La pequeñoburguesa sed de martirio de Saramago

José Saramago

 

Por: Diego Rodríguez Sánchez

El día que detuvieron a Antonio y pasó a convertirse en un preso político, sus amigos, que también tonteaban con la política, empezaron a valorarlo más (eso siempre pasa) pero además sintieron celos y envidia.

En su Manual de pintura y caligrafía José Saramago relatando la asimilación de la detención de Antonio hace referencia a ese deseo o a esa envidia de lo que se considera malo, y lo llama pequeñoburguesa sed de martirio. El propio Saramago considera este término prácticamente indefinible, por lo que no voy a intentar dar una explicación digna de la RAE, pero voy a intentar evocarlo de la manera correcta.

Hace unos años escuché una conversación entre dos niños (antes eran niños, ahora uno fuma porros y el otro tiene un problema considerable con el sexo) y estaban hablando de a qué hora se levantaban para ir al colegio. En dicha conversación, el que se levantaba más temprano quedaba como el ganador de esa batalla de ego que siempre tienen los niños, y en realidad el que se levantaba antes era el que más “sufría”, por así decirlo porque levantarse temprano para ir al colegio no es algo que un niño considere bueno. Es decir, estaba haciendo alarde de su sufrimiento.

El comportamiento de un niño es bastante más interesante que el de un adulto porque el niño no está hecho aún para estar en sociedad y representa el comportamiento humano “en bruto” mientras que el adulto depura su verdadero yo y lo esconde tras las barreras de la educación, la moral, ética y demás. Pero aún así, este comportamiento también se da en personas adultas. El claro ejemplo es el caso de los celos que sienten los amigos de Antonio cuando le detienen. Y por lo que parece, todos tenemos esa pequeña parte de sed de martirio, o lo que viene siendo dar pena; unos lo muestran más y otros menos, pero existir existe.

¿Contarle tus problemas personales a un amigo es esta sed de martirio? Probablemente no ya que buscas desahogo o ayuda, pero predicar a los cuatro vientos lo mala que es tu vida, estar quejándote siempre de lo mal que te va y hacer saber a los demás que es así, sí que corresponde a esta sed de martirio. Al final todos tenemos “mal” en nuestras vidas, solo que hay unos que no lo cuentan y hay otros que no paran de contarlo.

portada-manual-pintura-caligrafi¿Y por qué pasa esto? Quizás sea un mero reclamo de atención. Hay muy pocas personas que prefieran pasar completamente desapercibidas. La mayoría de la gente, no voy a decir que quiere llamar la atención, pero sí que se le preste cierta atención. Cuanta más gente te felicite el día de tu cumpleaños más lo disfrutas. Esto puede ser por aquello de que el ser humano es un animal político, un ser en sociedad y cuanto más social seas más a gusto puedes estar. Entonces, si consideramos que a las personas les gusta llamar la atención (en el mejor sentido de la expresión) tenemos que aceptar que lo malo llama más la atención que lo bueno. Si no, hagamos la prueba. Entra en un sitio lleno de gente y di en voz alta, para que todos te oigan, que te has echado novio o novia. La reacción no será demasiada. En cambio, intenta hacer lo mismo pero en vez de que tu vida sentimental va bien, di que tu madre ha muerto. Seguro que a la gente le impacta mucho más, le llama más la atención. Ya tienes el reclamo de atención del que estamos hablando.

Aquí entra en juego otro concepto del que Saramago no habla pero que considero fundamental: la publicidad. Cuando los amigos de Antonio envidiaban la detención seguramente no envidiaban sólo el hecho de la detención en sí, si no que la gente se enterara de lo acontecido. Si la gente no sabe que sufres no te brinda esa atención que tanto quieres, por lo tanto la pequeñoburguesa sed de martirio implica cierta publicidad, al menos en el círculo personal cercano. Es decir, cuando esto ocurre, no te interesa que tus males sean conocidos por el hijo del panadero, pero sí por la chica o el chico que te gusta. Porque el hijo del panadero no te va a hacer ni caso y (salvo algunas excepciones) a ti tampoco te interesa la actitud del hijo del panadero hacia ti. Pero, en cambio, la chica o el chico que te gusta, al conocer tus males a lo mejor está un poco más cariñosa o cariñoso de lo normal y eso a ti si te interesa. Esto ocurre porque la pena y el aprecio muchas veces van juntas de la mano. En numerosas ocasiones se actúa por pena haciendo parecer que se actúa por aprecio, pero esto ya es otro tema.

El concepto de publicidad arrastra consigo, o más bien causa, la aparición de otro concepto: el heroicismo. En una conversación que tuve con un amigo en algún bar de Malasaña a ciertas horas de la noche, llegué a la conclusión de que John Lennon tenía que morir. Si no, no sería John Lennon. Hay una tendencia de las personas a glorificar lo malo. Imaginemos dos fotógrafos de igual calidad. El primero es pobre, tuvo que ahorrar mucho para comprar su primera cámara, en su trayectoria profesional perdió los negativos de una guerra que cubrió y cosas así. El otro fotógrafo es de familia adinerada, vivió bien siempre, su primera cámara fue un regalo de su tía por la primera comunión, etc. Aunque la calidad de las fotografías es la misma, la humanidad volcará más su atención en el que llevó una vida llena de baches y le dará más valor que al otro. Necesitamos héroes en los que creer, ver que hay gente que a pesar de lo difícil sigue adelante y queremos ser como ellos. Por eso tendemos a desear lo malo como algo que aporta una plusvalía a nuestra persona.

Y, desde luego, vivir en comodidad no tiene la mitad de valor de vivir en desventaja con la vida y superarlo. Aunque la meta sea la misma, cuanto más larga es la carrera más valor tiene la llegada. Por eso son los pequeñoburgueses los que presumen de su martirio y lo desean en cierta forma, porque si el martirio fuera real, no había sed, no habría necesidad de tener algo que ya se tiene. Cualquiera que le interese el pensamiento de Sócrates sabrá que éste, complementado con Platón (y si se quiere ir más lejos, con el tedio de Schopenhauer), presenta una fórmula simple que es que se desea aquello que no se tiene y no se puede desear aquello que ya se tiene. Por eso, al término “sed de martirio” Saramago añade, de forma magistral, la clasificación “pequeñoburguesa”. Por eso son los acomodados los que presumen del mal en sus vidas, porque no lo tienen. Una persona que de verdad sufre, no presumiría de ello, lo repudiaría (tedio de Schopenhauer).

El caso es que estos recovecos del pensamiento humano quizás solo un psicólogo sea capaz de profundizar en ellos y aún así puede que de manera muy superficial, pero esta pequeñoburguesa sed de martirio de la que habla Saramago existe, está presente en el ser humano, solo que la madurez y la inteligencia emocional (tal vez) permite depurarla y controlar la forma en la que se muestra al mundo.

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