Camino de flores

Un artículo de HIMYM sin spoilers del final. Por Francisco Lirola

208 episodios. 76,27 horas de nuestra vida dedicados a descubrir cómo Ted Mosby, un joven arquitecto reconvertido en neoyorkino, sabelotodo, maniático, fiel a sus amigos y con tendencia a la autodestrucción, conoció a la madre de sus hijos. Aunque en algunos capítulos parezca que sólo quiere presumir de sus hazañas ante sus vástagos, ojipláticos tras escuchar las aventuras sexuales de su padre, entre ellas las que protagonizó con su querida “Tía Robin“. Traumático.

La juventud de Ted no es la ideal. Ni siquiera la de Barney, que no está mal. Ted es tan normal como tú y como yo, y podríamos tener una vida como la suya si contáramos con la creatividad de un equipo de veintitrés guionistas, la sensatez de alguien que se apunta al casting de Gran Hermano y mucha, muchísima suerte. Y dinero. No es imposible, es complicado. Sólo con creatividad e insensatez puedes vivir el 80% de las aventuras de la panda del Maclaren’s. Lamer la Campana de la Libertad, pegarte con un camarero, escribir una guía con trucos para ligar, borracheras con resultados dramáticos, conducir una moto en un casino, ensartar a tu prometida con una espada a lo Froilán, concursar en El Precio Justo, ser una superestrella en los 90, comer bocadillos… Vale, son muchas cosas y muy locas, pero la mayoría son realizables, puede que no para toda una persona (la vida humana no va por episodios) pero sí para un grupo. En HIMYM magnifican las escenas míticas de las historias que contaremos nosotros a nuestros nietos y le otorgan el título de “legen-dario“.

How-I-Met-Your-Mother-Photoshoot-In-Bathroom

Pero esto no es un jardín de rosas, más bien es el camino de flores con el que sueña Pedro en La sombra del ciprés es alargada de Miguel Delibes. Por el camino vamos recogiendo flores de todo tipo, pero se acaban por secar y entonces hay que buscar otras, aunque las hay irreemplazables. La muerte del padre de Mashall, las meteduras de pata, los amores trágicos o nos correspondidos, el vientre infértil de Robin, la fuga de Stella, pelearte con tu mejor amigo… En esos momentos de la serie en los que otra persona (o personaje) caería en una profunda depresión, siempre hay algo que prevalece y que lanza una cuerda al foso: la amistad. La del Maclaren´s es una panda heterogénea y basada en unos lazos de confianza bien hilados por el tiempo. Si Marshall y Ted no hubieran sido compañeros de habitación en sus años universitarios seguramente ni se habrían conocido, en un mundo normal Lily y Robin nunca hubieran pensado que podrían ser amigas y, desde luego, si no fuera por las circunstancias ninguno de ellos querría salir con Barney. Es el cariño lo que les une, la experiencias vividas, las confidencias compartidas, los sentimientos encontrados… Al final eso es lo único que importa.

Una vez cada tres años Ted, Marshall y Barney se reúnen para ver la primera triología de la Guerra de las Galaxias (como buenos puretas rechazan los episodios I, II y III) y a imaginar cómo serán sus vidas dentro de tres años. Todas son maravillosas, Ted siempre se ve casado y siguen todos juntos. Eso lo hemos hecho todos, imaginar un futuro en común, todos amigos, todos unidos. Como si los años no pasaran en balde. En los últimos episodios de la serie Ted comienza a ser consciente, y por ello la segunda parte de la novena temporada, más allá del evento principal, se centran en la amistad. En las relaciones entre los cinco, con los sentimientos que guardaban explotando. Pero es muy fácil perder a un ser querido. Basta con que las cosas se tuerzan un poco. Cada persona tiene sus objetivos, y su propio camino para alcanzarlos. Es duro perder o alejarnos de alguien a quien queremos, pero si ese cariño que les profesamos es verdadero, debemos dejarle seguir sus estelas en la mar. Y nosotros también. Hay mucha gente a la que estoy acostumbrado a ver, pero un día, de repente, no estarán. Pasará sin que nos demos cuenta, y cuando encontremos una vieja foto en Facebook pensaremos con rabia “¿por qué no hablamos?”. Ya no formarán parte de nuestro día a día, y habrá que acostumbrarme a su ausencia. No queda otra. Esas personas son nuestras raíces, y cada momento que pasamos juntos se meten más y más dentro, a la vez que se alejan de nosotros, abriéndose paso por mil grietas y huecos, pero sustentándonos y formándonos.

Cuando Ted empieza a contarle la historia a sus hijos podemos pensar que es el desvarío de un señor con ganas de revivir sus años dorados. Pero en realidad, el viejo Mosby les está dando las lecciones para aguantar a la vida: atesorar todos esos momentos, buenos o malos, en lo más profundo de nuestro corazón, no olvidar, pero seguir siempre adelante. Me temo que esto es hacerse mayor.

 

Anuncios