La belleza de un corazón arrancado de cuajo

Por: Francisco Lirola

Desde Lázaro de Tormes, los personajes literarios españoles han llevado vidas desgraciadas llenas de un sufrimiento absurdo que entretenía, espantaba y atraía a miles de lectores. Augusto, el protagonista de Niebla, la “nivola” de Unamuno, fue uno de los pocos entes de ficción conscientes de que sus pesares eran por capricho de un escritor angustiado y que servían como diversión a unos lectores ávidos de horrores ajenos.

En el 95, un grupo de colegas del barrio de La Macarena, en Sevilla, deciden juntarse para hacer locuras. Pero aquellas barrabasadas al parecer gustaron al público. Y ahí fue donde nació Narco.

Sus canciones hablan de psicópatas, narcotraficantes, policías corruptos (basado en una historia real),  adoradores de Satán, drogas y mucha, mucha sangre. Cada uno de sus discos parece el número de una morbosa revista de sucesos, un muestrario de los crímenes más desagradables y vomitivos: descuartizamientos, matanzas, ajustes de cuentas, sacrificios, canibalismo… La música va cargada de órganos palpitantes y miembros arrancados en éxtasis de locura, de demonios que nos hablan al oído y dicen que hagamos cosas malas.

Las furiosas e impactantes letras del grupo sevillano son dignas herederas de las escabrosas historias propias del esperpento de Valle Inclán y del tremendismo de Camilo José Cela.

Para los más morbosos, los amantes del gore, los que os coméis la carne cruda a “bocaos” pero no por ello sois menos civilizados y amantes de la cultura dejo esta selección de libros que podéis leer mientras escucháis la discografía entera de Narco. Alerta para los sensibles y a los que teman los “spoilers”.

Las ratas y Soy el narco.

Las ratas son mías, las ratas son mías“, se repetía el Tío Ratero, y por más que Luisito el de Torrecillórigo le suplicara “da-te-a-ra-zo-nes-co-ño” no pudo evitar que le hundiera un pico en el cuerpo. A él y a su perro, el Lucero. “No lo entenderán“, le dijo el espabilado del Nini, su hijo-sobrino, refiriéndose a la gente del pueblo. Claro que no lo entenderán, ¿cómo pudo cometer un crimen tan horrible?

Pero en aquella Castilla hambrienta y desolada empezó a escasear la caza: los tejos, los conejos, los zorros y las suculentas ratas (-Lo mejor eran los muslitos. Muy jugosos). El sustento del Tío Ratero y del Nini estaba en peligro, sus propias vidas. Y mientras, el cabrón de Luisito cazaba sólo por diversión, ¿pero quién se creía que era? ” El río es tuyo, Ratero. Antes de que él echara los dientes ya andabas tú en el oficio”, le decía el tabernero Balvino, Malvino a partir del segundo chato. Y tenía razón, el Ratero se ganó su territorio, lo marcaba como hacen los verdaderos depredadores y, como los animales, expulsó a costa de lo que fuera a los intrusos.

Con “Soy el narco” los sevillanos dejan bien clara una cosa: a ellos, como al cazador castellano, no los van a joder. No están aquí para servir a nadie ni para aguantar las mamonadas de los demás, lucharán por lo suyo y nada los podrá parar.

La brutalidad del mundo rural castellano que refleja Delibes en Las ratas no se quedó en los años cincuenta ni murió con el Luisito. Los personajes como el Tío Ratero, hombres sin más aspiraciones que seguir con su caza y su cueva y dispuestos a cometer los delitos más execrables para mantenerlos existen. Siempre han estado aquí, y cuando muera el último ser humano bueno del mundo aún estarán. Ellos saben sobrevivir, mantener su negocio y aplastar los de los otros. Da igual que te dediques a cazar ratas en los arroyos castellanos o a pasar droga de un lado a otro de la frontera en México, cuando tus intereses peligran, debes arrasar con todo.

Luces de Bohemia y Vizco

Max Estrella, poeta ciego y bohemio, se pega una noche de juerga en esta obra de Valle-Inclán. Con su socio don Latino de Híspalis recorren un (muy manido) Madrid “absurdo, brillante y hambriento“: la librería de Zaratustra, la taberna de Pica Lagartos, el Café Colón y hasta el calabozo. Y codeándose con los cráneos más previlegiados: borrachos, modernistas exaltados, buscavidas, presos políticos, el corrupto Ministro, la periodista-florista Pisa Bien y la aparición estelar (guest star) de Rubén Darío. Una noche de locura, de esas que al día siguiente miras el Facebook y dices “¿en serio?”. Sin embargo, al pobre Max parece que le falta algo (más allá del sentido de la vista). A Max le falta “juerga, mambo,  jaleo”.

En Vizco Narco nos cuentan una historia similar: una noche de desfase, alcohol, drogas por un tubo (y por vena, y por la napia) y rock and roll. Un ambiente en el que tal vez Max su hubiera animado. Sí, el actual Max Estrella está ahora mismo de rave, olvidando de sus penas en calimocho y ligándose a la tía más buena. Mandó a la mierda a Latino de Híspalis y buscó colegas de verdad. Y ya no está ciego, sólo bizco.

La familia de Pascual Duarte y Sotánico

Pascual vive en su mundo. Viste de negro y escucha música que no es música, si no una continuación de rugidos guturales y antinaturales.  En casa sus padres le tienen miedo y le ignoran. En el colegio los curas lo amargan y sus compañeros lo apartan del grupo. Dicen que le reza al diablo, que sacrifica gallos negros en su honor y se bebe su sangre. Pero Pascual se ha cansado de vivir a la sombra, ha decidido que quiere ser el protagonista de su historia, que todos son malos y que él es último héroe.

Pascual Duarte es un hombre que lleva la desgracia, la locura y la violencia en los genes. Su Padre es un hombre grueso, enorme y violento: “Cuando se enfurecía, cosa que le ocurría con mayor frecuencia de lo que se necesitaba, nos pegaba a mi madre y a mí las grandes palizas por cualquiera la cosa“. Muere por el mordisco de un perro rabioso. Su madre es una mujer de aspecto enfermo, le tenía tal asco al agua que en su vida Pascual la vio ducharse, “era también desabrida y violenta, tenía un humor que se daba a todos los diablos y un lenguaje en la boca que Dios le haya perdonado, porque blasfemaba las peores cosas a cada momento y por los más débiles motivos“. Rosario, su hermana, huye de casa a los catorce años, y vuelve a casa más tarde con el Estirao, ruin y malvado, que la abusa y se aprovechaba de ella. Para rematar este elenco de circo de los horrores el mismo día en el que murió Duarte senior nació el pequeño Mario, hijo de Don Rafael y  la madre de Pascual. Bobo y deforme. Despreciado por sus padres, nunca fue capaz de andar y, pillándolo desprevenido, un cerdo se comió sus orejas. Tuvo un final digno de su desdichada vida: murió ahogado en una tinaja de aceite.

Él intenta excusarse, “yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo“, pero la sangre le llama a gritos. Tenía una perrilla, “medio ruin medio bravía“, la Chispa. Se tenían mucho cariño, pero un día el fiel animal cometió un error: “La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal“. Ese gesto le costó dos tiros.  La Chispa no fue su última víctima, el Estirao primero, y su madre, finalmente, también cayeron ante el aquel extremeño que parecía cargar con toda la rabia y el rencor de un país de muerte y miseria.

Que ya yo no voy a llorar nunca más por que las cosas hoy aquí van a cambiar“, parece haber decidido Pascual. Les ha devuelto todas las caras de asco, los insultos, el rechazo, su desprecio… Pascual, como su tocayo, era una bomba de relojería detonada por el odio. “Si mi condición de hombre me hubiera permitido perdonar, hubiera perdonado, pero el mundo es como es y el querer avanzar contra la corriente no es sino un vano intento…“.

El árbol de la ciencia y Tu Dios de Madera

Desde que Nietzsche le pegó un tiro en la nuca a Dios en un arrebato pasional muchos, al darse cuenta de la validez de sus argumentos, cayeron en la más honda tristeza. Nunca fueron capaces de superar la muerte de Dios. Andrés Hurtado tampoco. Como Schopenhauer, creía que el pesimismo “era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura“. Sin saber qué hacer con su vida, Andrés estudia medicina y pronto se siente decepcionado, empieza a ejercer en el ficticio pueblo de Alcolea del Campo, donde las luchas caciquiles le revelan la realidad política española, las conversaciones con su tío Iturrioz sólo lo confunden más, el desastre del 98 y la reacción de la sociedad antes, durante y tras el conflicto lo convencen de que vive en un país atrasado sin solución… Cuando parecía haber encontrado la felicidad junto a su esposa Lulú y su futuro hijo la muerte entró de nuevo en su vida por la puerta grande llevándose a ambos tras el parto. Totalmente angustiado, Andrés decidió suicidarse. “Este muchacho no tenía fuerza para vivir”, espetó Iturrioz al cadáver de su sobrino.

El discurso de Luis Cuenca en “La buena vida” (David Trueba, 1996), “cada día que pasa, tengo más pruebas de que Dios no existe“, nos pone ya en situación. A los Narco no les gustan los dioses, ni la jerarquía eclesiástica ni la religión. Nunca los veremos cantar saetas en Semana Santa. Se toparon con la Iglesia en 2002,cuando decidieron distribuir junto a su nuevo disco, Registro de Penados y Rebeldes, el videojuego Matanza cofrade, que consiste en librar las calles de Sevilla de zombies portadores de cruces y mantillas.   Al saber esto la hermandad del Cristo del Gran Poder interpuso una querella contra el autor del videojuego. También fue imputado inicialmente un responsable de la discográfica encargada de la publicación del álbum, pero la juez instructora del caso lo dejó fuera de la causa. Los Narco debieron declarar como testigos en el cuartel y “Registro de Penados y Rebeldes” fue secuestrado bajo orden judicial.

Ellos saben que Dios está enterrado muchos metros bajo tierra, y no temen afirmar que es de madera, hueco, una máscara, fachada, la mascota de una gran corporación. Lo tienen bien claro, obedecen “al instinto, al estómago, al sentido de desconfiar, pero nunca a políticos ni a dioses creados por la humanidad“.

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