez Sánchez

A buen seguro que triunfar en un deporte concreto debe ser complejo. Imaginen cuando se trata de una larga lista. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX nació en Inglaterra una mujer con la capacidad para ganar, ganar y volver a ganar. Fuese cual fuese la modalidad. No está al alcance de muchos vencer en Wimbledon, triunfar en el British Open de Golf como si de Tiger Woods se tratase y subir al pódium olímpico a por una plata. El libro Guinness de los récords colaboró en todo esto y la nombró la deportista más versátil de la historia. Era Lottie Dod, y había nacido para marcar una época que aún perdura.
Tuvo suerte con su familia. Rica y de una posición social acomodada, nunca tuvo que trabajar durante su infancia. Paso su adolescencia soltera disfrutando de sus amigos en el barrio. Pero eso no hizo que perdiese el tiempo. Ni mucho menos. Cuesta creer como Lottie Dod ha caído en el olvido tan fácilmente. Mejor deportista de su época y posiblemente de siempre. Pero Lottie Dod era mucho más que eso. De niña demostró que se le daba bien el mundo musical. Al piano o al órgano. Sin embargo, pronto encontró en el deporte su gran pasión. Que su padre construyera dos pistas de tenis en casa favoreció lo que en años más tarde se convertiría Lottie. Con solo 11 años, ya jugó su primer torneo. Y las buenas críticas no tardaron en aparecer.
Dos años más tarde empezó a cosechar títulos. Incluso derrotaba a gente mucho mayor que ella. Little Wonder. Así le apodaban. Su escaso 1,52 no era un problema para medirse al rival que fuese. Tenía buen saque y un gran juego desde el fondo de la pista.Estaba preparada para brillar a nivel mundial, y 1887 era su momento. Su primer Wimbledon. Arrasó. No cedió ni un set y en la final arolló sin ninguna compasicón a su rival por 6-2 6-0. Con quince años y diez meses, era historia de la hierba inglesa. Lottie había escrito su nombre en la catedral del tenis.
Captura de pantalla 2014-05-16 a la(s) 19.44.53Era tal su nivel y su superioridad contra el resto de féminas que incluso jugó contra hombres. Eso sí, con dos puntos de ventaja cada juego. Aun así ganaba. Era pura competición. Mucho tenía que ver en eso que en sus inicios, su hermano Tony, fuese su máximo rival. Estaba en la cima. Al año siguiente volvió a ganar Wimbledon. Parecía no tener techo. Pero se cansó. Decidió estar unos años sin competir al máximo nivel. Aún era una niña y como tal, tenía que disfrutar de ello. Siempre lo tuvo claro. Sus amigas y su felicidad eran lo primero.Tras unos años en el exilio, en 1891 regresó a las pistas. Más bien casi por obligación. De hecho, tan solo disputó Wimbledon. Y lo ganó. Con la sobriedad que acostumbraba. Un año después, volvería a repetir. Era muy superior al resto. Incluso lesionada, como ocurrió en 1983, volvió a reinar sobre la catedral del tenis mundial. Era su sueño. Ese que su infancia le había robado años atrás.Conseguir tres veces seguidas coronarse en Wimbledon. A sus 21 años, ya era toda una leyenda del tenis. Todo eran elogios. Pero de nuevo, se cansó. Invicta en Wimbledon, era el momento de buscar desafíos. Necesitaba nuevos retos.
Su próximo destino fue Saint-Maurice, en Suiza. Era una aventurera. Allí encontró el patinaje. Y como siempre, destacó. Consiguió la triple estrella, máximo rango de cualquier patinador, justo antes de interesarse por la escalada.Subió grandes montañas. Y con eso se dio por satisfecha. Pero como en cada capítulo de su vida, siempre que lo estaba, abandonó. El cuerpo le seguía pidiendo competición. Era una simbiosis perfecta del deporte. Ella era deporte. Pasó por el ciclismo y el hockey hierba, donde defendió los colores nacionales en dos ocasiones. Pero de nuevo, dijo adiós. Su superioridad era sinónimo de retirada, de saturación personal. El golf, era la próxima parada dentro del viaje que Lottie comenzó.
Esta vez le costó más. No fue llegar y triunfar. El golf requiere horas de entrenamiento y perfección para poder llegar a triunfar. Pero Lottie era perseverancia. Perseverancia y talento. Acabó aprendiendo. Ella misma manifestaba que lo más bonito de cualquier deporte era aprender a jugarlo. Y el golf no iba a ser una mueca en su culata.Como tantas otras veces, sobresalía sobre el resto. Cada golpe era certero, cada elección de palo era la apropiada. No había deporte que se le resistiese. Aunque tardase diez años en conseguirlo. Trece años estuvo pegada al verde. Al green y al swing. Pero no fue hasta 1904 cuando Dottie volvería a saborear las mieles del triunfo. Fue en el último hoyo. En el British. Allí de nuevo, volvía a coronarse. Su deuda con el golf quedaba saldada. Y en el mejor escenario posible.
Todo esto no era suficiente para Lottie. Aún le quedaba algo por probar. Algo con lo que había estado en contacto en la infancia. Algo que la llevaría a subirse al pódium olímpico. En 1906 participó en su primera competición de tiro con arco. Quedo lejos de los primeros puestos. Eso no fue un problema para Lottie. Dos años más tarde, y tras largas horas de entrenamiento, fue seleccionada para representar al Reino Unido en los Juegos Olímpicos de 1908. Era la última estación, el summum de cualquier carrera deportiva y, como para ella no existían los imposibles, lo consiguió.Se proclamó subcampeona olímpica. Era una nueva hazaña. Una hazaña única. Una más que sumar a su mochila de éxitos. Como en tantas otras disciplinas, Lottie volvía a triunfar, a erigirse por encima del resto. Es la historia de su vida. Desde que con apenas nueve años jugaba al tenis en el jardín de su casa. 
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