La Batalla más placentera

2. DINAMARCA10

Por Adrián Gómez Sánchez

Cualquier acto bélico trae implícito fatales consecuencias para cualquiera que sea el contendiente del mismo. Véase sociales, materiales o económicas. La guerra de la ya antigua Yugoslavia a finales del siglo XX no iba a suponer una excepción. Aunque, gracias a ella, otro país totalmente ajeno al conflicto, Dinamarca, se diese una alegría, se vanagloriase a costa del desastre y el sufrimiento de los Balcanes. Puede sonar excéntrico, estrafalario, incongruente, quizás. Las guerras dejan vencedores y vencidos. Dinamarca, gracias al fútbol, se convirtió sin querer en un aliado de una guerra que le catapultó a la élite europea del deporte rey.

La inestabilidad que había azotado a Europa durante gran parte del siglo XX parecía haberse quedado en el camino del progreso democrático. El conflicto yugoslavo, que obedecía en gran parte a causas políticas, económicas, culturas y religiosas, terminó por destruir dicha senda. El primero en dar el paso fue Eslovenia. Corría  un 25 de Junio de 1991 cuando el país, anticipándose a modo de acción estratégica para ganar cierto tiempo ante lo que se presumía una batalla inevitable, declaró su independencia y se escindió de Yugoslavia. Se había abierto la veda. La conocida como Guerra de los Diez Días significó el punto de partida, el pistoletazo para que países como Croacia o Bosnia tuvieron un reflejo donde mirarse. Yugoslavia como estado único comenzaba a peligrar.

Ante la seriedad y la repercusión de los acontecimientos, el campeonato de Europa de fútbol para el que Yugoslavia se había clasificado como nación unificada quedo en un segundo lugar. Lógico, vista la amenaza de una serie de disputas que devolvieron a la Europa Occidental a los tiempos donde las muertes, los explosivos y la devastación inundabas las calles. La UEFA actuó de oficio. El caos inundaba todas las ramas de una sociedad que tenía cosas mucho más importantes por las que luchar. Yugoslavia, quedaba de esta manera fuera de la Eurocopa de 1992 a pesar de haberse ganado en el campo su pase. La guerra, como elemento reivindicativo social, frenaba las aspiraciones deportivas de un país que se desintegraba por momentos.

Dinamarca fue el gran beneficiado de todo esto. Con jugadores, directivos y entrenadores de vacaciones en diferentes lugares del mundo, fueron invitados en lugar de Yugoslavia a disputar una copa de Europa que terminarían ganando. De la playa directamente al césped, del avión y sin apenas preparación a conquistar el título más importante del balompié a nivel europeo. El fútbol está lleno de caprichos y este,  puede perfectamente colgarse esta etiqueta. Más si cabe, cuando fue la propia Yugoslavia quien eliminó a los daneses en la fase de clasificación. Seguro que, aún en la actualidad algún integrante de aquello selección yugoslava se preguntará si, de no haberse desencadenado el conflicto, ostentaría el título de campeón de Europa.

La guerra propició que una veintena de rosados futbolistas pudieran desafiar a las grandes potencias futbolísticas del momento sin la preparación exigible. Aún con la raya marcada por el sol veraniego, y como espectadores y principales beneficiarios de lo que acontecía en los Balcanes, pusieron rumbo a Suecia con la mentalidad del que poco o nada tiene que perder. Justo el pensamiento contrario de todo un país que se levantaba en la otra punta de Europa en busca de su independencia. Trayectorias totalmente convergentes con un punto en común: la espontaneidad y falta de planificación en busca de su objetivo.

El resto es historia. Tanto de un lado como del otro. Dinamarca superó en la primera fase a Inglaterra y Francia y pasó de grupo junto a la anfitriona, Suecia. En semifinales, se citaron ante Holanda, vigente campeona de Europa. Pero como desde el primer instante en que habían comenzado esa odisea, la diosa fortuna estuvo de su parte. Una vez más. Peter Schmeichel se erigió en héroe de una tanda de penaltis que catapultó a la selección a la final del campeonato. Allí, con la vitola de favorito, aguardaba Alemania. Jensen y Vilfort, con sendos tantos, se encargaron de derrocar cualquier ápice de racionalidad. Como tantas otras veces, el fútbol demostraba que no entiende de lógica. Dinamarca, casi sin querer y gracias a la Guerra de los Balcanes, era campeona de Europa.

Resulta curioso como una guerra puede suponer una inmensa alegría. Dinamarca y su pueblo lo saben de primera mano. Incluso países como Croacia o Bosnia, inmersos en la guerra, se congratulan de haber dejado escapar la oportunidad de disputar una Eurocopa. La autosuficiencia como nación bien lo vale. A buen seguro que cualquier ciudadano de aquella Yugoslavia esboza una sonrisa recordando lo que pudo ser y lo que realmente fue. A buen seguro que cualquier ciudadano danés aún da las gracias a aquellos futbolistas rosados y con la marca de los calcetines producidas por el sol por hacerles felices aquel verano del 92. A buen seguro que ambos, si echan la vista atrás, coinciden en trazar una mueca de satisfacción en sus rostros por lo conseguido.

Anuncios