HISTORIA DE UN DUELO ENTRE SUPERDOTADOS: JUAN BENET Y LUIS MARTÍN-SANTOS

Por José M. Sánchez Moro

 


Juan Benet 1

Uno era de pelo blanco, bailable como si estuviese recién enjabonado, y de cejas negras. Juan Benet se llamaba y al sonreír, lo hacía con travesura, emergía de su cuello una hinchada papera que se acentuaba con la presión del nudo de la corbata, corbata que hoy es de esas corbatas de época, corbata en blanco y negro, de poco grosor y llegada, muy justa, hasta la boca del estómago. El otro era marroquí de nacimiento. Se llamaba Luis Martín-Santos. El pelo rizado y abrupto, ojos enormes pero miedosos, y torso oculto tras un gabán prolongado con holgura hasta los tobillos.

 Juan Benet y Martín-Santos eran muy amigos, tan amigos que se retaban en sueños. De copas en un Madrid castizo y de coquetería crepuscular se fraguó entrambos una venganza, mitad persecución, mitad deseo de mitificación. Martín-Santos, Joyce; Juan Benet, Faulkner.  Buscaban superarse entre ellos con una prosa inentendible por un lector vulgar, reservada para élites y filologuchos. Benet era ingeniero y Martín-Santos un médico que se pateaba psiquiátricos. El primero porque su primo le regaló un libro de Faulkner a los veintes, sino no hubiera escrito nunca. El segundo, según rocambolescos biógrafos, poco cariño tuvo a su familia pues el accidente de coche que provocó su muerte, que no sería accidente en este caso, fue un suicidio  y en el interior del vehículo viajaban padre y hermano del supuesto suicida. Martín-Santos dejó una decisiva y, por siempre, necesaria obra que se llamó “Tiempo de silencio”. Además fue única en vida del autor, dada su, ya mencionada, controvertida y prematura muerte. Es una historia simple, en un Madrid de posguerra, de mosquetones ocultos y apología del charleston. No seduciría a nadie ni haría que se hablase medio siglo después de su aparición de no ser por unos giros verbales y un retoricismo en las oraciones de tres líneas, subordinación tras subordinación, propias de experto en una técnica inexplicable para una narrativa, el realismo social de entonces, agotada y de escapes formales ya reducidos.

 A Juan Benet dice que lo lee Javier Marías. Y lo dice con intencionalidad elitista. Y es que, de Juan Benet, para mal, no se ha dicho mucho. Sí que legó una obra más abundante que Martín-Santos, iniciada con publicaciones en “Revista Española”, redondeada con el premio Seix Barral “Biblioteca Breve” y finalista  del Premio Planeta, aunque eso vendría después de “Volverás a Región”. Este libro hoy, con el tiempo, es la cima y paradigma de una época. Apunta Valle-Inclán de sí mismo y su obra:

“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”.

Pues desde el callejón del gato de Valle-Inclán y con la precisión y conocimiento de conocimiento de geografía de un ingeniero de caminos, Benet nos lleva de viaje a un lugar llamado Región donde los barrancos tienen color de elefante y transitar caminos es imposible durante gran parte del año. Es Región lugar en el que se ha desarrollado, se desarrolla y se desarrollará una guerra civil. Guerra y posguerra han sido en España ejes temáticos de infinidad de publicaciones. Esta primavera, por ejemplo, Almudena Grandes vuelve con ello. Región es una España deformada. En Región los personajes son fronteras, ridiculización, desde la ironía reprobatoria de Benet, de una España en guerra. El estilo: arrogante. Como él, como ellos, lenguaje y estilo están enfermos de soberbia, petulancia y amor propio.

 

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