Berlín, una ciudad con historia

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Texto: Alberto Aparicio

Fotografía: Diego Rodríguez

 

La noche cubría la ciudad y los pasos torpes del viejo se perdían en la nieve. Sus manos entumecidas, se aferraban tristemente a su pluma cobriza; mientras vagaba como un perro en busca de un lugar cálido en el que ocultarse. Era un hombre de unos sesenta años, con unos ojos color ámbar que le daban una apariencia salvaje. Entre sus escasas pertenencias, pasaba inadvertido un pequeño libro de viaje; cuyo título: “Bajo el yugo no nacen espigas” le hacía evocar las vivencias guardadas entre sus páginas. Próximo al muro, el reloj señalaba la hora acordada. Pronto volvería a ver a su niña de ojos claros, pronto la hora de su marcha se acercaba…

Años más tarde, la música techno resonaba en un local de la ciudad; generando una ensoñación en la que los sentidos provocaban percepciones oblicuas. El joven Herbert notaba como su mente abandonaba la lucidez, dejándose llevar por el entorno. Era entonces, cuando sentía las pulsiones que le llevaban al éxtasis: el ritmo cardíaco acelerado, la respiración entrecortada y la desvelación de una bestia capaz de ocupar el mundo y joder la autoridad. En ese reencuentro con su naturaleza, parecían romperse las cadenas del tiempo. En ese estado de clímax, Herbert dejaba de ser Herbert. Tras quedar enardecido, su cuerpo se fue relajando poco a poco. Recordaba vagamente su infancia, con las escapadas a medianoche, los golpes de un hermano cocainómano y la mirada firme de aquel niño que pintaba en las paredes con su odio, haciendo de las calles su medio de expresión.

                                                                                                         

 13 de diciembre de 1961

Cinco meses han pasado desde su construcción, y aún recuerdo la sonrisa de mi pequeña  Antonia. Las calles, antes coloreadas por la estampa estival, se ven lúgubres y vacías. Y es, en ese entorno grisáceo; donde la frescura de una rosa cortada resulta lejana. Tan remota, como la realidad al otro lado. Tan muerta, como el muro que la sostiene. La indecisión, es una cualidad del necio; y como tal, me veo abocado a la duda. No sé que hacer…escapar…libertad, las emociones se entremezclan como un alambre de espino. Supongo que a uno lo impulsa el deseo del reencuentro, supongo que es hora de partir.

 

En aquel almacén abandonado, el olor a “spray” revoloteaba por el ambiente. Con rápidos gestos, Herbert formaba figuras graciosas; mientras sus dedos controlaban la presión dada en cada trazo. Sus ojos críticos acompañaban en la creación y los movimientos empleados se daban repetidamente; consiguiéndose así, volúmenes asombrosos. A sus veinte años, Herbert florecía como artista en una urbe insaciable; guardando aquel deseo innato de perpetuar su obra.

Terminado el trabajo, un andar despreocupado le llevó a un “flohmarkt” de la ciudad. Los vendedores ambulantes ofrecían baratijas a los turistas y los numerosos puestos, bajo sus llamativas lonas, protegían del calor. Herbert, deambuló hasta encontrar una pequeña tienda de antigüedades. La estancia estaba repleta de objetos exóticos y el mobiliario antiguo hacía creer a los posibles compradores, trashumantes de épocas pasadas. Con curiosidad, las manos de Herbert se encontraron con un pequeño libro de viaje. Sus viejas tapas estaban en mal estado y apenas podía leerse el título que le daba nombre. Las páginas, habían tomado con los años un tono amarillento y algunas de ellas se encontraban teñidas de un rojo pálido. Herbert lo miró con desinterés, era imposible que aquel diario de ininteligible letra le descubriera una puerta hacia el pasado. Tras unos minutos, abandonó el lugar perdiéndose entre las calles; mientras su sombra se plasmaba en aquel muro de mensajes reivindicativos, cuyas imágenes rememoraban la obtención de la libertad y la pérdida de aquellas vidas pasadas.

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