JENN DÍAZ, DESDE EL MÁS ACÁ (ENTREVISTA)

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José M. Sánchez Moro y Guiomar Quintana Suárez

Jenn Díaz es una autora catalana nacida en 1988. Aunque se inició en el mundo de la literatura prácticamente por casualidad de la mano de un blog (Fragmentos de interior), a partir de mañana será responsable de cuatro retoños: “Belfondo”, “El duelo y la fiesta”, “Mujer sin hijo” y “Es un decir”. Hablamos con ella de la condición de escritor y de los pormenores del mundo literario.

 

 

Antes de nada, ¿qué es eso de que Puebla de la Calzada (Badajoz), las Vegas Bajas, compone el universo literario y no literario de Jenn? ¿Reinventando Macondo?

Puebla de la Calzada es el pueblo de mi abuela. Desde que tengo cuatro meses paso allí los veranos, excepto algunas temporadas, como cuando mi bisabuela murió y la casa a la que íbamos pasó a ser del tío José. A mis abuelos les parecía que molestaban y nos distanciamos un poco. Después tuvieron un piso propio y volvimos a ir, pero yo con menos regularidad. Y, ¿ves?, por eso forma parte del universo no literario y del literario, porque mientras contaba esto, que mi tío se quedó solo y mi bisabuela murió y dejamos de ir, me he quedado pensando en que bien podría ser un cuento. Por eso Puebla de la Calzada tiene para mí mucha más relevancia que Barcelona o Sant Feliu de Llobregat, donde me he criado —me resulta infinitamente más interesante, inabarcable. Y de ahí el ruralismo que me caracteriza. Con veinticinco años y viviendo donde vivo, de algún sitio, además de los libros, tendría que venir todo esto. Macondo… sí, me gustaría estar reinventando Macondo, pero Macondo es inmenso, igual que García Márquez… Quedaría aún mucho que hacer.

Juan Ramón Jiménez quemó todo ejemplar que pudo alcanzar de su primer libro. ¿Jenn mirará atrás con orgullo o con autocrítica estilística?

¡Ay! Las primeras obras. Recuerdo que hace un año y medio o así Isaac Rosa, con el que coincidí en el Instituto Cervantes de Lyon, me dijo —después de leerse Belfondo— que seguramente se convertiría, con el tiempo, en esa primera novela de la que todos renegamos. La verdad: no lo entendí. No sabía hasta qué punto incomoda una primera obra publicada. A mí Belfondo me avergüenza un poco, pero no es preocupante: casi inmediatamente me avergüenza todo lo que escribo.

Si Jenn despierta una mañana y le ofrecen un viaje a elegir: ¿Té en Marruecos, cañeo en Madrid-centro o la coquetería crepuscular rusa/escandinava, por ejemplo?

Té en marruecos, seguro. Sobre todo porque no me gusta ni la cerveza ni el frío.

¿Maniática en los horarios durante procesos de creación?

No, qué va. Antes escribía casi de noche, porque soy muy perezosa y me despierto muy tarde, así que después no tenía sueño y mi actividad era más bien nocturna. Pero también he escrito por la mañana y por la tarde. Ahora, por ejemplo, escribo durante el día mientras hago otras cosas. Dedico toda la jornada a lo mismo: escribir. Artículos, poemas, cuentos, novelas. Lo que sea. Y mientras, friego los platos, como, hago la cama, pongo una lavadora, me ducho, pierdo el tiempo… Al ritmo lento de Martín Gaite, pero sin parar.

 ¿Algunos lectores locos y enamorados de su prosa que le escriban? Si es así, ¿qué ha sido lo más estúpido que haya oído Jenn de ellos?

Estupideces he oído muchas, sobre todo leído. Pero nunca son locos y enamorados de mi prosa, y nunca me escriben directamente a mí. Quiero recordar algún episodio bochornoso para contarlo, pero la verdad es que no me ha pasado nada, excepto que un fotógrafo me preguntó por qué me peino así si me queda mal.

Una canción.

Chelsea Hotel, pero la versión de Rufus Wainwright.

¿Dónde escribe, fundamentalmente?

Donde esté. En mi casa, ahora en el comedor o en la terraza. En el comedor porque en el sitio que tengo organizado para escribir hace frío, y en la terraza porque cuando hace sol no me apetece estar en el sitio que tengo organizado para escribir. Pero no tengo demasiado problema: a veces con una mesita plegable, a veces donde como, a veces apoyada en el regazo…

¿Jenn buscó o la buscaron?

A Jenn me la encontré. Tenía un blog y escribía cuentos allí, y de pronto me vi con agente y con una editorial interesada por una de mis novelas. Hasta que no tuve agente no consideré la posibilidad ni de escribir ni de publicar, pero después vi que era viable. Y en Lumen me encontraron, o hicieron que me encontraran. Silvia Querini fue a la librería Pequod, en el barrio de Gràcia de Barcelona, y pidió una recomendación. Afortunadamente Consu, la librera, le sacó Belfondo de la estantería y le dijo: éste. Desde ese día vivo para devolverle el favor a Pequod Llibres y a la generosidad inmensa de Silvia.

Al hilo de lo anterior, hay escritores olvidados que desde la vanidad o la impotencia y, valiéndose de la digitalización -la venta en red- y su dinero, optan por la autopublicación. ¿Qué opinión le merece? ¿Qué les aconsejaría?

No creo que haya que generalizar. Habrá olvidados y habrá vanidosos y habrá impotencia, y también mucho ocioso, pero la autopublicación me parece un canal tan válido como otro cualquiera. El problema es que con la autopublicación la criba que hacen las editoriales no existe y el lector, en principio, debería desconfiar de que su mayor crítico sea el mismo autor. Pero ¿por qué no? Muchos libros se han sacado de la autopublicación. Ahora es más fácil porque todo es digital y a veces apenas te cuesta nada: colgar tu documento en una página web. Pero antes también había autofinanciación. El mundo del libro es precario, ¿por qué no buscar alternativas y eliminar intermediarios?

¿Cree, mirando su edad, rememorando a Larra o Morrison, que hay un especial atractivo por el público lector en el talento juvenil?

Es indiscutible que si una editorial está interesada en tu trabajo y además eres joven, hay ahí un atractivo añadido. No tanto para el editor como para la prensa, pero la relación es directa. Si la prensa te hace más caso porque además de tener una novela, eres joven y puede ser noticia, mejor que mejor. De ahí se beneficia la editorial, por eso se le da importancia al perfil. Si se pueden promocionar o no, como reconoció Claudio de Lamadrid a Jot Down. Pero la juventud es un arma de doble filo: lo mismo interesas a la prensa por ser prematura, que el público te menosprecia por el mismo motivo.

Si oye “Las edades de Lulú”…

No sé nada.

¿Cuál es la manía más estúpida de Jenn mientras escribe? ¿Y la más peculiar o atractiva?

Que me levanto y me doy una vuelta si me pongo nerviosa. Si estoy en un punto clave o se me ha ocurrido algo o he escrito alguna cosa que abre la historia, me tengo que levantar y andar un rato por la casa. No sé si eso es estúpido, peculiar o atractivo.

Dicen que “Pedro Páramo” fue finalizado por los amigos de Rulfo. ¿Tiene consejeros expertos en la materia? Antiguos amigos de universidad (Jenn estudio filología), personas ajenas a las luces y los escaparates con los que pudo tropezar en su vida y que merezcan consideración por su parte y, en consecuencia, la asesoren…

No, no tengo. Por eso la figura del agente es, en mi caso, tan importante. Es una pared. Si acabo de escribir algo, mi primer lector siempre es mi agente. En cuanto acabe lo que estoy escribiendo, Ella Sher será mis primeros ojos y mi primera valoración. Y después, la editora, en este caso Silvia Querini.

¿Y consejeros emocionales que la empujen en su carrera y a los que en un discurso políticamente correcto Jenn “les deba todo porque sin ellos nada hubiera sido posible”?

Cuando acabo de escribir algo, o incluso antes de acabarlo, a veces se lo leo en voz alta a mi pareja. Eso me ayuda, porque me fuerza a tener un ritmo, a ver dónde la frase flaquea, o cuándo me quedo sin aliento, o dónde he cometido un error. Me sirve muchísimo.

Desde Safo de Lesbos hasta Ana María Matute, ¿cuáles han sido las referentes femeninas de Jenn?

Referentes no sólo como escritora, sino como lectora, que está muy relacionado: Natalia Ginzburg, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Virginia Woolf, Carson McCullers, Clarice Lispector…

Sobre el “hacerse escritor” Francisco Rico decía que la literatura es la historia de la literatura, que a todo escritor le ha dado pulso otro escritor anterior en el tiempo. ¿Fue el emular las primeras lecturas lo que empujó a Jenn a escribir? ¿Pudo Jenn ser motivada a escribir por ambición y reconocimiento literario, o fueron las circunstancias?

Sí, desde luego. Empecé a escribir porque leyendo a Martín Gaite quería ser Martín Gaite. Ya escribía cosas pequeñas, pero fue leyendo a Martín Gaite cuando me animé a hacerlo más seriamente: más seriamente conmigo misma. No fue ni por entorno hostil ni por circunstancias ni, por supuesto, reconocimiento literario. Hasta que se tiene reconocimiento literario se pasan muchas horas en soledad, peleando con uno mismo y la escritura: hay que estar muy mal de la cabeza para hacer todo eso sólo por reconocimiento. Un reconocimiento que en la mayoría de casos no va a llegar nunca, además. Y la biblioteca familiar no podía ser cobijo alguno, porque no había biblioteca familiar. Así que fue porque sí: me puse a estudiar filología hispánica porque si algo me gustaba era todo lo relacionado con las letras, pero sin mucho convencimiento. Después dejé la carrera, tenía un blog, leí a Martín Gaite… y me puse a escribir como una loca.

¿La película de la semana pasada? ¿La de su vida?

No vi ninguna película la semana pasada. Y creo que tampoco tengo película de mi vida. Depende. Vi Quién teme a Virginia Woolf en un momento que debía verla, por lo que estaba escribiendo, y guardo un buen recuerdo por la sensación de estar tocando con la punta de los dedos aquello en lo que quería profundizar. De todas formas, se me olvidan las películas, las historias, los actores, los directores. No retengo en el cine, no sé por qué. Quizá por eso no acabo de tener una preferida.

Curioso que todas las editoriales que consagran estén en Barcelona. Tusqets o Seix Barral, sin ir más lejos. Se podría hablar de limitaciones geográficas en cuanto a círculos o áreas de influencia…

No creo que sea indispensable estar en Barcelona o en Madrid, pero es infinitamente más fácil. Hay zonas, por ejemplo Galicia, que salen perdiendo en este sentido. Sobre todo si, además, la comunidad tiene otra lengua que convive con el castellano. Es más difícil, pero no es imprescindible estar en el círculo. El que sí debe estar en el círculo es el agente, que al fin y al cabo es el que debe encargarse de todo ese circuito que viene después de la escritura.

Ventajas y desventajas de escribir a mano.

Para mí, la mayor ventaja es que me ofrece la lentitud precisa que necesito para escribir, porque soy un torbellino. Se escribe diferente, con otro poso. Pero después hay que pasarlo a ordenador… es lo más aburrido, aunque sirve para revisar. Mientras vas pasando, eliminas o retocas. Al menos yo lo trabajo así. Primero a mano, después revisión mientras lo paso y después revisión cuando se ha acabado. Me permite reincidir sobre la novela de una manera diferente a cuando me pongo a corregir. Si estás pasando, estás releyendo con mucha intensidad, porque tienes que copiar tus propias palabras. Lo mejor es tardar un poco desde que se escribe hasta que se teclea, porque te da tiempo de distanciarte y lo que en papel te parecía una cosa, al reescribirlo te parece otra. En general, todo son ventajas, menos la pereza de tener que coger todo lo que ya has hecho y empezarlo de nuevo en una pantalla.

¿Según Jenn, qué futuro le espera al papel?

Todo el que quiera y necesite. Y eso que tengo un aparatito y no niego su comodidad, pero nada se parece al papel. La sensación es otra, pero no sé explicarlo. Es como si todas las páginas fueran igual, porque siempre es el mismo aparato; mientras que con un libro en papel tienes que pasar, y eres más consciente de que estás pasando. Algo así.

Escritores que se abren a las redes sociales, ¿regodearse en su ego o mecanismo idóneo para interactuar?

Todo. El ego, un mecanismo idóneo para interactuar y la posibilidad de compartir lo que estás haciendo. Tú mismo eres una campaña de marketing. A veces es cansado, otras veces divertido. Es bastante peligroso, porque puedes hacerte pesado. Se necesita un equilibrio que es difícil de determinar, porque lo único que quieres es que lo que tienes entre mano funcione, y haces todo lo posible para que así sea. Pero los demás pueden no recibirte bien.

La tachan de oportunista. Aborto, PSOE vs. PP, Ministerio de Igualdad, titulares y portadas en los diarios de tirada nacional sobre el tema…

¡Sí, hombre! ¡Quién me trata de oportunista! A veces soy una anciana escribiendo sobre la posguerra y otras, una oportunista. Así no hay manera de encontrar mi sitio en la sociedad.

Rimbaud dejó de escribir a los 22 y se hizo mito. Salinger se enclaustró tras autobiografiarse con Holden. Si Jenn cree, llegado un momento, no que lo haya hecho todo pero sí lo suficiente para ver su nombre al lado de un “-ismo” en los manuales de literatura, ¿diseñaría una estrategia publicitaria de este corte?

Espero que no llegue nunca el día en que crea que ya he hecho todo lo que tenía que hacer. Sería una malísima noticia para mí.

Acaba de publicar Es un decir. De todo cuanto rodea a una publicación, (firmas, conferencias, compromisos con la editorial, etc.), ¿qué es lo que más aborrece?

Aborrezco todo. Las entrevistas, las conferencias, las firmas, sobre todo las presentaciones. Lo aborrezco porque soy poco social y al principio me da mucha pereza, pero luego me lo paso bien: sobre todo si la gente que hay al otro lado hace bien su trabajo. Pero no es la parte que más me divierte, porque paso muchos nervios y lo disfruto cuando ya ha pasado.

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