Apología de los pecados (capitales) 1/8

Por: Justo Magadán

Siendo el pecado en una de sus acepciones una cosa que se aparta de lo recto y justo o que falta a lo que es debido, el tema por manido y estudiado se regenera, cambia continuamente. La variación en el tiempo de los conceptos de recto, justo o debido hace que la desviación de los mismos también varíe y, por lo tanto, el pecado dependa de la moral o ética de un momento concreto en el tiempo.

Llevado a la paradoja, esto hace que ante una misma acción cada minuto se pueda pecar de forma distinta o que, una vez iniciado un pecado, cuando lo consumas no sea considerado como tal.

En esta modificación continua del pecado, cobran interés los pecados capitales, denominados así no por su capitalidad sino por ser germen de pecados de más enjundia. Los pecados capitales son vicios, cosas contrarias a las virtudes, pero no demasiado graves si se quedan en el ámbito de pecar contra ti mismo. Lo contrario al pecado capital es la virtud ante el empate a cero de no destacar en uno o en otra.

Dedico pues estos textos al análisis de algunos vicios (menores) que en su acepción más clásica denominamos capitales. Vicios a los que, en algunas épocas, dediqué tiempo y algún dinero para profundizar en su conocimiento y práctica. Vicios o pecados que el tiempo, sin convertir en virtudes, ha llevado a relativizar en simples anécdotas de un pecador amateur.

(I de VIII (1)).- Sobre la lujuria

(1).- Incorporo la tristeza como vicio diferente de la pereza, según la versión original de Evagrio Póntico del siglo IV del calendario cristiano, al no entender que la una sea forma de la otra.

Entendiendo la lujuria como la propensión a los deleites carnales, reconozco que yo siempre pequé con la mirada más que con otros sentidos con los que siempre demostré mayor mesura.

Tras semejante afirmación que no piense el lector que soy un voyerista practicante de los que buscan el pecado en los rincones donde este se guarece, yo siempre he practicado la mirada lujuriosa involuntaria.

Esta práctica consiste en, de forma fortuita y sin predisposición a ello, otear escotes, bieses y sisas y, en general, otros pliegues que pudieran darse. A veces he de reconocer que voluntariamente aparté la mirada más de lo que hubiera deseado el sujeto pasivo de la acción de mirar pero activo en de enseñar que, en mi caso, siempre fue mujer.

Siempre entendí que esto, la mirada lujuriosa involuntaria, era parte de la naturaleza y que, sin recrearse, el evitarlo, no era bueno. Tal era mi convencimiento que así se lo comenté a mi director espiritual una tarde del verano del 79:

– Don Antonio, el otro día una compañera de clase me dijo que yo tenía mirada lujuriosa.

– ¿Y cómo la estabas mirando?

– No la miraba de ninguna forma especial – expresé de forma convincente -, me estaba durmiendo y, en el cerrar y abrir de ojos, el punto de fijación fue la pantorrilla que asomaba por el pliegue de su falda. En todo caso… ¿se puede pecar con la mirada?

– Pues claro, ¿no mataba el Basilisco con la mirada? Pues si un animal es capaz de matar con la mirada que será capaz de hacer un hombre en el ánimo de pecar.

–  No se me había ocurrido  – contesté pensando en el número de veces que recientemente había caído en pecado –

Continuó en buen Antonio explicándome las diferencias entre ver y mirar, detallando algunos métodos para no caer en la tentación de mirar o de cómo salir airoso de situaciones que pudieran comprometerme.

Ello me convenció de que mi actitud debía ser beligerante contra el pecado y no volver a mirar lujuriosamente a nadie, ni tan siquiera en los diálogos sexuales que, aún en el día de hoy y motivado por el predicamento de esa tarde, los recito como un presentador del telediario con mirada extremadamente neutral. Como ya dije, sólo puedo mirar con lujuria de forma no voluntaria.

Pero más allá de esa tara que me ha quedado, tuve poca suerte en el empeño recién adquirido ya que quiso el destino que ese mismo día a la salida de la iglesia me topara con el autobús que venía de la playa y, a las ocho de la tarde de aquel verano, era cuantioso el número de mujeres de toda edad que bajaban del mismo y regresaban a sus casas, generalmente escuetas de ropa y con los cuerpos aún brillantes fruto de las unciones de cremas solares.

Siendo una situación no controlada, quise aplicar los métodos recién aprendidos pero, con catorce años, en plena ebullición del cuerpo, pequé una vez más. Bien sabe el lector que fue de forma involuntaria ya que no busqué el autobús, ni su trayecto ni su contenido.

Desde aquel día, a menudo confieso mi pecado involuntario a aquellos que me quieren oír.

Siendo mi mirada lujuriosamente involuntaria me quedó el defecto de la voluntariedad. Es decir, no puedo ser deliberadamente lujurioso como ya anticipé en alguna confesión previa. Siendo así, normalmente se confunde el sujeto pasivo ya que, iniciado el pecado y en caso de complacencia, al volverse el sujeto activo y yo inevitablemente dejar de mirar, desaparece el pecado.

No entiendo de provocaciones y eso me ha causado más de un problema en la ruptura de la comunicación visual y la consecuente gestión incómoda de la cara de tonto.

Visité clínicas, ópticas y farmacias en busca de una solución a estos males pero los especialistas hacen no entender el problema del pecado involuntario y, peor aún, la imposibilidad de la voluntariedad. Desconfían y, a cierta edad, ya no pareces inocente de nada.

Siendo así y ante la incomprensión del entorno médico, escribo estas líneas para su publicación en Rick`s Magazine buscando el consuelo de ser leído y, a ser posible, entendido. A la vez emplazo al lector a la lectura del siguiente pecado capital que he de confesar en breves días ya que con su lectura seguro que aliviarán las penas y torturas de este pecador eternamente amateur.

Con mis disculpas a Pedro Salinas, perdona por ir así mirándote tan torpemente…

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