Juan Carlos Monedero: “Las luchas de ayer son los derechos de hoy, y las luchas de hoy van a ser los derechos de mañana” (ENTREVISTA)

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Por: M. Escribano

¿Qué es la política?

La política es aquella parte de lo social que tiene que ver con la definición y la articulación de las metas colectivas que todos vamos a cumplir. La política tiene ese elemento de obligatoriedad, por eso detrás de la política siempre hay conflicto, porque siempre hay una idea de poder. Tú marcas en una sociedad metas colectivas, y si no te gustan te vas a posicionar en contra de ellas. Si te gustan, forman parte de las claves que tú has decidido de la vida social conjunta, y exiges que quien las conculque sea castigado.

Hay una pregunta que yo hago siempre a mis alumnos, y es: “¿qué tienes que quitar a una sociedad para que no hiciera falta la política?”. Y lo que tienes que quitar es el conflicto. Si no hubiera conflicto, no habría política. Por eso, politizar es “conflictuar” y despolitizar es sacar el conflicto. Una sociedad democrática es una sociedad que tiene que inyectar constantemente conflicto. E inyectar conflicto no es estar liándote a golpes o ejerciendo violencia, inyectar conflicto es ser consciente de que la vida colectiva establece una serie de normas que están marcadas por la tensión entre nuestra condición individual y nuestra tensión colectiva, y en esa tensión vamos definiendo cómo queremos vivir.

Pero para eso tienes que asumir que la política es conflicto y no consenso constante porque entonces nunca vas a poder entender que la construcción política es una tensión permanente, que en el momento en que te relajas desaparece. Por eso yo siempre digo que las luchas de ayer son los derechos de hoy, y las luchas de hoy van a ser los derechos de mañana. Cuando tú dejas de luchas, hay individuos o grupos que van a utilizar esa despolitización para imponerse sobre el conjunto. Por eso la política tiene que estar constantemente presente y repartida: si le entregamos la política a unos pocos, van a utilizarla para imponernos sus puntos de vista, y nos van a mentir, van a presentar su interés privado como interés colectivo.

Tu último trabajo se titula “Curso urgente de política para gente decente”, ¿hace falta un curso así en España?

Hace falta un curso urgente en Europa, porque los problemas que tenemos no son estrictamente nuestros. Creo que es muy importante entender que lo que está en crisis ahora mismo no es sólo el régimen del 78, sino que es toda la concepción que ha sostenido Europa desde el año 45. Hay que entender que la crisis actual no es sólo económica, que la crisis también es energética, que la crisis es medioambiental, que la crisis es migratoria, que la crisis es de valores… Que hay demasiados elementos que están dejando de funcionar y que eran los que ordenaban nuestras sociedades: el mundo de la familia, el mundo de las ideologías, los propios Estados nacionales, las religiones… Es decir, son elementos que nos llevan a esa frase brillante de Gramsci en los años 30, idéntica situación a la que estamos viviendo ahora: un sistema capitalista en crisis que llevaba a Gramsci a decir que era un momento en donde “lo viejo no terminaba de marcharse y lo nuevo no terminaba de llegar”, y en ese momento era cuando surgían los monstruos.

Creo que tenemos el riesgo idéntico: hay cosas que ya no valen pero que siguen estando ahí, y hay cosas que prometen venir pero que todavía no han llegado. Y tú aferrarte a cualquiera de las dos te sitúa en un escenario de monstruosidades. Una monstruosidad terrible es aferrarte a los Estados nacionales, aferrarte a un tipo de partidos políticos, aferrarte a unas religiones enquistadas, aferrarte a unas ideologías periclitadas… Son elementos que, como ya digo, son monstruos. O también que tú plantees que ya ha llegado el nuevo mundo. Hay gente que plantea que la democracia la vamos a hacer electrónica o una suerte de mundo tecnológico… Es mentira. Todo eso va a generar mucha dislocación social.

Y estos son problemas que afectan a todo el ámbito europeo. ¿Qué ocurre? Que como estamos perdiendo en cuestión de escasos años, estamos perdiendo el contrato social keynesiano, de posguerra, en el plazo de 5 años, es muy urgente que lo reflexionemos, porque si lo perdemos vamos a estar muy debilitados durante una generación. Tenemos la experiencia de América Latina: perdieron su contrato durante la década de los 80 y han tardado 20 años largos en recuperarse.

La urgencia tiene que ver con eso, la urgencia tiene que ver con que soy consciente de que si perdemos ahora mismo ese Estado social y democrático de Derecho, vamos a tardar 20 años en recuperarlo. Si acaso lo recuperamos, porque también es verdad que los mecanismos de control que tiene ahora mismo el poder son más poderosos que los que tenía hace 20 años.

Recordemos que hace cinco años Obama, Merkel y Sarkozy dijeron que había que refundar el capitalismo de una manera humanística, porque estaban convencidos de que la gente iba a salir a las calles a colgarlos de las farolas. Pero la gente no salió a perseguir a los poderosos, lo que les hizo más fuertes y decidieron cambiar el contrato social.

Y ese es el pulso. Y cuando tú estás echando un pulso tienes urgencia de ganarlo, porque es en ese momento donde te estás jugando ganar o perder.

En algunos de tus escritos y en algunas charlas, afirmas que los canallas están envalentonados y la gente decente perpleja, pero ¿quién es quién? ¿Quién es la gente decente y quiénes son los canallas?

Estamos en un mundo en el que unos de los rasgos esenciales es que todo se ha mercantilizado. Es decir, nunca ha habido tantos ámbitos de nuestra existencia cotidiana convertidos en mercancía; es decir, prácticamente todo. Uno ya no se imagina nada a lo largo de una jornada cotidiana que no esté signado por la compra y la venta de algo desde que te levantas: dónde vives, lo que comes, lo que consumes, cómo te relacionas con los demás, cómo te comunicas… Todo ya se ha intermediado, y en esas intermediaciones siempre hay alguna cadena de valor mercantil. Es decir, hay algún tipo de mercancía.

Eso hace que tengamos todos el pecado de la omnipotencia. Es decir, si todo puede estar a mi alcance, porque todo son mercancías, me puedo creer un emperador. Y decía Lacan que el loco no es el enfermo psiquiátrico que se cree rey, si no el rey que se cree rey. Entonces nosotros podemos volvernos locos pensando que todo está a nuestra disposición simplemente si tenemos dinero para comprarlo, y la gente de repente se convierte en mercancía.

Claro, si todo está a nuestro acceso teniendo dinero, la gente decente va a pensar: “oye, yo no quiero usarte como si fueras un clínex, y después de limpiarme con él, tirarlo. Yo no quiero hacer eso”. En cambio, la gente canalla dice: “es el momento ideal”, porque le acompaña el sentido común. La gente canalla va a decir: “no eres viable económicamente y, por tanto, voy a poner cuchillas en la verja de Melilla para que no entre esa gente que yo ya no las necesito ni como productores ni como consumidores. No los necesito, que se mueran”. De repente se mueren en Lampedusa y hacemos como un pequeño paripé de que nos ha dado pena. Pero al mismo tiempo que decimos “pobres negros que se han ahogado en Lampedusa”, al mismo tiempo ponemos cuchillas y el sinvergüenza del presidente del Gobierno de España dice que no sabe si cortan las cuchillas, que ha pedido un informe.

Entonces, ya digo, la gente decente es la gente que sabe que tiene que hacer su parte en la sociedad. Y lo hace trabajando, aunque sea en trabajos basura, y lo hace no convirtiendo a la sociedad en una jungla. Mientras el canalla es el que convierte la sociedad en una jungla porque ellos son los leones. Y uno se da cuenta de que es verdad que hay mucho sentido común neoliberal, que parece que hay una invitación constante de todos contra todos, y es verdad que hay una parte de la sociedad que se ha convertido en eso, pero no toda. Y uno se da cuenta de que hay gente que intenta ir a la sociedad no convirtiéndola en una jungla. Esa es la gente decente.

En todo este entramado, ¿cómo crees que están actuando los medios de comunicación?

Los medios de comunicación son empresas de medios de comunicación, que han operado una trampa horrible. Es verdad que, por ejemplo, en nuestros países la Sanidad se suministra privadamente, pero no es un bien privado, sino que la Sanidad es un bien público que se suministra privadamente a través de clínicas y de más, pero es un bien público. Igual ocurre con la información: es un bien público que se suministra de manera privada. Pero claro, hay un problema: si de repente la salud se convirtiera en una mercancía sin más, donde tú podrías comprar un riñón, como clínica privada, podrías comprar un riñón de un pobre para ponérselo a tu paciente rico.

De la misma manera las empresas de medios de comunicación nos han hecho creer que la información les pertenece a ellos, y que la libertad de expresión ya no le pertenece a la ciudadanía, sino que les pertenece a ellos, hasta el punto de que cuando planteas, para defender tu propia democracia, que al ser la información un bien público no pueden tergiversarla, al ser la información un bien público no pueden mentir, al ser la información un bien público no pueden ocultar cosas que son relevantes y que, por tanto, hay que someter a esas empresas a una normativa pública. Y ellos ponen la voz en el cielo y plantean que cualquier ley de control democrático de los medios de los medios de comunicación se convierte en un atentado a la libertad de expresión. Cuando lo que realmente atenta a la libertad de expresión es el diario La Razón, El Mundo, la Cope, Telemadrid o el extinto canal Nou. Hemos invitado al zorro a limpiar el gallinero. Ese es el escenario que tenemos.

Una vez más, al haber sufrido América Latina antes que nosotros toda esta fase neoliberal, también nos llevan ventaja al respecto. Por eso en América Latina están poniendo en marcha leyes que generan las quejas de estas empresas de grupos de comunicación, que ponen el grito en el cielo porque ven peligrar su monopolio y ese lugar privilegiado que tienen en las sociedades, solamente porque se han convertido en dueñas de los medios.

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¿Y no queda espacio para los medios decentes?

Sí, sí, claro que lo hay. Es más complicado, porque no tenemos sus medios. Si quieres una buena información internacional, necesitas corresponsales, y si no tienes dinero, no puedes cubrirlo. Si no tienes dinero, vas a tener dificultades para salir en papel o hacer periodismo de investigación. Para hacer un periodismo democrático, comprometido con los valores que nos damos en nuestras sociedades de igualdad y justicia, necesitas medios. Pero, sin embargo, tenemos la experiencia en España de que de repente con dinero de nuestro bolsillo nos inventamos cosas como La Tuerka, que de repente emergen como un referente hecho de una manera voluntaria, sin criterios mercantiles: no nos financian empresas, no nos financian gobiernos, no nos financian partidos… Y eso genera un producto que por su propia independencia interesa a la gente.

Tenemos que darnos cuenta de que el propio desarrollo tecnológico actúa, como decía Marx, como el viejo topo, que va horadando los cimientos y hace que se puedan caer los castillos. El desarrollo capitalista siempre genera sus propias contradicciones y hoy tenemos la posibilidad de convertirnos cada uno de nosotros en periodistas, de conectarnos a través de Internet, de disponer de medios que ya no son tan caros y que con trabajo voluntario o participación pueden suplir esos grandes conglomerados, esas grandes empresas de comunicación que son las que nos han dicho qué existía y qué no existía.

Ante esta situación, mucha gente se pregunta qué tiene que hacer para cambiar las cosas, ¿qué les dirías?

Hay un elemento que yo cuento siempre y es que la ecuación de la transformación tiene cinco pasos, donde el primero es esencial. Esta ecuación es: doler-saber-querer-poder-hacer y a mí me gusta contarlo con el caso de Espartaco. Espartaco hijo y nieto de esclavos lo llevan a la escuela de gladiadores de Léntulo, y el tipo dice “bueno, me daban latigazos en la mina, me dan latigazos aquí. Aquí como un poco mejor, me tratan bien. Aquí voy a morir y allí también”. El caso es que llega a la escuela de gladiadores un tipo que no tenía que haber llegado nunca: Craso, que era un esclavo que se había levantado y, en vez de crucificarlo, lo mandan a galeras. La ley decía que no podía salir nunca de galeras, pero como las peleas de gladiadores tienen, como siempre digo, el problema de una alta siniestralidad laboral, van a galeras a buscar al Craso este, lo llevan a la escuela de gladiadores, y ahí se da cuenta de que Espartaco tiene un don natural para el liderazgo. Y un día se acerca a él y le dice: “yo una vez fui libre”. Le explica: “la libertad fue quitarnos los látigos, las espadas, las lanzas a los soldados, derrotarlos y vivir cuatro meses en comuna donde todo era de todos”.

Ahí, cuando le cuenta eso, el dolor se convierte en conocimiento: doler-saber. Cuando el ser humano sabe cuál es el origen de un dolor aparece el momento de la voluntad, de querer cambiar, entonces buscas el momento político, te juntas con otros para poderlo cambiar: doler-saber-querer-poder. Espartaco reúne a los esclavos y les dice “mirad a vuestro alrededor y decidme una sola cosa que no hayáis hecho vosotros”. Miran y dicen “todo lo hemos hecho nosotros”. “Mirad otra vez y decirme una sola cosa que sea vuestra”. Miran: “nada es nuestro”. Pues entonces es la revolución y no tenemos más que perder que nuestras cadenas. Entonces se levantan: doler-saber-querer-poder-hacer.

La conclusión de todo esto es que si tú eres capaz de convertir el dolor en conocimiento, si tú estableces las fuentes de lo que te está doliendo, estás sentando las bases para la transformación. Si tú rompes ese sentido común que ha interiorizado que el dolor pertenece a tu ser, que te sientes como un viejo que achaca sus dolores a la edad y no a otro tipo de factor, los interiorizas y convives con ellos. En cambio, si tú eres capaz de hacer una lectura crítica de los orígenes de tu dolor, vas a establecer las posibilidades de buscar ese momento de la transformación. Y cuando tú localizas los orígenes de tu dolor y quieres cambiarlo, tienes que buscar el momento político, y el momento político es colectivo por definición. La política tiene que ver con las metas colectivas que queremos plantear en una sociedad, y por eso el elemento de conciencia es el que te va a permitir después la organización política para transformar tu realidad.

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