Extrarradio: Donde la ciudad pierde su nombre

Por: Alfonso Vila Francés

Salir de la ciudad cuesta. Salir de la ciudad lleva tiempo. Tanto en coche como en tren, y no digamos andado, salir de la ciudad implica atravesar un trecho de purgatorio, de tierra de nadie, de solares baldíos, fábricas abandonadas, edificios dispersos y caóticos, viejas casas de campo que sobreviven por pura casualidad. Salir de la ciudad, sobre todo si se trata de una ciudad grande, lleva su tiempo. Viajando por el centro y este de Europa me sorprendía siempre lo fácil que era dejar atrás la ciudad. Unos pocos metros y el asfalto dejaba paso al bosque, al prado, al verde más nítido. Pasar bruscamente de las calles a los senderos producía una sensación de extraña libertad, de repentina alegría. Pero salir de mi ciudad, como salir de cualquier gran ciudad, no es fácil. Implica largos minutos de tediosos paisajes llenos de ruinas, de despojos de la civilización, de territorio vacío y desperdiciado. Debajo de la maleza que coloniza los solares y los edificios desiertos hay una tierra fértil y desaprovechada. Antes del asfalto agrietado y abrasado existió una huerta fecunda. Y uno, al ver esas viejas casas decrépitas, esos robustos troncos que ya no dan sombra a nadie, piensa en los que vivieron allí, en los que se dejaron la piel para plantar la tierra, en los que fueron expulsados de sus campos porque la ciudad era una sentencia siempre constante y nunca ejecutada. Sí, definitivamente, salir de la ciudad nunca es fácil…

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