DOBLETES, PUPAS Y TAL Y TAL

 

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Por José M Sánchez Moro

26 de Julio de 1987. Un provinciano campechano, sin modales y bravucón en el habla entra en el Vicente Calderón con el deslumbrante delantero portugués Futre cogido del brazo. Era el empresario castellanoleonés Gregorio Jesús Gil y Gil. Concurre a las elecciones por la presidencia al Club Atlético de Madrid, teniendo como adversarios a dos ex ministros. Sonríe pletórico, mientras sostiene un habano a la manera de la clase alta (el dedo anular curvado sobre la parte de arriba del cigarro; el dedo índice, oculto, sirviendo de respaldo y sujeción). Acapara flashes, las cámaras lo buscan.  Acaba de acceder a la presidencia. De ese día a la tarde gloriosa del 25 de Mayo de 1996 en la que el Atleti obtiene un doblete histórico y en la que Jesús Gil combatió con los nervios, la mal aparentada discreción y las gotas de sudor que le chorreaban por toda la cara, habían transcurrido seis años y once meses.

Para entonces el Atleti lucía ya la publicidad de Marbella en sus camisetas. Localidad de la Costa del Sol que, de mayoría absoluta en mayoría absoluta, hacía cabalgar triunfante a Gil en su carrera política. Él a la policía marbellí le ponía helicópteros y motitos y los datos demográficos le decían que el aumento de población era imparable. Para entonces, cuando Kiko tras un error del defensa del Albacete transforma el gol que supuso el 2-0 y la sentencia definitiva en la pelea por el título de liga, también sabía que el fiscal anticorrupción y el Tribunal de Cuentas lo acechaban terminantemente. Pero “nadie iba a poder con él ni con el Atleti”. El Grupo Independiente Liberal, partido personalista que lucía en sus siglas las tres letras de su apellido, elección a elección, iba conquistando ayuntamientos de Andalucía.

Para él, “y decía una barbaridad”, la mafia no estaba mal. Aunque no había conocido a ningún ruso. Reconocía, también, que no había hecho historia, “más bien había hecho un flaco favor a su familia y al Atleti”. Y no extraña esta última reflexión. Algunos amigos atléticos, que son de esos que no fallan a su equipo según la leyenda, aún hoy explotan su figura. “Ese robaba dinero del ayuntamiento de Marbella y se lo metía al Atleti. Un jefazo”; “su caballito blanco…”. Y a su familia, observando su humilde procedencia, la enriqueció y aún hoy copa puestos de renombre en el Atlético de Madrid.

Hubo una vez en que Gil no fichó a un jugador “porque perdía aceite”. Para un negro que no corría tenía preparado cocodrilos. Con Futre se las tuvo tiesa pese a ser su talismán y del Frente Atlético (una de las estructuras neofascistas más contundentes e incendiarias de España) opinaba que “representaban los valores del Atleti fuesen donde fuesen”. Gil pasó dos veces por la cárcel. La primera por la venta de viviendas en mal estado que se derrumbarían provocando la muerte de los inquilinos. Lo indultaron las autoridades franquistas. La segunda: pudieron con él y con el Atleti. El “Caso Camiseta”. El desvío de fondos del ayuntamiento de Marbella al Atleti. El Grupo Independiente Liberal, proceso judicial abierto, respaldaba a su líder. En un congreso, los afiliados refrendaron su liderazgo. Los electores, aquellos votantes de Marbella en cuyo nombre agredió a un dirigente del Compostela en la misma sede de la LFP, le daban alcaldías a su partido; como la de Estepona a su hijo, Gil Marín. “Quedaba Gil para rato” repetía a punto de verse en prisión. Gil perdía en los juzgados y el Atleti, con la intervención judicial del club, iniciaba un inevitable camino hacia el descenso. En palabras de Kiko Narváez “nada había más deshonroso que pertenecer a la plantilla que bajaba a segunda división”. Se consumó el descenso en Oviedo y tuvo, Gil, ocasión de estar fuera de la cárcel para verlo. Se trajo a Antic (el del doblete), en una sucesión descontrolada de entrenadores durante toda la temporada, para el final. Fue imposible. El Atleti perdió la categoría. Y, también, en un golpe de mala suerte y ridiculez, la final de copa. Trofeo, el del caos, en el que los colchoneros, durante la era Gil, fue puntero.

Mientras Narváez, tras batir a duras penas al portero del Albacete, simulaba con sus brazos el arquero (sintiéndose Zeus durante unos segundos), Gil tenía conciencia de que “nunca había metido a veinte putas en un avión y las había tirado al mar”. Por encima de sus hijos, el Cholo, ya entrenador, le brindó la victoria de copa de hace un año a Jesús Gil. Por cuánto estaría disfrutando. Y es que Gil “era antimadridista”, él, “perdía el Madrid y era feliz”. “No lo podía evitar”. Con Luis Aragonés en el banquillo y con un Gil, menos heroico en el palco presidencial, el Atleti ascendió a primera división. Abandonó el club e inhabilitado en el ejercicio político, “al que llegó por error y del que se arrepentía haber pertenecido”, se fue a morir de un derrame cerebral en 2004. Un 14 de Mayo. Aquella mañana, tuvo tiempo de llamar a uno de sus concejales en Marbella para decirle “que fuese feliz, que, al fin y al cabo, era lo importante en la vida”.

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