Suárez, la dignidad y los monstruos

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Por M. Escribano.

“- ¿Y piensas conseguirlo haciendo saltar por los aires un edificio?
-El edificio es un símbolo, como lo es el acto de destruirlo. Los símbolos solo tienen el valor que les da la gente. Por si solo, un símbolo no significa nada, pero si se unen muchas personas volar un edificio puede cambiar el mundo”.

V de Vendetta.

El pasado fin de semana coincidieron dos acontecimientos de gran relevancia en nuestro país: la multitudinaria manifestación de las Marchas de la Dignidad y la muerte de Adolfo Suárez. Puede parecer que ambos sucesos están separados y que, más allá de su coincidencia temporal, no guardan relación entre sí. Nada más alejado de la realidad.

De las Marchas de la Dignidad no hemos sabido mucho a través de los medios de comunicación : la atención se ha focalizado en las imágenes violentas, dejando en lugar secundario el hecho de que un millón y medio de personas llenara las calles de Madrid e ignorando sus reivindicaciones. Wyoming lo ilustraba con bastante acierto en El Intermedio: lo que han hecho los medios a la hora de informar sobre las Marchas hubiera sido el equivalente a informar de un partido de fútbol mostrando únicamente los incidentes entre hinchadas al final del encuentro e ignorando el juego en sí. Puede parecer ridículo, pero algo parecido pasó el 22M, que recibió un trato parcial y sesgado en la práctica totalidad de estos medios de comunicación.

Sobre Suárez y su muerte nos han contado demasiado, pero no por ello sabemos mucho. Nos han querido contar tanto que la muerte del ex-presidente llenaba espacios y minutos incluso antes de que se produjera. Desde el viernes por la mañana, cuando se comunicó su “inminente final”, comenzaba toda una avalancha de información sobre el que fue líder de la UCD. El domingo, al llegar la noticia de su muerte, esta avalancha cobraba una fuerza aún mayor. Aquí el trato también fue parcial y sesgado: habría que hacer un trabajo muy cuidadoso para encontrar un programa, cadena o periódico que adoptara una visión crítica de Suárez y/o la Transición. Si en el anterior caso hubo una desinformación por falta de cobertura, aquí pasó todo lo contrario: se sobreinformó.

Hoy no me interesa escribir acerca de Suárez y su trayectoria, tampoco de la importancia las Marchas de la Dignidad. Creo que ya hay abundante literatura (de gente que sabe mucho más que yo sobre ambos) sobre ello en buena parte medios digitales y no tendría sentido que escribiera también sobre este tema. Hoy voy a hablar de símbolos. Solo podemos entender la relación entre la muerte de Suárez y las Marchas de la Dignidad si nos atenemos a su significado simbólico. Muchos dirán que analizar la realidad en base a dos símbolos es una simpleza, pero, tal y como señalé en la cita de V de Vendetta, los símbolos tienen el valor que les da la gente; por sí solos no significan nada, pero si se cargan de significado pueden llegar a cambiar el mundo.

Lo que nunca cuentan sobre el consenso

La Transición fue un proceso mediante el cual se instaura la democracia representativa, acompañada de un sistema económico capitalista, en España. También se intentó crear un Estado del bienestar homologable al del resto de países europeos, pero el resultado dejó bastante que desear, debido al enorme poder de las fuerzas conservadoras tras 40 años de dictadura (una dictadura, no olvidemos, de clase).

Este modelo fue fruto de la correlación de fuerzas la época. Una correlación que los medios de comunicación disfrazaron de consenso, como algo modélico, incluso exportable a otros países. Pero lo cierto es que estas transacciones se produjeron en un marco profundamente desigual. Mientras que las fuerzas conservadoras estaban plenamente asentadas y contaban con apoyo económico, mediático, militar y gozaban de hegemonía en una parte importante de la sociedad, las fuerzas progresistas venían del exilio o la clandestinidad, se encontraban fragmentadas, desorientadas, sin apoyos y teniendo que hacer frente a cuarenta años de propaganda franquista.

Simplemente observando qué renuncias hizo cada fuerza para lograr esta Transición podemos observar lo desigual del consenso. Las fuerzas provenientes del régimen anterior hicieron renuncias mínimas para intentar construir una democracia occidental parecida a las vigentes en el resto de países europeas. Es decir, aceptar elecciones, legalizar partidos, acabar con las condenas políticas, etcétera. Por el contrario, la izquierda tuvo que renunciar a muchos de sus principios elementales: rechazo de la República como modelo de Estado, aceptación de la monarquía, amnesia colectiva, Pactos de la Moncloa… Configurando así una serie de consensos profundamente injustos, se miren por dónde se miren.

El historiador Juan Antonio Andrade Blanco, lo expresa así en su libro “El PSOE y el PCE en (la) Transición”:

“El discurso del consenso al que se alinearon los partidos más representativos de la sociedad española sirvió para legitimar el nuevo sistema político en construcción desde coordenadas ideológicas que no eran las propias de la mayoría de la oposición democráticas, sino de las resultantes de la transacción de éstas con las del poder político heredero de la dictadura. El discurso del consenso supuso así la formalización de una ideología latente que tuvo un efecto homogeneizador sobre las distintas opciones políticas de la España del momento, hasta el punto de que sofocó identidades históricas de dilatada trayectoria”.

Suárez fue el artífice y máximo exponente de este consenso, así como su principal símbolo. Un hombre que proveniente de las élites franquistas fue el encargado de pilotar nuestra Transición. No se equivoca Juan Carlos Monedero cuando dice que este proceso nos hizo creer que la lucha no era entre franquistas y demócratas, sino entre el búnker y todos los demás. Y aquí no solo está Suárez: está Juan Carlos de Borbón, Manuel Fraga o Juan Luis Cebrián, por poner algunos de los ejemplos más conocidos. Así, algunos que habían sido franquistas toda su vida, se levantaron al día siguiente como perfectos demócratas.

Desde el momento en que se conoció que la muerte de Suárez estaba cerca, los medios han tratado de volver a mitificar la Transición, alegando la necesidad de consenso en la España actual. Este consenso en la actualidad no sería otro que la coalición de gobierno entre PSOE y PP que, si atendemos a las políticas de ambos partidos, sería la más coherente del panorama actual. Un consenso que, de nuevo, favorecería a los de arriba, a los ricos, a la clase dominante, en perjuicio de las clases populares, ya muy perjudicadas de por sí por las políticas de estos gobiernos.

Españoles, el consenso ha muerto

El general Franco, tras cuatro décadas de dictadura, fallecía en 1975. En aquel momento se produjo un importante aumento de las movilizaciones populares contra el régimen franquista -tal y como demuestra el récord de huelgas de aquellos años-, que presionaban de forma constante para conseguir los derechos y libertades que les habían sido robados durante tantos años. Aunque Franco murió en la cama, la dictadura murió en la calle. Si esa gente no se hubiera jugado todo en sus reivindicaciones de esos años, el futuro de España habría sido muy distinto.

Andrade Blanco sostiene que la Transición fue un proceso de “virtualización de la política”, donde la relación política-ciudadanía se iba encontrando cada vez más intermediada. Algo que hizo un enorme daño a las organizaciones de base, que fueron las que combatieron la dictadura en la clandestinidad de forma más contundente, como demuestra el paradigmático caso del PCE. Un fruto más del consenso, la cultura del “haga usted como yo, y no se meta en política”.

Este consenso ha permitido perpetuar el régimen resultante de la Transición durante más de treinta años. La crisis económica ha actuado como un factor decisivo en el declive de este sistema político y económico, tal y como evidenció el movimiento 15M. Hoy todo lo que se construyó durante aquellos años está en sus horas más bajas: monarquía, partidos políticos tradicionales, instituciones, medios de comunicación, poder económico… Todos experimentaron su auge con la entrada del nuevo sistema político, y todos están cayendo con él.

La necesaria vuelta del conflicto

En todo caso, el consenso no lo ha roto la izquierda ni los movimientos sociales, sino las políticas de los distintos Gobiernos que, sometidos a los dictados de la Troika, han servido a los intereses de bancos y grandes empresas, a costa de empeorar las condiciones de vida de la mayoría de la población. Algo que algunos han bautizado como la “contra-revolución de los ricos”. La multiplicación de las movilizaciones durante estos años, es la legítima defensa de las víctimas de esta agresión de los poderes político, económico y financiero.

Las Marchas de la Dignidad han tomado el relevo del 15M con fuerza e ilusión. Muchos creerán que estas marchas acabaron el día 22, con la llegada a Madrid de las distintas columnas que recorrieron toda la geografía española durante semanas. Pero, en realidad, el 22M significó todo lo contrario. Esta histórica y masiva movilización ha supuesto el principio del cambio. Un cambio que solo será posible con organización y unidad.

Ellos rompieron el consenso, creyendo que no obtendrían ninguna respuesta. Hemos tardado, pero ya somos muchas y muchos (cada vez más) los que hemos dicho “basta” al régimen de la Transición y los gobiernos títeres de la Troika. El conflicto está servido, y vamos perdiendo. Toca hacer mucha fuerza, pero la circunstancia histórica en la que nos encontramos lo merece.

Que no vuelvan los monstruos

La muerte del artífice del consenso y el resurgir del conflicto, han ocurrido durante las mismas 24 horas. Pero representan algo más. Decía Antonio Gramsci que en los momentos de crisis, lo nuevo no acaba de llegar y lo viejo no acaba de irse. Y en ese claroscuro, añadía, es cuando aparecen los monstruos. Algo que sabemos bien en nuestro país. La II República no llegó a consolidarse porque demasiados elementos del pasado se negaban a marcharse. Lo nuevo no llegó, lo viejo no se fue, y aparecieron los monstruos, que lograron imponerse durante cuarenta largos años.

Suárez y el consenso representan lo viejo, el viejo mundo. Las Marchas de la Dignidad no solo nos dicen que un nuevo mundo necesario, sino que demuestran que ya desborda al viejo. O empezamos a trabajar ya por este nuevo mundo, o volverán los monstruos, si es que se llegaron a ir alguna vez.

Nota del autor: cuando en este artículo nos referimos a medios de comunicación, nos referimos a los grandes e influyentes medios. Era demasiado redundante estar aclarando constantemente esto. También añadir que, al hacer referencia del conflicto, este no lo entendemos como violencia, ni nada por el estilo, sino como una lucha (clara y evidente) por el poder político. Para entender mejor este concepto, recomendamos la entrevista que hacemos a Juan Carlos Monedero en esta misma revista.

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