La estigmatización de la toma de partido

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Por M. Escribano

“Soy partidista, estoy vivo.
Por eso odio a quien no toma partido.
Odio a los indiferentes”
Antonio Gramsci

Hace unas semanas asistí a la presentación del documental “Una mosca en una botella de Coca Cola” en Madrid. Además del director, Javier Couso, y el guionista, Pablo Iglesias, en el acto también participó una de las, a mi parecer, mejores periodistas del panorama actual, Olga Rodríguez. Durante toda la charla-debate hubo numerosos aspectos interesantes acerca del periodismo, los medios de comunicación, el trato de la información en la coyuntura actual. Pero uno de ellos me llamó especialmente la atención.

En una de sus intervenciones, Olga Rodríguez señalaba algo crucial y sin lo que no se puede entender el panorama mediático: la estigmatización de la toma de partido. Desde hace tiempo, el discurso dominante insiste una y otra vez en que los periodistas deben ser objetivos, no posicionarse, tratar la información con independencia de cualquier postura. Ya que, según esta cosmovisión, la toma de partido siempre acaba en propaganda de una determinada posición y, por tanto, debe estar lo más alejada posible de cualquier periodista que se precie de serlo. Es un discurso que se repite hasta la saciedad –con honradas, pero muy limitadas, excepciones- en cualquier facultad de Periodismo, libros divulgativos o especializados e, incluso, los propios medios de comunicación, como es el caso del programa de Ana Pastor, “El Objetivo”.

Pero la verdad es que estas afirmaciones se alejan bastante de lo que ha sido –y, a mi juicio, debe ser- el Periodismo. Partimos de la base de que la objetividad es algo prácticamente imposible de alcanzar. Cualquier contenido informativo está condicionado por el emisor, así como por el medio de comunicación que lo haga llegar a la audiencia. Aquí no solo influye la forma en la que llega –radio, prensa o televisión-, también la estructura empresarial del medio. La percepción del mundo tanto de periodista como del medio –sobre todo este último- es la que acaba predominando en la práctica totalidad de las informaciones. La objetividad es, por tanto, una quimera: siempre estamos condicionados.

En su libro “Periodismo y lucha de clases”, el profesor chileno Camilo Taufic nos enseñó -a través de la cibernética- que, en definitiva, el periodismo es “una forma de dirección social, es decir, una forma de dirección política, y su carácter de clase está determinado por el de la organización social”. O lo que es lo mismo: el panorama mediático es un campo de batalla que reproduce los conflictos de nuestras sociedades. Aunque el autor no lo especifique, estos conflictos no son solo de clase, también de género –a través machismo- y raciales –mediante la xenofobia-. Pese a ello, el conflicto de clase es el principal, y suele acompañar a los anteriores.

Dicho esto, ha llegado la hora de preguntarnos: si la objetividad fuera posible, ¿sería deseable? Si, tal y como hemos señalado antes, los medios de comunicación son reflejo de los conflictos sociales, una suerte de objetividad nos llevaría a la imparcialidad entre las dos partes. Algo que, de primeras, no sería malo, si no fuera porque en todos los conflictos mencionados hay víctimas y verdugos. Adoptar una posición imparcial cuando un hombre pega una mujer, cuando se maltrata a inmigrantes o cuando se tiene a trabajadores en condiciones de mera subsistencia, es algo repugnante. Pero no solo es eso: también significa ponerse de parte de los verdugos, a los que se les exime de buena parte de su culpa.

Además, cuando los medios de comunicación suelen izar la bandera de la objetividad, suele ser una farsa. Se disfraza de objetividad lo que en realidad es la toma de partido de los verdugos. Ni siquiera se hace un intento de alcanzar la imparcialidad. Es más, estigmatizan a quien reconoce que lo hace, acusándoles de ser propagandísticos, cuando la realidad es que la información ofrecida por estos suele ser más rigurosa y ética que la de los grandes. No obstante, quizá debería de servir de lección para estos medios y no presentarse como “revolucionarios”, “proletarios” o, simplemente, “alternativos”, sino dar al público la misma imagen de independencia y de neutralidad que el resto, aunque se acaben mojando.

No quisiera cerrar estas líneas sin diferenciar entre rigor y objetividad, conceptos que aunque parezca que van de la mano, suelen estar totalmente separados. Una información que no sea objetiva, puede ser perfectamente una información rigurosa y de calidad. Con la objetividad pasa algo parecido. Una información objetiva no tiene porqué ser rigurosa ni de calidad. Esta distinción, que explicada así puede parecer muy obvia, ha sido una de las mayores bazas de los predicadores de la objetividad.

Bancos y grandes empresas ya se han acabado de adueñar de los principales medios de comunicación, que no han dudado en tomar partido por sus propietarios. En un contexto de contrarrevolución de los ricos, es más necesario que nunca un periodismo que tome parte por las y los de abajo. Este periodismo ya existe, ahora toca apoyarlo.

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