Ángel González, un académico con sus despistes y su barba

Por: José M. Sánchez Moro. Imagen

Osasuna 0 – 0 Recreativo de Huelva. Ese, a las nueve de la noche de un domingo cualquiera, sería el partido que, por el Canal Plus, cogerías viendo –cosas de señor despistado- a Ángel González. De beber güisqui con agua, de comer croquetas frías del mediodía. ¿El bar? Ángel González se colaría despistado en bares de estos que tienen una estampita de la patrona local encima de la cafetera  y serrín en el suelo para ocultar los gargajos flemosos que brotan de los acartonados pulmones de los enfermos de tabaquismo. Ángel González fue un poeta español que nació  en Oviedo en el año 1925 y que murió en Madrid en el año 2008. De pulmón. Fue un niño que creció en aquella posguerra nuestra tan tuberculosa y tan hambrienta, y que de mayor fumó en demasía. O tal vez, no fue de pulmón. Sí, pudo ser que lo asaltase definitivamente una de aquellas muertes -como versificó en su primer poemario, Áspero Mundo– que le sobrevenían por las tardes. Con Áspero Mundo tuvo accésit en el Adonais.  Un premio de esos que consagran. Como a Valente o a Diego Doncel. Desde el título se presiente la insatisfacción, el conflicto con una realidad desgarradora. La realidad del contexto social franquista. El yo poético persiste, “deshilachado y roto por los puños”, en la salvación que conlleva el encuentro con el poético; la cual, “mientras exista y mientras haya una remota posibilidad de que este viva”, lo sostendrá deparándolo felices evasiones.

Luego, tras un par de poemarios más, cruzó el charco y se fue a conferenciar a las comunidades hispanohablantes de américa. Para entonces ya había obtenido el premio Antonio Machado. En Colliure. Y les brindó un poema. A Machado (siempre lo presintió como elemental influencia) y a la ciudad del sur francés. Y para entonces ya sabía que era poeta, pero porque se lo dijeron. Y fue enterarse y abandonar sus estudios, ya que (esto lo contó en una entrevista posterior en la que bebía agua para suavizar la tráquea mientras fumaba) dedicaba más tiempo a escribir que a estudiar. De Ángel González se conservan fotos de cuando viejo. Indudable pinta de ser un dominguero con distracciones. Pese a ser la letra “P” de la Real Academia de la Lengua, él lucía simples y comunes camisas de mangas cortas que, en su caso, cosa de la delgadez, se extendían hasta el antebrazo. Seducido por el bolero (de Machín, en concreto) decía, cuando le entrevistaban, que desde siempre le había sido difícil creer en la Unión Soviética. Sobre sus distracciones de dominguero y señor casquivano, también hablan sus poemas. Por ejemplo, de sus coqueteos con la bebida eran culpables las cucarachas de su casa. O mejor, una vez que amaneció rodeado de putas, una se acicalaba, la otra se calzaba las medias para otra intensa jornada, y él, ay, se deleitaba, en mitad del entuerto, con una ventana que le traía la esbeltez de la torre de un campanario. Tampoco lo podían sacar de casa. Un tipo dotado de condición poética puede perturbar el orden lógico de una comida familiar o reunión de amigos. Si no quieren creerme tomen Tratado de Urbanismo. Rebusquen, revisen y den con un poema. Un poema que es canto, apología abierta contra el matrimonio y el aparejar convencional. Un poema de formas y tratamiento exclusivamente narrativos.

La decisiva aportación de Ángel González a la poesía española la encontramos en ser el abanderado de un tiempo de trasvase de las formas de la poesía social de Celaya y Blas de Otero a las formas aparentemente mal cuidadas, narrativas y poco musicales, de la poesía de la experiencia que se cultivó durante toda la segunda mitad de siglo.

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