Myke Tyson, la historia de un imposible hecho realidad

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Por: Adrián Gómez Sánchez

Cuando te conviertes en el boxeador más precoz en ganar el título de los pesos pesadossuele ocurrir que la fama, los lujos y la arrogancia pasan a formar parte de una vida que acaba descarrillando por completo de la más absoluta banalidad. MykeTison, protagonista dentro y fuera del cuadrilátero, es muestra de ello. Desde un principio, su historia no iba a ser un camino de rosas. Myke tuvo que hacerse una coraza a su alrededor, una armadura blindada con el más fuerte de los metales para sobreponerse a una infancia marcada por las burlas, las humillaciones y los golpes. Sin saberlo, estaban creando una bestia. Sin saberlo, su vida en su cochambroso barrio de Brooklyn se convirtió en pura supervivencia.

Tyson no tuvo infancia. Su padre se desentendió de él nada más nacer y su madre, sin fruto alguno, no supo contener una figura arraigada al conflicto callejero. Era su destino, la mejor de las escuelas de un alma predestinada al combate. Debía hacerse respetar, el eterno dilema: o matas o te matan. Suena cruel, inhumano, implacable. Mucho más, si alegamos al propio testimonio de Tyson en su autobiografía: “No había esperanza. Hasta esa fecha, no puedo descifrar cómo desde allí, en ese momento tan peculiar, llegué hasta donde estoy ahora. Las drogas, los robos y los crímenes estaban a la orden del día”.Casualidad o destino, sus innumerables delitos le llevaron a un reformatorio donde su verbo favorito a la hora de expresarse era el de la violencia. Allí, se le previeron condiciones sobrenaturales para triunfar sobre el ring. Allí, la vida de Myke Tyson, cambió para siempre.

article-1220014-00EF2BDF00000191-921_468x361Seguramente no exista figura más influyente para el boxeador que la de Cus D’amato. Este se convirtió en su mentor, lo aleccionó, trabajó duro día y noche junto a él, noche y día cuando el resto descansaba. Sabía lo que tenía entra manos. Enseñó a Tyson un mundo totalmente convergente del que provenía. Entrenamiento, lucha y sacrificio. La perla que tenía entre manos así lo requería. Tyson quería ser campeón del mundo. Cus D’amato, sabía perfectamente lo que hacer para que ocurriese. Y para ello, el entrenamiento físico no era suficiente. El boxeo es inteligencia, técnica depurada, fortaleza mental, control de uno mismo y confianza en un mismo. Él me cambió. Me lavó el cerebro, me convenció de que era el mejor”. D’amato había conseguido domar a la bestia.

La máquina estaba fabricada. Lista para su uso. Los mejores materiales cohesionaban perfectamente en un ente indestructible capaz de llevarse por delante a cualquiera que se pusiese en su camino. Y vaya si lo hizo. Sus primeros veintiocho combates se convirtieron en otras tantas victorias. Con un camino que se inició a los dieciocho años, apenas cumplida la veintena de años ya era el campeón de los pesos pesados más joven de todos los tiempos tras tumbar en la lona a Trevor Berbick. A buen seguro que Cus D’amato, fallecido un año antes a causa de una pulmonía, se enorgullecía de su pupilo desde el cielo. No era para menos. Myke Tyson, aquel niño negro al que acosaban en su barrio, había cumplido su sueño.

Lo tenía todo. Desde su debut como profesional ante Héctor Mercedes en 1985 los triunfos, los éxitos y los récords se sucedían. Hasta que de la manera más inesperada y cinco años después, Myke Tyson sucumbió. Ante el rival más insospechado y tras diez asaltos, James “Buster” Douglas le vencía por nocaut en una de las mayores hazañas y sorpresas de la historia del boxeo. Fue el principio del fin. Desde ese momento perdió el control de su vida, de lo que lo rodeada, de sus hábitos de entrenamiento y de todo lo que a base de sudor y lágrimas le había llevado a la cima.

Su peor momento llegó dos años después de perder el título. En 1992 fue acusado y posteriormente encarcelado por la violación de una joven de dieciocho años de edad. A pesar de ser condenado a seis años en presión y cuatro en libertad condicional, Myke solo cumplió la mitad de su condena entre rejas. En la cárcel no cambiaron mucho sus hábitos. Tal como relata en su autobiografía “UndisputedTruth” Tyson seguía siendo un irresponsable. Un irresponsable con dinero que se creía por encima del resto. “En la cárcel tenía tanto sexo que acababa agotado, ni siquiera me pasaba por el gimnasio. Simplemente me quedaba en la celda todo el día”. Sus visitas y la terapeuta que trataba de ayudarle con sus problemas de adicción, mantenían viva a la bestia sexual.

Allí se encontraba cómodo. Incluso ha llegado a declarar tras salir de prisión que en muchas ocasiones lo único que deseaba era reventar los sesos a alguien para regresar para siempre a la cárcel. Iron Myke, como también se le conocía, no perdió la esencia del boxeo. Seguía disfrutando con el olor de la lona del cuadrilátero. Con el olor a sangre del contrincante. Tres años después de su ingreso en la cárcel fue puesto en libertad y ese mismo curso regresó al ring y a ganar el título mundial. Para su defensa, tendría delante a Evander Holyfield. El resto, es leyenda pura del boxeo, del pugilismo puro y duro. Tyson perdió por KO técnico pero tras la reclamación de sus entrenadores, se acordó una revancha que batió el récord de dinero ganado por un profesional del boxeo hasta que en 2007 se enfrentasen Óscar de la Hoya y Mayweather. El resto que quedo de aquel combate fue un trozo de oreja de Evander en el ring una vez acabada la contienda y la descalificación de Tyson.

A partir de ese momento Iron Myke fue dando tumbos, sin rumbo, acusado por la justicia, pagando ostentosas multas y cumpliendo condenas por comportamientos agresivos en el seno de la sociedad. Trató de tener una última oportunidad de recuperar el cetro de los pesos pesados ante Lennox Lewis. Sucumbió. Ya no era el Myke Tyson que avasallaba a sus rivales, que los apabullaba a base de agilidad y fortaleza. Un año después acabó retirándose y se declaró en bancarrota después de haber ganado alrededor de trescientos millones de dólares durante toda su carrera deportiva. La mala administración,el derroche y el aciago punto de vista ante un posible futuro terminaron de desgastar a un hombre que se dio cuenta de lo que tenía entre manos demasiado tarde.

Ahora trata de revertir la situación, de recuperarse económicamente con su autobiografía, cameos en Hollywood y espectáculos en Broadway, de afrontar la mayor de sus batallas: el convertirse en una persona responsable que disfrute de su familia y de una vida apacible fuera de los vicios que han trastocado la vida de un boxeador predestinado a marcar una época. Ahora imagina la vida si Cus D’amato hubiera estado a su lado todo este tiempo. Ahora trata de recuperar su propia identidad. De algo que, a fin de cuentas, no ha hecho en sus últimos años, que se ha convertido en el mayor imposible de su existencia. Vivir.

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